Carlos Clementson, en Alcorce

Carlos Clementson, en AlcorceCedida

Carlos Clementson, entre la Córdoba eterna, Atenas y Jerusalén

El poeta ha inaugurado la nueva temporada de tertulias del Club Alcorce Senior con un recorrido por su vida, su obra y los casi setenta años de poesía espiritual reunidos en su último libro

Este miércoles ha dado comienzo la nueva temporada de tertulias del Club Alcorce Senior, foro por el que vienen desfilando desde hace algún tiempo, con notable éxito de público, los personajes más descollantes de la actualidad académica, profesional, científica y cultural. Y ha arrancado el ciclo con fuerza y altura prosódica, amén de una emocionante vibración lírica, al contar con la presencia del poeta, ensayista, traductor y crítico literario Carlos Clementson, profesor que fue durante décadas de la Facultad de Filosofía y Letras sita en la Plaza de Cardenal Salazar.

Habiendo dejado atrás una dilatada etapa de mala salud, el entrañable escritor ha vuelto por sus fueros, porque quien tuvo, retuvo. Con esa facilidad de palabra que da no solo el oficio, sino también la sinceridad de quien tiene mucho de general interés que compartir, Clementson habló de su doble condición cordobesa y lorquina, de su vocación hacia la enseñanza y de su honda pasión existencial por la poesía. Evocó sus once años de alumno en los Maristas, donde adquirió una sólida y completísima educación, así como una formación religiosa que, según confesó, no estuvo exenta de algún rigorismo preconciliar.

Una vida entregada a la poesía

De regreso a su Córdoba natal tras los años de formación universitaria en Murcia y una temporada en Francia, Carlos se convierte en un personaje literario tan influyente como ubicuo, amén de un incansable crítico de arte. Su tesis doctoral sobre el Grupo Cántico le señala no solo como el eslabón entre la constelación de Ricardo Molina, Juan Bernier, José de Miguel, Pablo García Baena, y algunos otros, y su propia generación del 70, que es la de los Novísimos. Sino como una de las voces más caudalosas y eufónicas de la poesía española aún por rescatar. Conocedor profundo y diestro traductor de los principales poetas franceses, portugueses, italianos, catalanes, gallegos, ingleses y de otras latitudes, a los que ha dedicado miles de páginas, Clementson es también un paladín de nuestra ciudad, de sus calles y personajes históricos, de su vasta impronta civilizatoria.

Lo acreditó leyendo alguna composición de su libro Córdoba. Puerta del tiempo. Aunque principalmente quiso centrarse en su último volumen impreso, Luz del mundo (Jesús, manantial de amor), recién publicado y pendiente de presentaciones tanto en el Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral, dentro del marco de Cosmopoética, como en el Salón del Trono del Palacio Episcopal. Se trata de una extensa recopilación de su poesía espiritual y religiosa, que abarca cerca de setenta años de producción. El subtítulo corresponde al nombre del cuadro de José Garnelo que ilustra la portada, un pintor –montillano de adopción—al que el poeta profesa considerable admiración.

Una de las composiciones del volumen que su autor decidió leer fue la que glosa la ingente labor llevada a cabo por el artista y restaurador Eduardo Corona en la Iglesia de la Merced, en el palacio del mismo nombre que alberga la Diputación Provincial. Las circunstancias fueron siniestras. Había Corona culminado una impecable labor de restauración en el templo cuando, un día aciago de 1978, un joven de 20 años, antiguo monaguillo y hospiciano sediento de venganza por no haber aprobado una oposición, prendió fuego al precioso retablo barroco atribuido a Alonso Gómez de Sandoval. La destrucción fue completa, dantesca. Pero Eduardo Corona no se arredró ni vino abajo, sino que asumió una segunda y titánica reconstrucción de lo arrasado, un trabajo descomunal que le ocupó hasta 2007.

Entre Atenas y Jerusalén

Particularmente suculenta fue la manera en que Clementson expresó su doble atracción hacia Atenas y Jerusalén, su fervor por el bello paganismo clásico del mundo grecolatino y, a la vez, por la espiritualidad bíblica y católica. Si ambos polos no fueron incompatibles para los apóstoles, los Padres de la Iglesia o los monjes medievales, difícilmente habrán de serlo hoy. Durante el coloquio, y a preguntas de los presentes, tuvo el ponente ocasión de expresar su reconocimiento a Pablo Neruda, José María Pemán o Federico García Lorca, explicando con nitidez que la buena poesía es independiente de la filiación política.

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