El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

El linchador deconstruido

«En lugar de confiar en la justicia, todo un señor profesor de derecho apuesta por la presión de la masa»

Actualizada 05:05

Desde hace más de diez días asistimos a la mayor persecución política y mediática contra un ciudadano español que se conocía desde el caso de La Manada, teniendo ahora como protagonista al presidente de la Federación de Fútbol, Luis Rubiales. El caso del beso lo conocen de sobra, y al linchamiento se han sumado miembros del Gobierno, famosos de todo pelo, el 95% de los medios -con honrosas excepciones-, organismos internacionales del deporte y una miríada incalculable de personas a título individual a través de las redes sociales. Pero también la ONU, Amnistía Internacional, diarios foráneos de importancia y hasta actrices de Hollywood como Natalie Portman. Temo que el primer contacto extraterrestre, que según algún alto cargo estadounidense estaba a punto de suceder, tenga como primera conversación este tema en cuanto el alienígena se baje de la nave con una pancarta que indique «Estamos contigo Jenni #seacabó». Y es que curiosamente sólo faltan los marcianos en esta marcianada.
Muchos españoles, cuando eran niños, tenían claro que dos contra uno, tres contra uno o cuatro contra uno… «mierda para cada uno». Más tarde podemos comprobar que la mayoría de esos pequeños no asimilaban estas sencillas lecciones morales, sino que se limitaban a repetirlas para obedecer la dinámica de grupo, de tal manera que si la masa dice ahora «millones contra uno, mierda para el uno», se suben a bordo sin pensar, como tampoco reflexionaron antaño como parecía que hicieron.
Lo que está sucediendo con Rubiales se podría narrar perfectamente en Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn. Aquellos que hayan leído la obra o parte de ella sabrán que no hay exageración. En los informes del escritor ruso se van exponiendo multitud de excesos del régimen soviético, muchos de ellos absoluta y totalmente delirantes.
La victoria de la selección femenina de fútbol era una victoria sin paliativos contra el feminismo institucional. Una serie de jugadoras habían intentado provocar un «me too» sui generis meses atrás contra el entrenador, pero el tiro les salió por la culata. Días antes de la victoria ya se iba calentando el ambiente, insinuando que incluso el trabajo de las ausentes había sido decisivo en la consecución del éxito (las que no estaban debían autopercibirse como porteras-delanteras presentes). De no mediar lo de Rubiales, con total seguridad se hubiera intentado politizar el partido. El beso fue el subterfugio que ha permitido la hipérbole a algo ya previsto.
¿Por qué se produce este disparate de un linchamiento jamás conocido donde aparecen la mismísima ONU, Amnistía Internacional o actrices de Hollywood?
La izquierda woke quiere entrar desde hace tiempo en el mundo deportivo para crear una especie de casta de famosos a semejanza de los actores o directores de cine, que a cambio de una serie de privilegios se encargan de pregonar los dogmas de esta ideología.
El mundo deportivo se basa en valores despreciados por la izquierda, como la disciplina, el valor, el coraje, la resistencia o el trabajo en equipo, donde la competencia está por encima de todo. Debido a ello el wokismo no ha cuajado pese a algunos espectáculos lamentables y extemporáneos de arrodillamiento por alguna acción previa del black lives matter.
Lo intentaron, y siguen intentándolo, con el asunto de la diferencia del sueldo entre mujeres y hombres. Pero en este mundillo de diferencias físicas tan grandes es casi imposible que cuaje.
Lo intentaron y siguen intentándolo con la introducción del concepto «salud mental», que nada tiene que ver con la salud y mucho con lo mental, pero con el control mental. Este asunto sí empezó muy fuerte con la complicidad de las número uno de la gimnasia y el tenis, ambas rendidas y más que posiblemente financiadas por el dinero woke. La influencia no obstante ha sido escasa, y solamente deportistas débiles de carácter, como Ricky Rubio, han caído en el despropósito. La introducción de la salud mental sólo tiene por objeto resquebrajar con malestares infundados y difusos la fortaleza espiritual necesaria para la contienda entre atletas de primer nivel. Pero claro, también es dificilísimo que cuaje por la propia naturaleza del deporte.
