Antiguo pozo en un patio de Córdoba
El portalón de San Lorenzo
Alrededor de los antiguos pozos de Córdoba
«En aquellas obras hubo que realizar excavaciones, donde se topó con agua»
A mediados del siglo XX, en Córdoba casi todas las casas de vecinos tenían su pozo, un elemento vital en esas viviendas populares adonde no llegaban las conducciones de agua corriente. Con una estimación gruesa, se podría decir que los pozos suministraban más del 80% del agua necesaria para sus vecinos. El resto, agua para beber o para las comidas, por lo general se obtenía de las fuentes cercanas públicas, donde había que esperar su pesada cola.
Pero fuera de estos últimos casos, el agua procedente del pozo era esencial para las actividades que requerían una gran cantidad como la limpieza de los servicios comunes, del suelo, las pilas, etcétera, así como otras necesidades diarias de la casa, como el riego de las macetas o hasta de la puerta de la calle con la acera correspondiente, porque entonces, con menos agua que ahora, las calles se baldeaban y limpiaban.
No eran simples agujeros, sino que solían ser pozos bien terminados como se podía comprobar en la textura de su interior, generalmente con piedras de distintos materiales superpuestas unas sobre otras, que incluso ayudaban con su forma a la redondez del propio pozo. Aunque variaba de uno a otro, según lo profundo del agua que aprovechara, la altura media hasta llegar a ésta podía rondar los 15 metros. En algunos de estos pozos se vislumbraban bajo el agua escondidas atarjeas o galerías por donde le entraba el agua de algún venero o corriente subterránea perdida, notándose claramente circular el agua de un lado a otro. Otros, con agua de peor calidad, consistían simplemente en una perforación hacia abajo hasta dar con el nivel freático, entrando el agua por filtración.
El agua del pozo en verano, sobre todo comparándola con el ambiente, solía ser fresca, sirviendo incluso como «nevera» para conservar las frutas y hortalizas. Lo contrario pasaba en invierno. Por supuesto que el mantenimiento de la soga y el cubo, estaba a cargo de todos los vecinos. En un principio los cubos eran de madera, concebidos como si fueran pequeñas tinajas, pero con el tiempo pasaron a ser metálicos, que son los que hemos conocido.
La limpieza del pozo
El pozo de mi casa de la calle Roelas número 12 daba servicio a siete familias (42 miembros). Recuerdo de niño cuando en 1954, dentro de una amplia reforma y rehabilitación de las viviendas y el patio, se aprovechó para limpiarlo. Aquello fue todo un acontecimiento, sobre todo para los nenes. La difícil tarea la realizaron Juan Chofles Miranda, que fue quien accedió al fondo, mientras arriba se quedó Luis Gómez Artola encargado del tiro de la espuerta de esparto que se utilizó para evacuar el material que se limpiaba. No hace falta decir que allí salió de todo, pues además de mucha tierra cenagosa salieron útiles que en su día fueron arrojados como cuchillos o botellas, ¡y hasta pistolas!
Enseguida los vecinos más antiguos le buscaron la explicación a todo aquello, y así por ejemplo a aquellas botellas las referían como de una boda de cierto copete que se había celebrado bastantes años atrás en el patio. Se comentó que el padrino tenía una pequeña bodega en Trassierra, por lo que las botellas de vino no faltaron, y que los que se las bebían a mansalva, para disimular, seguramente las arrojaron al pozo. En cuanto a las pistolas, que las había modernas y antiguas, algunas de la época de los bandoleros, era lógico que apareciesen allí porque era la forma más rápida de hacer desaparecer cualquier pista de complicidad ante cualquier registro de la autoridad que gobernara en aquellos momentos. Aquel cajón con las pistolas antiguas (de las épocas del popular Curro Jiménez) me tocó a mí llevarlas físicamente a una calle según accedes a Cardenal González, a la derecha, a casa de un tal don Antonio Herruzo que trataba con antigüedades, las cuales almacenaba en un gran salón lleno de objetos de todo tipo.
