Por derechoLuis Marín Sicilia

Decencia y coherencia

«Los españoles sabrán en qué manos dejan el futuro de la nación más antigua de Europa»

En el debate estrella de las elecciones generales de 2015, el candidato socialista Pedro Sánchez acusó a Rajoy de ser un agente disolvente que debilita los poderes del Estado por lo que el país necesitaba «una regeneración democrática dirigida por una persona decente, y usted no lo es». Esa descalificación de su rival político, tachándolo de indecente, provocó indignación en su adversario que hoy, posiblemente, y alejado de la política activa, observará la falta de coherencia de quien, de aplicar su misma medida respecto a la corrupción política, ha superado con creces, en sus ocho años de gobierno, todos los niveles de indecencia.

Convocados a las urnas, los españoles deben valorar, para que los políticos no les tomen el pelo, la trayectoria de cada cual y si sus actos se han correspondido con sus compromisos y con una conducta honesta y respetuosa. Desgraciadamente, los españoles nos hemos visto arrastrados, en contra de nuestra voluntad, a posiciones a menudo antagónicas, de modo que habríamos de posicionarnos en el blanco o en el negro cuando la realidad social está inundada de tonos grises, sin dogmatismos ni muros excluyentes. Y lo peor es que esa obsesión divisiva es paradigmática en cierta clase de políticos que confunde la legítima discrepancia con el anatema doctrinario.

Vivimos días de desasosiego donde se empeñan en colocarnos en alguna trinchera, cuando los españoles anhelamos menos manipulación política, más eficacia en la gestión del dinero de todos y medidas de verdadero progreso que despejen las incógnitas sobre el futuro de las jóvenes generaciones. Dilapidar el dinero público en fines improductivos es el camino más seguro hacia la ruina y la miseria. Y si algo colma la paciencia y la tolerancia es ese desmedido afán de recurrir al trampeo y a la falsa promesa para comprar nuestra voluntad. Ahí, posiblemente, resida la clave de la convicción, y no de la frivolidad, con la que el ciudadano debe concurrir a depositar su voto.

En este largo periodo antes de ir a las urnas, el ciudadano comprometido valorará, para que no vuelvan a engañarlo, aquello que se dijo y aquello que se ha hecho. Recordarán aquello de ser feminista por ser socialista en las bocas de frecuentadores de la mercadería del sexo y las saunas. Se acordarán de la admonición del líder espiritual presumiendo de que ser socialista es tener poco y dar mucho, mientras se hacían millonarios negocios oscuros y se escondían joyas de enorme valor. Volverían a escandalizarse al recordar la ausencia de una política social de viviendas intentando taparla ahora con variopintas promesas que no cuelan porque se contradicen con su propio inventario de rentistas y tenedores de varias viviendas.

En realidad, lo que no puede ser es que si otros tienen una vivienda en alquiler sea un sucio negocio, pero si la tienen ellos sea un derecho legítimo. Ni puede parecer lógico que cuando se condena a otros por corrupción los jueces hagan justicia, pero cuando son ellos los condenados por corruptos, los jueces prevarican. Trampear en la política debe merecer la repulsa ciudadana. Inundar las redes sociales, incluso ofendiendo a los demás, para no dar cuenta ni asumir responsabilidades por incidencias diversas, apagones, descarrilamientos, incendios, inundaciones y lavas volcánicas merecen una repulsa social sin paliativos. Ocultar hechos lamentables y dar la espalda a decenas de miles de españoles que han sido víctimas de una guerra hibrida es un acto de alevosa cobardía. Regalar la nacionalidad a quien no se ajusta a los requisitos legales merece la fiscalización judicial, tal como ha concluido el órgano asesor del Consejo de Europa, en línea con la investigación del Tribunal Supremo.

En definitiva, quienes se niegan a ser manipulados y asumen su responsabilidad de ciudadanos libres, recordarán que el diplomático francés Hugues-Bernard Maret ya advirtió de que «la malicia de los unos nace siempre de la estupidez de los otros». Quienes han protagonizado torticeramente episodios de confrontación ajenos al afán conciliador de la mayoría social, están lejos de los criterios de decencia pública que merecen los españoles. Quien falta a la coherencia entre lo dicho y lo hecho solo puede abducir a quienes son tan sectarios como él. Decencia y coherencia es lo menos que se puede exigir a nuestros representantes. La mayor indecencia es buscar el enfrentamiento de unos españoles con otros; la mayor incoherencia, hacer lo contrario de lo prometido. Ambas cosas son definitorias de la conducta del actual presidente del Gobierno de España.

Ante tanta indignidad nuestros socios europeos claman contra un país que está haciendo «justamente lo contrario que los demás». Un Gobierno tan indigno que, ante una invasión de sus aguas marítimas por buques de guerra, califica la misma como algo «puntual», o que «no le consta» o que son «maniobras habituales» de un vecino al que rinde pleitesía en su deslealtad. Eso se llama indecencia, hipocresía y cobardía. Los españoles sabrán en qué manos dejan el futuro de la nación más antigua de Europa. Hace trece siglos, en el año 711, el ultraje del último rey visigodo a la hija del gobernador de Ceuta terminó facilitando la conquista árabe de la península ibérica. ¿Habrá aquí y ahora algún indecente capaz de ultrajar y traicionar a su país en pleno siglo XXI?

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas