Diego Aranda

Diego ArandaSamira Ouf

Diego Aranda, director general de Greenar

«Algunas plantas de biogás apestan, pero las nuestras no»

Junto a Oleícola El Tejar y Vorn Bioenergy, su empresa impulsa un proyecto de biometano vinculado al olivar andaluz que plantea una transformación clave para el sector

El primer despacho del piso donde se ubica Greenar en Córdoba se presenta amueblado de libros. Hay muchos de arquitectura, heredados, según aclara Diego Aranda (Cabra, 1988) y sobre todo abundan los de emprendimiento, que son suyos. Títulos en inglés,el mismo idioma que se oye de fondo entre el resto de compañeros que forman parte de la empresa. Esta es otra generación, otra realidad profesional y proactiva ajena al ruido exterior de las cuitas políticas y las corruptelas. Allí se trabaja.

La labor que desempeñan desde el piso del Paseo de La Victoria en Córdoba está enfocado a dejar un mundo mejor, pero de verdad. Lo de la sostenibilidad, pero comprobado y sobre todo - defienden- indiscutiblemente necesario.

La apuesta por el biogás ha irrumpido con fuerza en el debate público andaluz, especialmente en las zonas olivareras, donde conviven las expectativas económicas con un creciente rechazo social por su posible impacto ambiental. En este contexto de desconfianza y polémica, varias compañías vinculadas al sector del olivar han decidido dar un paso al frente para defender un modelo que, sostienen, no solo es viable, sino imprescindible para la supervivencia del sector.

Es el caso de la alianza entre Oleícola El Tejar, Greenar y Vorn Bioenergy, que plantea el desarrollo de una red de ocho plantas de biometano vinculadas a orujeras ya existentes en Córdoba y otras provincias andaluzas. El proyecto, con una inversión prevista de 350 millones de euros y un horizonte de explotación a largo plazo, se presenta como una respuesta directa a los nuevos límites de emisiones que impondrá la normativa europea a partir de 2030, y que, según advierten sus impulsores, pondría en jaque la viabilidad de muchas instalaciones actuales.

Pero detrás de esa apuesta está el sueño de un muchacho de Cabra que acabó becado en el Reino Unido, posteriormente decepcionado en Córdoba con una gran empresa de la que decidió salir y metido en este barco gracias a un feliz encuentro en una feria de mayo. Un trayecto muy resumido de nuestro protagonista, Diego Aranda, un hombre con un objetivo claro y la fuerza de quien no contempla rendirse bajo ningún concepto ni circunstancia. Además, los libros le sirven de acertada trinchera.

Diego Aranda

Diego ArandaSamira Ouf

- ¿Fundar una empresa imprime carácter?

- Uf, te cambia, ¿no? Yo, cuando estaba en la empresa anterior —me lo decían varios compañeros—, era muy social: siempre miraba por los trabajadores, por la gente que estaba conmigo, y veía la empresa desde la perspectiva del empleado. Venía además de un instituto de investigación donde el ambiente era muy así, muy centrado en trabajar a gusto y en que el clima fuese bueno.

Cuando montas tu propia empresa tienes que coordinar eso con la productividad y con que las cuentas salgan a fin de mes, porque el fin de mes llega muy rápido. No sé si imprime carácter, pero sí te hace más completo: te da otra visión de la empresa a la que no estamos acostumbrados. Te das cuenta de que hay responsabilidades, que hay que pagar impuestos, hacer previsiones de caja… y todo eso genera estrés, porque a veces las cosas salen como quieres y otras no.

Y luego está el inicio: vas a los bancos y nadie confía en ti; bueno, ni los bancos ni los clientes. Al principio es un desastre.

- Que también coincidió con la pandemia…

- Sí, sí. Empezamos en plena pandemia; firmamos la constitución en el notario, mi hermano y yo, con mascarilla. Así empezamos.

- Y con un escenario por delante un tanto ralentizado, ¿no?

- Claro, exactamente. Pero la pandemia también te cambia un poco. Justo coincidió que falleció mi abuela en ese momento y, además, yo no estaba a gusto en la empresa en la que trabajaba. Esas dos cosas me hicieron «clic» y pensar: «yo aquí no puedo seguir, tengo que cambiar».

Creo que a todos el COVID nos cambió un poco el chip: querer salir más al campo, hacer otras cosas, tener una terraza… En mi caso fue emprender. Con tanto encierro me leí muchos libros —como los que ves aquí— y muchos te incitan a emprender, te van metiendo ideas en la cabeza. Al final llega un momento en el que dices: «no puedo seguir así». Y ahí fue cuando pensé: vamos a intentarlo.

