La verdadera extrañeza de ver Hermanos Bonillo sin su bulla y jaleo
Cierra Hermanos Bonillo, el mítico bar de los flamenquines gigantescos de Córdoba
El establecimiento de la calle Sagunto inició su andadura en ese local en 1989
Los habitantes del barrio de Levante, y en concreto de la zona de Sagunto, amanecieron días atrás con una ausencia inesperada. La bulliciosa y siempre repleta terraza del bar Hermanos Bonillo estaba recogida. Dentro, el mobiliario apilado, algunos cables por fuera y nada de bebidas o comida. Y claro está, sin parroquianos. La puerta, cerrada. La despedida de este mítico establecimiento, conocido, entre otras muchas cosas, por el espectacular tamaño de sus flamenquines, ha sido tan discreta como honrado y eficaz el trabajo de su familia impulsora y de los camareros del lugar, siempre serviciales y rápidos. Queda atrás una labor que se inició en 1989, en un local que también cobijó anteriormente a otros restaurantes que fueron conocidos, como el Rafalete (fue su segundo sitio abierto y el que le dio la fama), y el Malagueño.
La familia Bonillo se introdujo en el mundo de la hostelería en 1978, y recaló en Sagunto nº 27, esquina con Reina Mercedes, hace 37 años. Desde entonces se convirtió en ese tipo de bar y restaurante de barrio que atrae, sin embargo, a cordobeses de todas partes, e incluso visitantes de la ciudad, seducidos por la publicidad de sus legendarios flamenquines gigantes, de medio metro o más. Durante años fueron los más grandes de Córdoba, habituales en todos los ranking de los diez mejores de la ciudad en los medios de comunicación locales.
Zona de terraza de Hermanos Bonillo
Pero Hermanos Bonillo era mucho más que esos flamenquines. Sus escalopes eran igual de conocidos, se dedicaban concienzudamente a los guisos, y contaban con una amplísima carta que hacía un verdadero recorrido por la tradición gastronómica cordobesa. Todo ello en un establecimiento con docenas y docenas de mesas tanto dentro como fuera... y llenas a rebosar en los fines de semana. El jaleo de esa esquina era patrimonio inmaterial del barrio.
Hermanos Bonillo era un bar heredero de los usos antiguos, de madrugones de 5.30 de la mañana para preparar los platos, y una atención inmediata, cortés y cuidadosa, con camareros especialmente preparados para un establecimiento tan complicado por los cientos de personas que podían reunirse en un sábado o domingo cualquiera.
La despedida ha sido tan reservada, que no se sabe si las intenciones de la familia pasan por abrir algo nuevo. El cierre ya ha despertado debate en las redes sociales, con numerosos contertulios extrañados y entristecidos por tan repentino cierre. Los mensajes de agradecimiento por el trabajo de décadas han sido igualmente protagonistas de estas conversaciones. Hermanos Bonillo se va sin que haya conocido jamás la decadencia.