Y así, aprovechando la coyuntura, empiezan atacar a modo de ariete, por imposición directa (a la que se puede catalogar sin asomo de dudas como criminal) a uno de los deportes más importantes, en uno de los países más destacados tanto en ese deporte como en lo izquierdista, pues España, por encima de futbolera, puede que sea la nación más progre del mundo. Si un despropósito de semejante calibre puede triunfar en un sitio es en éste.
En resumen, si el wokismo no pudo infectar el deporte de forma disimulada, acaba de abandonar los disfraces de las diferencias de sueldo o la salud mental para pasar al atraco a mano armada en la tierra que vio nacer al Cid Campeador y que hoy lo cancelaría por machirulo y maltratador de Babieca.
Todo este increíble suceso ya ha contado en Córdoba con una manifestación de apoyo a Hermoso, con ese tipo de escasa asistencia que se traduce en algunos periódicos como «inundar las calles». Y por supuesto con un sinfín de cordobeses a título particular inundando, esta vez sí, las redes sociales con sus opiniones afines a una colosal persecución política. Entre ellos algún cordobés famoso. Pero quizá el que defina a la perfección dónde nos encontramos sea el jurista cordobés Octavio Salazar que publicaba recientemente en Público un artículo titulado «Lo que los hombres deberíamos (des)aprender del caso Rubiales».
Salazar es ante todo un hombre que se está deconstruyendo. Lleva deconstruyéndose varios lustros. Cuando parece que ha terminado de deconstruirse surge una nueva capa que muestra que al proceso ha de continuar. Tras un estrato llega otro, y otro y otro. Como un Mr. Potato inverso al que se le fueran desprendiendo partes, jamás llega a la esencia o médula, pues siempre se pone en medio un obstáculo que, como en este caso, nos ha de llevar a deconstruirnos (des)aprendiendo en un no parar de la decostrucción deconstruyente.
En ese artículo o desartículo, Salazar hace referencia al caso desde el consabido cliché del patriarcado opresor, tratando de la culpabilidad general de los hombres de una forma especialmente pedante. Toca finalmente un aspecto sobre el que le he visto escribir en otras ocasiones, cito textualmente: «Pero cuando hablamos de cuestiones que tienen que ver con la cultura que habitamos y que nos habita, la respuesta tendría que venir de la mano de la comunidad, de la reacción social y de los efectos pedagógicos que pueden tener los límites y los frenos que se pongan desde el ejercicio de las responsabilidades públicas».
Esos aparentemente suaves «efectos pedagógicos» aplicados al caso concreto, parecen superar con creces aquel «jarabe democrático» que en lugar de calmar alguna tosecilla terminaba convertido, por ejemplo, en acoso callejero a mujeres embarazadas. En lugar de confiar en la justicia, todo un señor profesor de derecho apuesta por la presión de la masa. Y, como suele decirse coloquialmente, no es la primera vez que lo hace, ni la segunda, ni la tercera… ni será la última.
La izquierda es un mundo al revés, un calcetín vuelto, donde profesores que debería estar enseñando leyes a sus alumnos las denostan con la suficiente sutileza en público (y en Público), pues incluso en eso se achantan para evitar las críticas por la flagrante contradicción que, en una empresa, le costaría el trabajo a cualquiera, y que en la Universidad debería hacer saltar todas las alarmas. Si hubiera un juramento hipocrático del profesorado, Salazar lo habría dinamitado hace tiempo.
¿Por qué alguien hace trizas su propia formación y falta el respeto de esta manera a aquellos jóvenes a los que ha de enseñar? Al final indica que todos llevamos un Rubiales dentro. Ahí está la clave. Resulta frecuente que el izquierdista proyecte sus propios pecados, rencores y frustraciones en los demás, diluyendo la responsabilidad propia.
En una canción del también cordobés Juan Antonio Canta, se decía «Fermín Cacho parece buen muchacho, corre que te corre y su vida es un gazpacho, Fermín Cacho parece buen muchacho, a casa tempranito, nunca lo vi borracho, ¿qué delito habrá cometido?» Solamente Salazar sabe los «delitos» que habrá cometido y que le llevan a deconstruirse sin parar mientras trata de destruir al prójimo, pero quizá la senda correcta sea la de aceptar libremente el compromiso que le lleva a uno a ofrecer su mejor versión, para lo que se requiere autocrítica y valentía.
Entre tanto, los caminos del linchador deconstruido son, más que escrutables, totalmente previsibles, por su excelente predisposición a perseguir a otros en alegre comandita y su obediencia ciega, destinada a que los demás paguen sus faltas. Los «delitos» que comentábamos, sin duda, deben ser graves. Sigamos, por tanto, atentos a esa deconstrucción ad aeternum.
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