- Pero la decisión y, sobre todo, la valentía no se encuentran en los libros de emprendimiento, ¿no?

- No, no. Puedes leer todos los libros del mundo, pero si no empiezas a hacer cosas, no sirven para nada. Quizá sí había algo ahí detrás, pero al final lo importante es dar el paso.

Diego Aranda

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- ¿Cómo ha acabado usted en el sector del biogás?

- Empezamos en una feria de Córdoba. En aquel momento la empresa era pequeñita y estábamos dedicados a instalaciones fotovoltaicas, porque queríamos contribuir a la sostenibilidad; esa era la misión. Allí conocí a Benedikt Dollinger, que hoy es director general de Vorn Energy Iberia, y en esa feria —hace unos cuatro años— me habló de lo que estaban haciendo en Alemania y de la oportunidad que podía abrirse en Andalucía con el biogás, también por cambios normativos que podían venir.

A través de él conocí a su jefe. Yo todavía trabajaba desde casa, ni siquiera teníamos oficina; recuerdo que detrás tenía un cuadro de unos olivareros cosechando, que era de mi padre. Y ahí encajamos, porque el biogás está muy relacionado con el campo. A partir de ahí empezamos a trabajar.

Para mí era una disciplina nueva, tuve que aprender desde cero cómo funcionaba todo esto, pero así fue como me metí en el sector.

- Crece usted en un entorno marcado por el sector primario, pero acaba como ingeniero industrial. ¿Eso es pura vocación?

- No sé si fue vocación o descarte. Estudiar de memoria nunca se me ha dado bien. Siempre saqué buenas notas en el colegio, pero asignaturas como historia o filosofía me costaban más porque requerían memorizar; a mí se me daba mejor razonar.

Me gustaban mucho, por ejemplo, las olimpiadas matemáticas. Podía pasar horas con problemas y lo disfrutaba. De ahí viene un poco todo. Al principio quería estudiar Matemáticas, pero también tenía esa inquietud por emprender, que siempre me había llamado la atención.

Luego tiré por una opción más práctica. Siempre me ha gustado desmontar cualquier aparato que había en casa, trastear, y al final acabé estudiando Ingeniería Industrial. No sé muy bien en qué momento tomé la decisión definitiva; mi hermano también es ingeniero industrial, iba un poco por delante y, de alguna manera, seguí su camino.

Diego Aranda

Diego ArandaSamira Ouf

- Desde Greenart defienden el futuro del olivar pasando por el biogás. Uno puede pensar que el futuro del olivar debería estar en la producción de aceite.

- Sí, pero eso es solo una parte de la cadena de valor. Muchas veces las propias almazaras prefieren centrarse en la parte «bonita»: coger la aceituna, molerla y obtener el aceite. Esa es la historia que se cuenta. Pero, ¿qué pasa con el resto?

Ese subproducto se lleva a una orujera, donde se seca y se elimina aprovechando ciertos recursos. Pero la cadena de valor del aceite va desde que la aceituna sale del campo hasta que desaparece completamente. Lo que ocurre es que se quiere hacer ver que todo termina en la extracción del aceite, y no es así.

En muchos casos, almazaras y cooperativas trasladan ese problema a otros y se desentienden de la gestión del residuo. Sin embargo, ese residuo existe. Se habla mucho de que la poda se pica y se queda en el campo, pero ¿qué pasa con lo que queda de la aceituna? El hueso puede aprovecharse como combustible, pero la pulpa, el agua y el alperujo hay que gestionarlos.

Y esto es clave: cuando no se puede gestionar el alperujo, hay que parar la producción de aceite. Ya ha ocurrido en ocasiones, cuando no salen las cuentas o no hay capacidad de almacenamiento suficiente. Si las almazaras no pueden retirar ese subproducto y llevarlo a otro sitio, la producción se satura.

- ¿Cómo se ha venido haciendo durante cientos de años, entonces?

- Simplificando mucho, porque ha habido distintos cambios tecnológicos, al principio había muy pocas almazaras y el alperujo se gestionaba directamente en el campo: se compostaba o se esparcía. Cuando las cantidades eran pequeñas no había problema; se podía distribuir en el terreno y no pasaba nada.

El problema llega cuando aumentan las producciones de aceituna. Entonces ya no puedes gestionarlo igual y surgen las orujeras. Tienen mala prensa —se dice que contaminan o que huelen—, pero en realidad son mucho más sostenibles que lo que se hacía antes.

