Ambiente en un bar en los años 60

Ambiente en un bar en los años 60

El portalón de San Lorenzo

Los Amigos de Pedrajas

«La verdad es que en Córdoba siempre hubo grandes aficionados e incluso profesionales en esto de la recogida de espárragos»

Los Amigos de Pedrajas era una grupo de cordobeses de postín que se reunían en la desaparecida taberna Casa Ramón, en la calle El Avellano. Ya he comentado en otras ocasiones que el tal Ramón que daba nombre a esta pequeña taberna era el padre de Pepe ‘El del Caballo Rojo’. Este hombre, que debía tener ya unos setenta años, cansado de regentar varios establecimientos de hostelería se retiró a este pequeño local en el entonces moderno barrio de Santa Rosa, donde estuvo hasta que tuvo ochenta y tantos. Era un establecimiento que apenas contaba con un mostrador y una trastienda cortinada, que al parecer servía incluso de vivienda en algunas ocasiones. Tenía solamente un barril de Márquez Panadero del que obtenía un vino exquisito y, sobre todo, barato. Por si había un cliente más particular de la cuenta también despachaba alguna que otra cerveza, pero solamente en botellines, y unos pocos refrescos Mirinda por si alguien iba con un menor, lo que no era para nada habitual.

Locales donde estuvo Casa Ramón en la calle El Avellano

Locales donde estuvo Casa Ramón en la calle El Avellano

Porque allí lo suyo eran los medios de vino, y prácticamente todos los que entraban eran grandes aficionados al néctar de Baco. Estos fieles parroquianos procedían tanto de las fábricas y empresas por allí instaladas (La Central Contable de Banesto, la subestación eléctrica de Mengemor, Maderas Luis Aranda Martos, Pisos de Asland, etcétera), entonces en las afueras de Córdoba, como vecinos que se habían mudado a los primeros bloques edificados, como los de Construcciones AVA en la esquina de la calle Santa Rosa con Cruz de Juárez.

Una de aquellas reuniones en las que está Ángel González Tapía

Una de aquellas reuniones en las que está Ángel González Tapía

He citado a algunos de estos parroquianos en otros artículos, e incluso algunos en varios de ellos: Paco Luque ‘El Pela’, casado con la hermana mayor de mi mujer; el torero Manolo Zurito, vástago de una familia taurina; su inconfundible picaor, Rafael González Pelajopos’, del cual ya hemos relatado innumerables anécdotas; Ángel González Tapia ‘El Calvi’, aun hecho un chaval hoy a sus más de 90 años; Pepe Pons, Juan Morales Pepe ‘Pilas’, Antonio Trujillo, Pepe Rey, Jesús Barba, el taxista Carrataca, Luis Hernández y su cuñado Rafael, Juan Tapia, Rafael ‘El Pescadero’, Juanillo Ranchal, Rafael Muñoz, Juan Cebrián, Antonio Álamo ‘El Pariente’, Manolo ‘El Cabezón’, Antonio Cámara ‘El Castelar’, Eloy Cantero, Paco Torronteras, Pepe Lechuga, Antonio Seco, Rafael Amil ‘El Sordo’, Juan Carreras, Rafael Pozo y el médico don Rafael Ortiz.

No tenían más remedio que permanecer en pie, pues allí no había asientos nada más que para un par de ellos. Ante la bulla de gente que se agolpaba en el mostrador, que muchas veces llegaba hasta la puerta de la calle, Ramón no tuvo más remedio que quedarse con el local de al lado. De esta forma amplió su negocio e incluso pudo habilitar una mesa para que se pudiera jugar al dominó. Llamaba la atención esta mesa pues el tablero sobre el que se jugaba al dominó era de ajedrez, pero tampoco era cosa de ponerse tiquismiquis.

El caso es que estos hombres formaron una especie de peña o coto de caza en torno a la finca Pedrajas de don Ramón Sanz, casado con una hermana de la familia Zurito. Esta finca situada en plena sierra se dedicaba al engorde de ganado de carne y también como coto de caza. Allí propiamente no había las tan buscadas esparragueras, pero estaba rodeada de otras fincas como Las Cuevas, La Jarosa o La Jarilla, famosas por la abundancia de esparragueras amargueras, todo un filón para los aficionados. En lo que concierne al coto de caza los más jóvenes del grupo, Juan Cebrián y Antonio Trujillo, se encargaban de todos los papeles y organización. Se reunían y pasaban varios días en la finca en fechas señaladas como la Semana Santa, aunque me imagino que lo de menos para muchos era la caza en sí y más el estar con los amigos en torno a un perol y las copas de vino.

