El día en que «Poli» Díaz votó a Podemos
«Comenzó, justo en ese momento, este fin de la España como totalidad y que ya se presagió, en una lenta pero imparable decadencia»
Policarpo Díaz Arévalo, el «Potro de Vallecas», fue el último gran boxeador casi venerado en España, aunque siempre a rebufo de otros astros pugilísticos patrios anteriores como el cubano-español José Legrá, alias el Puma de Baracoa, legendario peso pluma recién fallecido este verano y sin apenas reconocimiento ni repercusión mediática, por cierto. Nada nuevo en nuestra piel de toro. O Pedro Carrasco, peso ligero y de boxeo elegante, y marido que fue de la mejor tonadillera de la historia de España llamada Rocío Jurado, quien además le dedicó una mítica canción -compuesta, cómo no, por el travieso e inigualable compositor Manuel Alejandro- que lleva por título «Ese hombre» y que – háganse un favor y escúchenla - ha pasado a la historia de la cultura popular española: y en que llama enano al bueno del boxer Carrasco, antaño amor de su vida. Ríanse de los tolais pretenciosos siempre a la última e indies pseudo-anglos de todo pelaje y que tanto abundan y desprecian la copla y la verbena, comparados con la Jurado. Porque eso es cantar al desamor.
Y es que, al fin y al cabo, ¿quién de nosotros, varones -con perdón-, no ha sufrido y disfrutado de esta canción ligera mientras alguna de nuestras ex nos tiraba la minipímer -otra vez perdón por lo inclusivo- a la cabeza? No sé, tío, pero tal cómo está el patio y cómo este gira últimamente, casi que me pongo del lado del bueno de Carrasco. Al fin y al cabo siempre seremos de la elástica de los últimos románticos. Y románticas, esta vez sí.
Ahora que si hablamos de otra galaxia en este políticamente incorrecto, noble y cruel deporte que se dirime entre las dieciséis cuerdas sobre la lona de un ring llamado boxeo, deberíamos acordarnos del mítico púgil falangista -Álvaro, tronco, acuérdate del bono de la cancelación, vuela, que eres un parguela- Paulino Uzcudun, apodado el Toro Vasco, tres veces campeón de Europa de los pesos pesados y que llegó a pelear contra Joe Louis, el «bombardero de Detroit», en el Madison Square Garden de Nueva York en 1933 por el título mundial de los pesos pesados. Pero esa es otra historia.
Nacido en el barrio de Vallecas, Policarpo Díaz, «el Potro», fue todo corazón y empuje mientras se fajaba bien ante el contrario, moviendo ágil las piernas, y llegó a ser siete veces campeón de España, otras ocho de Europa y subcampeón del Mundo, hasta aquella noche aciaga en que perdió para siempre en el Scope Arena de Norfolk, estado de Virginia; un sitio en el cual nadie sensato querría vivir y mucho menos aún perder.
Policarpo, el «Poli» Díaz, nos hizo soñar a medio país aquella noche del 27 de julio de 1991, cuando era madrugada en España y casi tres millones de españoles nos quedamos a ver su derrota ante el virginiano Pernell Whitaker a través de los televisores de la recién creada -y en qué momento- Tele 5. Previamente, las apuestas estaban igualadas y el combate fue de menos a más. Fue su primera derrota sobre el ring y aguantó los doce asaltos con dos costillas rotas y la muñeca destrozada. Aquel chaval que entrenaba en aquellos gimnasios del extrarradio de Madrid, no muy distintos a los que bien reflejaron las pelis de la etapa española de Bud Spencer y Terence Hill o Carlos Saura.
En la lona, el negro Whitaker vestía calzón azul con remate blanco en la cintura, mientras el «Potro de Vallecas» gastaba pantalón corto rojo. El árbitro, con pajarita y pelo y bigote canosos, era tan flaco que no se distinguía entre aquellos infatigables pegadores de guante blanco. Se jugaban el título mundial de los pesos ligeros y previamente el Potro había amenazado al virginiano con tumbarlo en el quinto asalto.
Para algunos, el día en que el Poli Díaz pudo que votara a Podemos se acabó todo. La chicha y la limonada. Comenzó, justo en ese momento, este fin de la España como totalidad y que ya se presagió, en una lenta pero imparable decadencia, con la subida de los Borbones al trono de España allá en un aparentemente lejano 1713, cuando el infausto Tratado de Utrecht. Los españoles, desde entonces y según algunos, nos convertimos en otros, en una cosa distinta.
Era aquella época en la que los chavales grabábamos cintas vírgenes – vaya tela llevo- TDK o PDM con las canciones de nuestros sueños a las tías sentadas junto a nuestros pupitres del instituto. Y en la etiqueta pegada a la cassette siempre poníamos letras guapas, esmerados mientras nuestra profesora de inglés, algo escandalizada pero no demasiado -siempre exageraban para justificar su puñetero pecunio- llamaba a nuestros padres. Y, a veces, incluso, regañaban.
Al «Poli» Díaz algunos podrían reprocharle que tiró su vida por la borda. Tras bajarse del ring para siempre se convirtió en actor porno barato, vivió en la indigencia y poco podríamos decir al respecto. Fue un juguete roto del que nadie se acordó. Hasta ahora.
Mucho se ha especulado sobre los vaivenes de su vida, sobre su actitud y derroteros, sobre qué votó aquella vez en unas elecciones europeas antes de caer en el precipicio. Héroe de currelas y proletas, ese boxeador que, más que estrella del pugilato aspiró siempre a ser el imposible astro de la última película de cine quinqui.