Diego Aranda, durante la entrevista

Diego Aranda, durante la entrevistaSamira Ouf

Y ahora aparece una nueva tecnología, el biogás, que permite gestionar ese alperujo de una forma aún más sostenible y sin emisiones. Al final, lo que ocurre es que llega una tecnología nueva, cambia la regulación y se abre una forma mejor de aprovechar ese subproducto.

- Crean su empresa en plena pandemia y ahora tienen un proyecto en un contexto un tanto hostil, con rechazo en algunos municipios a las plantas de biogás. Está claro que a usted le gustan los retos.

- Sí, bueno, más que gustarme, te los encuentras. No te queda otra. Y es curioso, porque con todo este rechazo te replanteas todo: «¿De verdad lo estamos haciendo bien?, ¿de verdad este es el futuro del olivar?, ¿de verdad los proyectos son buenos?».

Pasas semanas revisándolo todo, analizando argumentos, hablando con el equipo técnico, viendo cada detalle. Incluso hubo un tiempo en el que no quería ni hablar del tema, ni leer noticias, porque te enfrentas a mensajes muy duros, a acusaciones de que «vamos a contaminar los pueblos» o cosas así.

Pero después de ese proceso sales más reforzado. Dices: esto que estamos planteando es bueno, se está haciendo en otros países y tiene sentido. No es lo que se está contando. Las instalaciones que proponemos reducen emisiones, son mucho más sostenibles y también disminuyen los olores de forma muy significativa.

Al final, hablamos de dar vida al campo, de producir fertilizantes y energía, y de reducir una dependencia energética muy fuerte de países externos. La Unión Europea está dando la oportunidad de avanzar en esta línea y, además, puede ser rentable para los agricultores. La pregunta es: ¿por qué no hacerlo?

Diego Aranda

Diego ArandaSamira Ouf

- Ahora que habla de la Unión Europea, el horizonte legislativo es 2030.

- Exactamente. Lo comentábamos el otro día: vienen nuevas exigencias en materia de emisiones que van a recortar lo que se puede emitir a nivel industrial. No recuerdo ahora mismo la norma concreta, pero la idea es clara: si ahora emites «x», en el futuro vas a poder emitir «x dividido por cuatro».

¿Esto qué implica? Que el modelo actual de gestión del alperujo, que pasa en gran medida por secarlo y emitirlo a través de chimeneas, deja de ser viable en los mismos términos. Si puedes emitir cuatro veces menos, también vas a poder gestionar cuatro veces menos. Y entonces surge la pregunta: ¿qué hacemos?

La industria lleva años preparándose para este escenario. Sabe que viene este cambio y busca alternativas. Existen opciones técnicas, como sistemas de filtrado, pero muchas de ellas suponen un coste añadido para el agricultor y no siempre son viables económicamente.

Ahí es donde entra el biogás como una de las soluciones posibles, porque combina ambas vertientes: reduce de forma muy significativa las emisiones y, además, puede ser más viable económicamente.

Hay que tener en cuenta que el olivar tradicional —el pequeño, el de cinco, diez o veinte hectáreas— ya tiene problemas de rentabilidad. Con el aumento de costes y la presión sobre los precios del aceite, la situación es complicada. Si además se añade el coste de gestionar el alperujo, el problema se agrava.

Diego Aranda y Javier Olmo, director de ingeniería

Diego Aranda y Javier Olmo, director de ingenieríaSamira Ouf

Por eso hablamos no solo de una solución técnica, sino también de una oportunidad para generar más recursos para el agricultor.

- Alperujo y gallinaza. ¿En los desechos está el futuro?

- Sí, al final los desechos están ahí y hay que gestionarlos. Si además podemos valorizarlos para generar energía y darles un aprovechamiento útil, mejor que mejor.

- Se diferencian de otras propuestas o de otras plantas de biogás en que ustedes plantean molestar menos y, además, crear empleo y fijar población, algo muy presente en el discurso político últimamente.

- Sí, todo el mundo habla de eso, aunque luego no siempre se concreta. En este caso, cada planta puede generar entre diez y doce empleos directos, además de muchos más durante la fase de construcción, con inversiones de entre 30 y 40 millones de euros por planta.

A eso hay que sumar otros veinte o veintitantos empleos indirectos ligados a la logística y al mantenimiento. Se puede discutir si son muchos o pocos, pero son empleos que vienen para quedarse, vinculados al territorio y a una actividad que, además, reduce emisiones.

Al final, no se trata de implantar una industria ajena a lo que hay aquí, sino de desarrollar una que esté conectada con el entorno y tenga sentido. Y en zonas como el sur de Córdoba, donde el olivar es clave, este tipo de proyectos encajan con esa realidad.

- Energéticamente, ¿qué beneficio aporta a los consumidores una planta de estas características? Y, en concreto, la suya.

- Estamos hablando de producción de biometano. Cada planta puede suministrar gas, aproximadamente, a unas 20.000 viviendas al año. Es una estimación, porque luego depende mucho del consumo de cada hogar, pero sirve como referencia.

En términos energéticos, se plantea una producción en torno a un teravatio de biometano por planta. Traducido a consumo doméstico, eso equivale a esas unas 20.000 viviendas.

Si hablamos de varias instalaciones, el impacto se multiplica: por ejemplo, con ocho plantas estaríamos en torno a 160.000 viviendas abastecidas.

Diego Aranda, durante la entrevista

Diego Aranda, durante la entrevistaSamira Ouf

- Están ustedes en pleno proceso burocrático. ¿Tienen energía para soportarlo?

- Esa es buena pregunta. Vamos a necesitar más energía de la que luego vamos a producir, porque es muy complicado lidiar con la administración. Hay muchos retrasos y normativas que no están bien actualizadas.

Nosotros mismos hemos intentado plantear cambios para que todas las plantas se hagan bien, pero no es fácil. Se habla mucho de Europa y de avanzar en esa línea, pero luego, en la práctica, la administración está bloqueada: faltan recursos y personal para tramitar los proyectos.

Te pueden decir que el proyecto es bueno, incluso que es necesario, pero después no hay capacidad para sacarlo adelante. Y eso genera frustración, porque los procesos se alargan mucho más de lo que deberían.

Al final, es una lucha más, que se suma también a la social.

- Ha dicho usted «hacer plantas de biogás bien». ¿Significa que hay plantas que se están haciendo mal?

- Muchas, y algunas ya hechas apestan, pero las nuestras no. El problema es que el biogás no está todo lo regulado que debería. Es una tecnología relativamente nueva y la normativa siempre va por detrás, así que todavía no se ha definido bien cómo regularlo.

Eso abre la puerta a proyectos que buscan simplemente la máxima rentabilidad. Si no te exigen reducir emisiones, ¿para qué vas a hacerlo? Por ejemplo, un proyecto como el de Baena puede costar unos 40 millones de euros, pero si se ejecuta con estándares mínimos puede quedarse en 30. Eso incrementa mucho la rentabilidad, y hay empresas que optan por ese camino: cumplen lo justo porque no hay una normativa más exigente.

Nuestra diferencia es otra. Nosotros nos estamos implantando junto a Oleícola El Tejar, que ya tiene instalaciones en funcionamiento, y además contamos con el conocimiento de una empresa alemana que sabe lo que es operar este tipo de plantas y convivir con ellas. Eso hace que estemos planteando aplicar la máxima tecnología, aunque no sea obligatoria.

Pero no todo el mundo trabaja así. Al final, una empresa tiende a hacer lo más rentable, y solo cambia cuando una normativa le obliga. Por eso hay ejemplos como la planta de Campillos, donde hay problemas evidentes de olores: aquello está abierto y funciona casi como un vertedero.

La regulación ya existe en Europa y sería relativamente sencillo adaptarla. Sin embargo, aquí no se está haciendo. En su lugar, se están planteando criterios como distancias mínimas —por ejemplo, dos kilómetros de los núcleos urbanos— que no resuelven el problema. Una planta mal diseñada puede oler a cinco o diez kilómetros.

Diego Aranda, visto por Samira Ouf

Diego Aranda, visto por Samira Ouf

Nosotros hemos presentado alegaciones porque entendemos que esa no es la vía. Lo importante no es la distancia, sino controlar las emisiones y los olores. Por ejemplo, obligar a que las plantas sean cerradas y que todo el aire se trate mediante biofiltros. Con medidas así se evitarían muchos de los problemas actuales.

En países como Alemania, donde la densidad de población es mayor, estas plantas se ubican incluso en polígonos industriales sin generar conflicto, precisamente porque cumplen una normativa técnica mucho más exigente.

- La planta está recién presentada en sociedad. ¿Cuándo la veremos operativa?

- Pues quién sabe. Nuestro objetivo es tener todas las plantas construidas en 2030, aunque ya sabemos que ese horizonte es complicado.

En el caso de la primera, nos gustaría empezar a construirla a principios del año que viene. A partir de ahí, el plazo de ejecución suele estar entre quince y dieciocho meses.

Si todo va bien, en un par de años podríamos tener la primera planta en funcionamiento.

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