Probablemente, uno de los pocos que quede de aquella hornada de buenos amigos y mejores cordobeses, si es que por desgracia no es el único, sea Ángel González Tapia ‘El Calvi’, al que con todo el cariño le dedico este artículo, y al que tuvimos la satisfacción de gozar de su amistad, y el buen sentido de la bondad que siempre tuvo como persona, valores humanos estos, que sin duda debió adquirir en esa especie de Universidad abierta cara al público, que pudieron significar para él los años en que colaboró en la taberna de su pariente Pepe el Habanero como aula siempre abierta, al aprendizaje de lo sencillo y lo humano, muy propio de lo que correspondía a aquella inigualable Piedra Escrita.

Los esparragueros

Por aquellos años sesenta y setenta del siglo XX la temporada de espárragos llevaba todos los fines de semana (especialmente los domingos, porque los sábados trabajaban muchos) a un tropel de gente al campo en su busca. Se dejaba notar hasta en los almacenes de herramientas de las grandes fábricas como la Electro y Cenemesa, pues la demanda de guantes de protección por parte de sus trabajadores aumentaba de forma sospechosa con el inicio de esta temporada. No temían ningún barranco, cuesta, alambre, guarda, perro suelto o hasta toros y vacas (estas últimas recién paridas son de lo más peligroso), aunque pocos llegarían a lo que le pasó a una charpa de compañeros de Westinghouse. (Baltasar Trillo, Rafael Parra, Bernardo Romero, Francisco Carrasco y Tomás Escalante) que buscando espárragos en lo más cerrado y peligroso de nuestra sierra, más allá de San Jerónimo, se tropezaron con un león que se había escapado de un circo en Posadas.

La verdad es que en Córdoba siempre hubo grandes aficionados e incluso profesionales en esto de la recogida de espárragos. Desde antiguo, ya desde la Edad Media, existen curiosos documentos que regulaban los permisos para la recogida por nuestros campos. A modo de ejemplo mostramos la siguiente resolución dada en 1478 por los Reyes Católicos, que todo gran aficionado tenía en mente aunque no supiera de su existencia:

«En el campo lo que no es producto del trabajo del hombre pertenece al común de todos los ciudadanos»

Todos los barrios populares de Córdoba tenían sus campeones y lo demostraban domingo tras domingo con los manojos que, como un trofeo, mostraban orgullosos en las tabernas ante sus amigos. Es verdad que algunos fulleros aprovechaban el cruce con el Castillo de Almodóvar, y allí, en las afueras del pueblo compraban el manojo a los vecinos del pueblo que se los ofrecían al borde de la carretera. Luego llegaban a las tabernas y los presentaban como cogidos por ellos en la sierra. Pero estos pillos eran la minoría.

Enseñaban su manojo y se recreaban con él pero, eso sí, nunca te indicaban con precisión dónde habían cogido los espárragos. Lo más que te decían era: «En el campo a la derecha» por toda contestación. Y es que en este mundo había dos cosas sagradas, una saludar cortésmente a todo desconocido que te encontraras por el campo, y otra guardarse de decir dónde se había encontrado una veta, no sólo de espárragos, sino de cualquier cosa, ya fuese conejos, perdices, zorzales o caracoles. Recuerdo que fuimos una vez en los ochenta con Paco Luque ‘El Pela’ por la zona de los antiguos polvorines, ya abandonados, (junto al río Guadajoz) y saludamos a un hombre que encontramos en medio del campo. Nos dijo: «No pasen por allí que he visto una granada abandonada y he llamado a la Guardia Civil». Cuando se fue, El Pela no las tenía todas consigo y nos dijo: «Ese ha descubierto una veta y no quiere que vayamos». Menos mal que no le hicimos caso, porque lo de la granada era verdad.

Con este estupendo manojo de espárragos se presentó un día Jesús Barba

Con este estupendo manojo de espárragos se presentó un día Jesús Barba diciendo que lo había cogido en «el campo a la derecha»

Entre los más hábiles en el arte de coger espárragos de los que entraban en Casa Ramón, y posiblemente de Córdoba entera, estaba el conductor de Campsa Jesús Barba ‘El Travieso’, un superclase en el manejo del campo, de sus espacios y sus tiempos. Se presentaba siempre con unos manojos inconmensurables de todos los lugares que se pateaba de nuestra sierra. Otros figuras que también se pasaban por Casa Ramón eran Bernardo Romero Calzado y Rafael Parras Bermejo, ambos de Cenemesa (Westinghouse).

Bernardo Romero, un niño grande, se conocía las colas del pantano de Obejo como nadie. Nada más llegar se perdía y aparecía a las dos horas con un manojo difícil de llevar entre las dos manos. Igual le pasaba al bueno de Rafael Parras, éste más conocedor de la zona de Guarromán y Las Cuevas. Jesús Barba, por su parte, se conocía prácticamente toda la sierra, por muy lejos que fuese. A mí me llevó una vez al cerro de la Chimorra, en donde cogió espárragos para llenar un baño. No dejaba ni las puntas.

Un día se presentaron los tres a la vez en Casa Ramón, cada uno con un gran manojo de espárragos en la mano. En su conversación pudimos oírles hablar de los sitios ideales para cogerlos (aunque, eso sí, cuidando de no dar datos demasiados concretos). Hablaron de los difíciles, donde te llevabas arañazos por todas partes (sobre todo por culpa de los acebuches), como en la Ribera alta y baja, y de otros más cómodos y accesibles en la zona del Carrascal, en la Alisné y en los Baldíos. En estos últimos parajes reconocían que era también un monstruo Victoriano Lozano Amaro, el hombre de los bastones, que conocía al dedillo esa zona de la sierra junto a sus amigos Rafael Pozo y Paco Ponferrada.

Nombres propios

Paco Luque Obispo ‘El Pela’, nacido y criado en la calle Cidros, siempre orgulloso de su barrio natal de San Andrés, tras casarse con la hermana mayor de mi mujer se mudó a principios de los sesenta al entonces flamante barrio de Santa Rosa, con pocos bloques de pisos aún construidos. El suyo estaba en la misma calle Santa Rosa, cerca de los transformadores de Mengemor. Siguiendo la tradición familiar relacionada con la madera, trabajó en Luis Aranda Martos hasta que la empresa se vendió a unos catalanes que al poco la cerraron.

Habitual de Casa Ramón, como hemos indicado, era un hombre enamorado de Córdoba, sobre todo del campo. Cogía desde espárragos al paluduz de palo, caracoles, alcauciles, bellotas, madroños o higo chumbos… y, si había ocasión propicia, hasta almendras, garbanzos y aceitunas en la rebusca. Sin nada que envidiar a ningún agrónomo, se sabía al dedillo todo lo que daba cada rincón de nuestra sierra (y hasta de la campiña cercana) y en qué fechas. Todo lo que daba el campo le encantaba y gustaba remojarlo con su vasito de vino en compañía de su gran amigo El Chaparro. Al final de sus días, delicado y sin poder apenas andar, se montaba en un autobús de Aucorsa y se dedicaba a recoger jazmines por la zona del Brillante.

De entre sus aficiones quizás la que más le llenó fuese la de la rebusca de caracoles gordos cuando iba con Luis Hernández junto a la finca la Torrecilla. En aquella zona entonces de naranjos y melocotoneros, junto al río, cogieron durante bastante tiempo cantidades de campeonato. Era, según él, levantar las hojas del suelo y coger caracoles «a pelotes». Pero los modernos fumigados y la urbanización progresiva de aquel polígono acabaron con todo aquello.

Entre sus grandes debilidades estaba el cante de Manolo Caracol y su Atlético de Bilbao de Zarra, Gaínza, Panizo... aunque tenía también su corazoncito para el Córdoba y sus antecedentes en el histórico Estadio América. Cuando la gente ya veía los partidos de fútbol por las modernas televisiones, él recordaba cuando de niño veía gratis los partidos del Estadio América subido en los vagones parados del apeadero de Cercadillas, aunque muchas veces tenían que bajarse pitando (nunca mejor dicho) porque los vagones comenzaban a maniobrar. Y lo peor fue un día de un partido en el que jugaban la Electro Mecánicas y el San Lorenzo. El Chato Efrén intentaba eludir al gigante Patricio por la banda izquierda cuando el tren comenzó a andar y todos los aficionados, ante el temor de estrellarse en el suelo, saltaron como locos y se perdieron el resto de la jugada. Sin duda fueron varias veces las que El Pela debió de coincidir en lo alto del vagón con Juan Blanco Pedraz, el hijo de La Madrileña, encantadora mujer de los Olivos Borrachos.

Tenía cualidades innatas para el cante aunque nunca le dio importancia ni lo practicó de forma seria. Aun así, en bastantes Nochebuenas disfruté de su compañía en las reuniones familiares, donde junto a su bella esposa Antoñita, que también cantaba maravillosamente, nos recreaban con unos dúos inolvidables cantando desde el Caracol hasta las típicas cordobesas como ‘Noches de mi Ribera’ o el de las ‘Campanas de la Mezquita’ de Ramón Medina. Se nos ponía el vello de punta, e incluso los más mayores no podían evitar soltar alguna que otra lágrima. Éramos jóvenes entonces, pero con el paso de los años los entendimos perfectamente y pasamos a ser nosotros aquellos que nos emocionábamos viendo cómo estas canciones nos hacían pensar en los recuerdos que se habían ido inexorablemente.

