Procesión del Soberano Poder, en Córdoba

Procesión del Soberano Poder, en CórdobaPablo Castillejo

La primavera que empieza a florecer con el Soberano Poder

El Miércoles de Pasión, la hermandad de la Quinta Angustia de Córdoba celebró el Vía Crucis hasta la Catedral con su titular

La tarde se iba templando en Córdoba con ese aire indeciso de marzo, cuando la luz aún no termina de rendirse y la primavera asoma, tímida, entre los naranjos. Entonces se abrieron las puertas de la Merced y, con ellas, algo más que un templo: se abrió el tiempo de lo sagrado en la calle.

Nuestro Padre Jesús en su Soberano Poder puso su cruz sobre los hombros y comenzó a andar en Vía Crucis, marcando el pulso de una ciudad que, poco a poco, dejó de ser ruido para convertirse en silencio. No hizo falta nada más. Ni estridencias ni alardes. Solo la sobriedad de un cortejo que rezaba andando y un pueblo que entendía que había momentos que no se cuentan, se guardan.

Cada estación era un susurro. Cada paso, una llamada al recogimiento. Córdoba, acostumbrada a la belleza, parecía redescubrirla en cada esquina: en la mirada del Señor, en la cadencia medida de quienes lo acompañaban, en esa forma tan propia de la Cuaresma de convertir lo cotidiano en eterno.

El discurrir hacia la Santa Iglesia Catedral tuvo algo de peregrinación íntima. Cruzar el Patio de los Naranjos, con la tarde ya finalizada, fue como atravesar un umbral invisible. Dentro, el rezo se hizo más hondo. La piedra, la historia y la fe se dieron la mano en un instante suspendido, de esos que no necesitan palabras porque lo dicen todo.

Y al salir, la noche. Una noche distinta, más llena, como si Córdoba hubiera cambiado sin hacer ruido. El regreso a la Merced fue lento, casi contemplativo. Ya no era solo un Vía Crucis; era la certeza de que algo había comenzado.

Y en la Compañía, el momento especial que empieza a ser tradición: la Agrupación musical de la Redención volvió a demostrar que interpreta y se adapta a lo que requiere cada momento. Marchas solemnes, casi fúnebres, para un momento de silencio y de oración.

La primavera, en realidad, no llega con el calendario. Llega cuando un Cristo toma la calle y la ciudad aprende a mirarlo. Llega cuando el incienso dibuja el aire y el silencio pesa más que cualquier sonido. Llega cuando todo cobra sentido.

Y anoche, en Córdoba, la primavera empezó a quedarse.

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