La cantidad de tierra cenagosa que se sacó del pozo ocupó dos carros tirados por un mulo de aquellos de arrojar las granzas al vertedero. Lo primero que se hizo fue amontonarla en el patio para que se secase, y de esta forma escarbar y ver si se encontraban más objetos de importancia. Efectivamente eso ocurrió. Aparecieron unas tenazas, un pequeño perol, varias llaves grandes y hasta un paraguas entre las cosas que yo recuerde. Y, sobre todo, se encontró una especie de plumier con unas doscientas monedas árabes, de las que pudimos saber poco más, pues el contratista de la obra se las llevó enseguida y les perdimos la pista.
Cuando en aquellas épocas llovía con gran intensidad el desagüe de mi patio no era capaz de evacuar toda el agua, y había un peligro evidente de que el agua penetrara en las habitaciones que estaban orientadas alrededor del patio. En aquellos momentos se quitaba un oportuno tapón de corcho que había en el pozo (llevaba allí desde el año 1920) y éste funcionaba como desagüe.
Los pozos de la calle San Fernando
El joyero José María González del Campo (1878-1976), ‘Pepito el Sevillano’, era un personaje peculiar con una especial sensibilidad por todo tipo de arte y, sobre todo, gran conocedor de las historias y entresijos de Córdoba (un inciso: nos contó Julio, un sobrino suyo que aún vive en su casa de la avenida del Aeropuerto, que, a pesar del apodo, su tío no era de Sevilla, pues nació en Sanlúcar de Barrameda y en nuestra ciudad fue donde desarrolló su vida profesional). Así, como experto en casi todo, Pepito el Sevillano era consultado por muchos conocidos para contar con su apreciado consejo.
Ocurrió que el tal Herruzo, al que le llevé las pistolas encontradas en el pozo, estaba realizando unas obras de rehabilitación y afianzamiento del muro posterior de su casa solariega que daba a la calle San Fernando (1955), para lo que los albañiles habían abierto varios pozos con los que evaluar los fundamentos de la construcción. Los albañiles pudieron observar que por un pozo de aquellos pasaba una copiosa corriente de agua en dirección a la Cruz del Rastro, y al primero que se lo comunicaron, fue precisamente a Pepito el Sevillano, que de alguna forma era quien dirigía la rehabilitación de aquella casa de don Antonio Herruzo. Nos ha contado Rafael Cuevas, el hijo del maestro herrero que también intervino aportando todo el herraje a aquella obra, que el mandato que Pepito el Sevillano ejercía en aquella casa era tal, que se podría decir que hasta Paula la cocinera le tenía que pedir su opinión para echar tocino a la olla.
Hay que decir que don Félix Hernández Giménez (1889-1975), el arquitecto conservador de la Mezquita-Catedral, volvió a urbanizar la plaza de las Tendillas en 1925-27. Aquella rehabilitación supuso eliminar el edificio del Hotel Suizo que ocupaba el centro de la zona a remodelar, así como el traslado de la estatua ecuestre del Gran Capitán que en un principio (1923) estuvo colocada en el cruce del Gran Capitán con Ronda de los Tejares. En aquellas obras hubo que realizar excavaciones, donde se topó con agua. Posteriormente, este mismo arquitecto realizaría el edificio de la Condesa de Colomera (1928) y allí continúo descubriendo pozos que se conectaban con una gran zona alagunada en el subsuelo de la plaza.
Todas estas evidencias (con algunas otras de tipo arqueológico) las supo compartir, entre otros, con Pepito El Sevillano, al que consideró siempre gran amigo suyo, relación que ya se produjo durante su coincidencia en las obras de «descubrir la piedra y artesonado» de la iglesia de San Lorenzo (1956) y se afianzó aún más a raíz de que a éste se le encargara por parte del Cabildo la restauración de la peana y base de la gran Custodia de Arfe del tesoro de la Catedral de Córdoba (1961).)
Fotografía del pozo de la Casa Colomera que se comunica con el supuesto lago de las Tendillas
Nada más ver y conocer el detalle de la corriente de agua que circulaba por los pozos, y apenas comentado el tema con don Antonio Herruzo, al día siguiente Pepito el Sevillano acompañado de su inseparable Marqués de la Ensalada gran amigo suyo, y también muy aficionado a todas estas «investigaciones» que acontecían en Córdoba, les faltaría tiempo, para pensar e intuir la posibilidad de que aquel agua vendría desde arriba, quizás desde el ignoto Lago de las Tendillas.