Las aceitunas y Manolo Caracol

Un día de mediados los años noventa coincidimos en una campaña campestre Paco Luque ‘El Pela’, Juan Cebrián Quesada, el singular Chaparro y yo. Íbamos en mi coche disfrutando de los parajes de la sierra y recuerdo que subimos primero por el Lagar de la Cruz y bajamos después por la llamada Cuesta del 14%. El Pela, cerca de la llamada Fuente del Cuadrante, me dijo de repente: «Párate ahí». Y es que, para sorpresa de los que estábamos en el coche, su ojo avizor había detectado junto a la carretera unos frondosos olivos cargados de hermosas aceitunas negras. Detuve el coche como pude (la Cuesta del 14%, que no se olvide) y lo aparqué hacia la izquierda en el entrante de un camino. Bajamos y nos dirigimos al lugar en donde según él había visto las mejores aceitunas de su vida.

Al entrar para admirar uno de los olivos con aquellas espectaculares aceitunas nos tropezamos con un joven motorista que en su moto Ducati venía escuchando flamenco en una cassette. El muchacho, seguramente relacionado con la propiedad, dijo al vernos: «Oigan, ¿a dónde van ustedes? ¿No saben que esto es una propiedad particular?». Lo decía alzando un poco la voz para dejarse oír ante los cantes de fondo de Manolo Caracol que estaba escuchando. Por toda contestación, antes de que le pudiese indicar que el entrar era más bien por la curiosidad de ver aquellos espléndidos olivos, El Pela se dirigió al joven motorista: “¿Si te canto unas carceleras por el Caracol nos dejas entrar a por unas pocas aceitunas?« Sin esperar a que el muchacho respondiera empezó a cantar: “Carcelero, carcelero...» Y el chaval, un tanto emocionado, le señaló los olivos y dijo: "Entre usted ahí y coja todas las aceitunas que quiera».

Las aceitunas negras aquellas que motivaron el cante por el Caracol eran iguales que éstas

Las aceitunas negras aquellas que motivaron el cante por el Caracol eran iguales que éstas

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De vuelta de aquella «aventura» terminamos por San Lorenzo donde Juan Cebrián Quesada quería ver cómo iba la marcha del piso en construcción que había comprado en Santa María de Gracia en los que fue la antigua granja de Añón y anteriormente fuera un cine de verano que se estrenó allá por el año de 1952 con la película ‘Dumbo’

El entrañable Pepe Jiménez con su viejo amigo Arturo Morales, dos sabios del mundo del vino

El entrañable Pepe Jiménez con su viejo amigo Arturo Morales, dos sabios del mundo del vino

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Al terminar dicha visita acabamos en la pequeña taberna de Pepe Jiménez Torres, enfrente de los Salesianos, donde se había trasladado hacía pocos años desde el Casa Pepe original en la plaza de San Lorenzo. Allí disfrutamos del buen vino y los exquisitos callos que ponía su mujer. No sé cómo pero terminamos hablando de aquella Casa Ramón y del vino que allí se bebía, a mansalva. Se habló del simpático Corchao, del Tinajas,.. y de la mucha gente que se bebía sus buenos medios, asombrándonos de las cantidades diarias que se tomaban algunos. El que no se asombraba tanto era Pepe, el clásico tabernero cordobés serio y correcto. Este hombre, fallecido recientemente con más de 90 años, era ya un tabernero con gran experiencia, primero en el Bar Andaluz, la Beatilla, Casa Manolo, Casa Pepe en el antiguo Huevos Fritos de San Lorenzo y ahora enfrente de los Salesianos. Sin inmutarse mucho nos dijo: «En mi larga historia de tabernero, al cliente que más medios he servido en el mostrador fue al simpático Coco, el pescadero, gran aficionado al futbol modesto y colaborador del Club Atlético San Lorenzo. Un día en que volvía con su amigo José Polo del paro (solían hacer unos cursos de lo que fuera) recuerdo que le llegué a poner 32 medios seguidos. Y lo recuerdo bien porque se los apuntaba».

Paco Luque ‘El Pela’ hablaba poco, siempre respetuoso escuchando, y decía pocas frases, pero graciosas y certeras. No gustaba de meterse en discusiones de ningún tipo aunque en los toros, si bien amigo íntimo de Manolo Zurito, era partidario acérrimo de El Cordobés, al que disfrutó de verlo muchas veces y gozó de la amistad del hermano de El Pipo que vivía en la calle Ocaña, muy cerca de su calle Cidros.

Este gran cordobés El Pela quiso ser fiel a su Córdoba, y cuando le tocó la hora de morirse, aún relativamente joven, quiso que le enterraran a los pies del Corazón de Jesús de las Ermitas, en su amado campo. Uno de sus hijos dio la mejor definición y honor que se le puede dar a una persona en esta vida: «Nunca conocí a nadie que hablara mal de mi padre».

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