En el 95º aniversario del Bar Correo: y que así pasen mil años
«Tótem del morapio, refugio de furibundos canallitas, de rompeolas de todas las Córdobas: la del butanero, la de la esteticién, la del rentista, la del obrero, la de un analista de sistemas, la del juntaletras, la del oficinista, la tuya y la mía»
Interior del Bar Correo (Córdoba)
Manolo quien, además de haberme visto crecer -a mejor, naturalmente- desde el otro lado de la barra, y es un verdadero lince, me escribió a primera hora de la mañana del viernes: «tío, pásate el domingo por el Bar que será nuestro aniversario y habrá que dar cuenta de un par de barriles». «El cumpleaños es de todos nosotros», me dije con la mueca en la cara de un tipo que a veces recibe buenas noticias.
Este domingo el Bar Correo cumple 95 primaveras. Y Córdoba, España, el Mundo entero debería celebrarlo. Uno, que es dichoso y algo lelo los días impares de la semana, siempre hace lo imposible por coger la Vespa alguno de esos días, aparcar en la calle Caño y dirigirse con paso presto a la esquina. Y digo esquina porque en Córdoba solo hay una: la del Correo.
Tótem del morapio, refugio de furibundos canallitas, de rompeolas de todas las Córdobas: la del butanero, la de la esteticién, la del rentista, la del obrero, la de un analista de sistemas, la del juntaletras, la del oficinista, la tuya y la mía. Allí se acuna a los bebedores, se cuidan las formas, se batalla la estulticia, se combate al fartusco.
El rincón de la barra del Correo es una trinchera desde donde ver la vida pasar. Allí, sobre el escalón, pie con pared, observando al Ave Fénix que corona la cercana plaza principal regañando al cielo por no sé qué disparate, diciendo mil holas y un millón de adioses, uno puede imaginar que sus paredes han visto pasar guerras, regímenes políticos, revoluciones, bautizos, bodas y entierros.
La Unión y El Fénix, vistos desxde El Correo
El Correo es también gabinete psiquiátrico, carne de mentideros, punto de encuentro de cien tribus urbanas, observatorio de inauditos especímenes, consuelo de desamores, e hipotecados, alegría mundana donde guarecerse. Las odiseas fueron siempre protagonizadas por valientes, por eso, a veces, pedir una cerveza es como rogar a Dios. Barriles de cerveza por doquier, la serpentina en el cogote, y la media sonrisa de quien tiene poco que perder. Cuando uno va al Correo, el tiempo se detiene. El que sabe, puede esperar.
El Correo, sus afueras, la barra, los barriles del fondo, la colección de botellas de cerveza traídas por mil notas de todo el orbe, las cien fotos enmarcadas que petan la pared hasta el techo y, en las que si no apareces en alguna de ellas, vete haciéndotelo mirar porque tu credibilidad popular es igual a cero. Que no eres nadie, bro.
Pasen al fondo, hay sitio en el salón
Los dos Manolos -cómo no recordar al otro Manolo: sabio y cascarrabias a la vez- hacían un tándem casi lujurioso hasta hace pocos años al otro lado de la barra, rebañando el piropo y el enfado, y se llamaban de usted. Joder, qué lujo, «de usted». Las tapas de berberechos y mejillones en escabeche desafiaban el vértigo del precipicio del filo de la barra de aluminio.
Ha llovido mucho en estos 95 años transcurridos desde que el Correo levantó las persianas por primera vez, en 1931, recién instaurada la Segunda República. Casi nada. El origen del nombre estuvo en la estafeta de correos situada en la misma calle a principios del siglo pasado, cuando muchos funcionarios de aquella oficina se escaqueaban de su lugar de trabajo para hincar el codo en esta barra. Máximo respeto. Décadas después, justo al lado, en pleno desarrollismo franquista, abrió Simago.
Bar Correo (Córdoba)
El Bar Correo, donde hace una piña de años los muchachos y yo aparcábamos las vespinos sobre la acera frente a la puerta del Bar -así, con mayúscula- cuando aún los coches circulaban por la calle Jesús y María y aún no estaba todo perdido. Allí algunos echamos los dientes y llevamos a todas nuestras ex. Ahora que ya no soy, diablos, un joven travieso de mirada algo limpia que trasegaba «dobles», y que ya hace años que reformaron el baño de agujero turco -lo sentí como si me arrebataran dos vidas-, uno se agarra a media docena de certezas: y el Correo es una de ellas.
Ahora que todo es futilidad, trivialidad y nada dura para siempre: ni los amoríos, ni los motores de las lavadoras, ni las relaciones extramaritales, ni la lencería femenina, ni la honestidad, y en una sociedad líquida como la actual donde todo es de usar y tirar, es casi un milagro necesario que esta esquina siga en pie. Porque en el Correo siguen lavando los vasos a mano. Y ruego a Dios porque siga así.
Es de rigor que al visitante novato y que, algo despistado, entra por primera vez al bar y dispuesto a recorrer mundo en la barra hasta el fondo en busca de una inexistente mesa, se le anime a seguir con un pase-hasta-el-fondo-hay-sitio-en-el-salón, entre las risas enlatadas de los parroquianos. Porque allí, en los apenas 12 metros cuadrados del Bar Correo, ocurre lo que dice la canción de las Vainica Doble: «que la gente sepa que todo eso es mío, y nadie se atreva a entrar sin permiso». Porque existe lo sagrado, y el Bar Correo lo es.