Por eso plantearon la posibilidad de entrar en la llamada Casa del Agua en la calle Juan de Mena, una especie de acceso, según se decía, al lago, Conseguido el permiso, para entrar en la casa bajaron las escaleras del antiguo sótano con restos romanos hasta llegar al borde de una poza del supuesto lago. Una vez allí echaron al agua unos testigos en forma de tinta de distintos colores: azul, amarillo, rojo y verde.
Realizada esta operación se marcharon para la calle San Fernando abajo y esperaron un tiempo prudencial, algo más de media hora, en el pozo que habían abierto los albañiles. Al fin, vieron con alegría pasar una corriente de agua tintada con los colores que habían echado en la Casa del Agua. Esta prueba reforzó la teoría que defendía Pepito el Sevillano de que el agua del Lago de las Tendillas tenía un movimiento natural y se derramaba (al menos una de sus corrientes) en dirección al río Guadalquivir cogiendo la calle Alfonso XIII hacia abajo, dar la vuelta en la plaza de San Salvador en dirección a Capitulares, y encarar la calle San Fernando buscando el río por la Cruz del Rastro.
Toda esta hipótesis se vio de alguna forma confirmada cuando no hace muchos años se levantó para su reparación el suelo de la calle Alfonso XIII y se descubrieron antiquísimas conducciones de agua (cloacas romanas dijeron) por donde discurría una corriente que se alagunaba al dar la curva de San Salvador, lo que explicaba la importante humedad que obligó a una reciente oficina de Iberdrola a cambiar de ubicación.
Las 'rebañaeras'
Los pozos de las casas, como hemos dicho, eran un elemento vivo y más de una vez se cobraban, bien por descuido o por otras circunstancias, objetos que caían a su interior. Si se daba cuenta el vecino afectado (por lo general una mujer), en el caso de que fuese algo de lo que se podía prescindir no le echaba cuentas, y allí en el fondo se quedaría muchísimos años más hasta que se realizase una limpieza integral como la nuestra de 1954. Pero en otras ocasiones era un objeto totalmente necesario como ollas, peroles o prendas de ropa, lo que era muy posible porque (al menos en mi casa) los tendederos estaban situados por encima del pozo o se le caía a alguna vecina el baño con su ropa lavada al apoyarlo en el brocal.
'Rebañaeras'
No hace falta decir que a la vecina que le ocurría esto se descomponía y enseguida recurría a un vecino mayor de la casa que fuese experto en el manejo de las 'rebañaeras', una especie de ganchos con una cuerda que se usaban para tratar de recuperar lo que se había caído accidentalmente al pozo. La verdad era que en cada casa había una persona experta en estas labores.
El pozo en el mes de mayo
Como es evidente, los pozos tenían una función eminentemente práctica, si bien unos pocos, por sus características de diseño, adquirirían una trascendencia mayor. Tal es el caso del famoso pozo de origen árabe del patio de la calle Trueque número 4, el patio de Carmela, Carmela Montilla Serrano. La belleza del patio, adornado con preciosas macetas, incluido el citado pozo que sería un elemento decorativo más, tiene su origen en su abuela Rosario Rodríguez Mármol, propietaria de esta casa, a donde se mudaron los padres de Carmela tras casarse. Esta abuela era una enamorada de las macetas y las flores, y consta que ya adornó el patio en 1918, junto a otros del barrio, para dar mayor realce a la solemne inauguración de la iglesia de María Auxiliadora. También participó en otros acontecimientos montando bellos altares domésticos dentro del patio.
El famoso pozo de la calle el Trueque
Poco a poco la belleza del patio y su pozo conquistaron la admiración de Córdoba, sobre todo conforme se fue institucionalizando el hoy tan conocido concurso de patios. Y eso que a Carmela no le gustaba lo de competir (tanto es así que en los primeros años de presentarlo al concurso municipal lo hizo a nombre de una tal Hortensia, vecina suya) porque ella, como su hermana mayor Rafaela, de lo que realmente disfrutaban era de que la gente pudiera contemplar siempre su patio abierto a todas horas, y sus únicas preocupaciones eran que la celinda aguantara, o que el rosal que adornaba el pozo no se retrasara.
Desde 1974, cuando ya estaban algo imposibilitadas las dos hermanas, empezó a colaborar en el mantenimiento y cuidado del patio mi hermano Rafael Estévez, que desde entonces se estuvo ocupando incansablemente del mismo, si bien hace un par de años el Ayuntamiento, ahora propietario, lo «jubiló» a su pesar. Como curiosidad, mi hermano me comentó que al pozo le llega el agua por una galería.
Personas que admiraron el pozo y su entorno
Con mucha ilusión en su recuerdo, nos contaba Carmela Montilla, que su padre era uno de aquellos jóvenes que traían frutos de su huerta (San Agustín) para exponerlos en la plaza de San Lorenzo durante las fiestas del 10 de agosto en honor del Santo titular. y de ahí surgió el «flechazo» con su madre. En 1916 se casaron en la iglesia de San Lorenzo y se mudaron a vivir a la casa que tenía en propiedad la abuela Rosario Rodríguez Mármol, la famosa de Trueque número 4.
A la abuela de Carmela le encantaban las macetas, por lo que desde que se mudó decoró con ellas la nueva casa embelleciendo el patio. Inaugurando la costumbre de recibir visitas por su gran belleza, el patio fue visitado por el entonces director del Colegio Salesiano, don Salvador Roses, y otras autoridades, con motivo de la solemne inauguración de la iglesia de María Auxiliadora en 1918, evento para el que algunos patios cercanos a la calle Mayor, por supuesto el de la calle Trueque nº 4 incluido, pusieron colgaduras, e incluso altares con la venerada imagen de María Auxiliadora.
También tenemos que decir, que el poeta Pablo García Baena era un declarado admirador de este patio, por una relación especial con el barrio de San Lorenzo, llegando incluso a ser el cicerone de ilustres visitas, como la del padre Vicente Mundina Balaguer, el famoso cura de las plantas de la televisión, que quedaría maravillado del exorno del patio y especialmente del pozo, o en 2005 la visita del Príncipe de Asturias de las Letras José Manuel Caballero Bonald (1926-2021), que describió la belleza del lugar y la forma de vida tradicional alrededor de un patio y un pozo, ya perdida, que representaba (precisamente Carmela falleció ese año).
La Virgen de Pocito de San Rafael
Si hablamos en Córdoba de un pozo y una Virgen rápidamente se nos viene a la cabeza la Virgen de la Salud, su ermita y su pozo, que dan nombre a nuestra feria. Pero, aunque mucho menos conocida, también hay una Virgen con su pozo en el barrio de San Lorenzo, concretamente en la iglesia de San Rafael.
Nuestra Señora del Pocito de San Rafael
Así, en un libro referido a nuestra ciudad de mucha antigüedad que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid podemos leer lo siguiente sobre Nuestra Señora del Pocito de San Rafael:
«Sea la sexta Nuestra Señora de el Pozo que se venera en la Ermita de nuestro Custodio San Rafael, cuya invención consta por autos hechos por comisión de el Ilustrísimo Señor don Pedro de Salazar el 22 de junio de 1737 en orden a su restitución a dicha Ermita de las casas de la Señora Doña María Narváez viuda del Señor don Pedro de Heredia, donde había llevado un liberto llamado Antonio Domingo con ocasión de cierta enfermedad que hubo en la casa. Consta pues que el año de 1685, siendo Capellán de la Ermita don Damián Clavijo, solía la devoción de los fieles llevar para los enfermos agua del pozo que estaba situado en la sacristía que era el que servía en la cocina que en su día utilizó en su casa el Venerable Andrés de las Roelas, por lo cual pareció conveniente limpiarlo, y hallaron en los cimientos de su interior una Imagen de Nuestra Señora de un palmo de altura, que en el brazo izquierdo tiene un hermoso niño, a quien tiene asida una mano con la derecha la suya, y ahora se le ha notado figurando en el pecho un corazón».
Esta imagen de la Virgen se veneraba a los pies del trono de San Rafael aunque desde hace tiempo, para que pudiera ser venerada por los fieles, fue colocada en una urna de cristal muy cerca de la nave del Evangelio.