Aeropuerto Madrid Barajas
La T4 colapsada de personas sin hogar
La otra cara del Aeropuerto de Barajas: «¿Por qué a los españoles no nos dan ayudas y a los extranjeros sí?»
La metamorfosis de Barajas comienza cuando cae la noche, ahí las maletas se cambian por sacos de dormir y la dureza de la vida asoma por los pasillos de la T4 donde duermen personas que, por desgracia, lo han perdido todo
Entrar al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas a partir de las diez de la noche resulta estremecedor. Poco a poco los viajeros van desapareciendo y las maletas se cambian por bolsas de la compra o mochilas que soportan el cansancio y el peso de todo el día. A esas horas el aeropuerto deja de ser un lugar de tránsito efímero y pasa a convertirse en el hogar temporal de miles de personas que no tienen un techo bajo el que dormir.
Se va viendo cómo comienzan a desplegar sacos de dormir, -los que tienen la suerte de tener uno- otros sacan algo de comida para llenar un poco el estómago y algunos se arrinconan en los laterales de los pasillos buscando un poco de oscuridad e intimidad en el frío suelo de Barajas.
Pero, claro, mejor dormir bajo el techo del aeropuerto que no en la calle a la intemperie con las inclemencias del tiempo. Tan solo en la T4 hay unas 500 personas durmiendo concentradas en tan solo una planta, el resto están cerradas. Pero, esto también ocurre en el resto de terminales aunque, quizá, en menor medida.
El problema está en que los albergues de la Comunidad de Madrid están colapsados, no pueden soportar el volumen de personas que necesitan un techo bajo el que dormir. Según cuentan las personas que están durmiendo en el aeropuerto, las listas de espera para poder pernoctar en uno de estos albergues es de cuatro meses.
Una sobrecarga que está haciendo colapsar a Barajas y que en vez de parecer un aeropuerto tenga más pinta de albergue provisional. Pero la gente que duerme aquí no tiene la culpa de esto. Por lo general, es gente que por diferentes circunstancias en su vida se han visto condenados a la pobreza extrema, hasta tal punto de no poder tener un hogar y quedarse en la calle.
Aunque el problema está en que «cada vez hay más mala gente», cuentan y ellos mismos aseguran que no pueden dormir tranquilos porque están en alerta ante «los robos, carteristas y violencia» que ejercen algunas de las personas que pasan la noche en las terminales. Eso sí, no son la mayoría.
Una de las personas que viven en Barajas entrevistada por El Debate
Condenada a la indigencia: con trabajo, un 46 % de discapacidad y sin ayudas
Lejos de los perjuicios o del cliché, la mayor parte de personas que viven en el aeropuerto es gente que por diferentes circunstancias se han quedado sin un hogar en un estado de pobreza severo. Es el caso de Laura -nombre ficticio- una chica joven con un 46 % de discapacidad visual y auditiva. Ella trabaja como cualquier otra persona, eso sí, su discapacidad le impide hacerlo más de cinco horas diarias. No tira la toalla y cada día se levanta de las duras sillas del aeropuerto, se asea en los baños y coge el transporte público para ir al trabajo.
Laura limpia en un centro de salud junto con otras mujeres. Cuenta que ellas conocen su situación y como hay servicio de cocina, le dan algo de comida. El problema está dónde calentarla: «Hoy he traído la cena que me han dado mis compañeras, pero no he podido calentarla y no nos la hemos podido comer», lamenta. Y, es que, lo poco que tiene lo comparte con otras tres personas con las que comparte sus noches. Compañeros que ya se han convertido en su familia.
Sin duda su vida está condicionada por su discapacidad y con el sueldo que gana no tiene dinero para poder pagar un piso con el precio de los alquileres de Madrid. Pero esto no le frenó, trató de buscar un alquiler en Toledo algo que le resultó imposible porque «piden dos meses de alquiler, uno de fianza y una nómina de 1.500 euros al mes». Unos requisitos «imposibles de cumplir», pero cuenta que en ese momento, «contaba con el dinero para poder pagar ese mes y el siguiente».
Así a lo único que podía aspirar era a una habitación diminuta donde apenas cabía una cama y un pequeño cajón: «parecía la casita del Ratón Pérez», bromea. Si hubiese aceptado, ese zulo le hubiese quitado todos los ingresos que ella tenía. Por eso, se negó.
Laura cuenta que es uruguaya, pero su padre era de España y asegura que a la gente de «aquí no le dan nada, no hay ayudas». A pesar de su discapacidad no recibe ninguna prestación por parte del Gobierno y esto le ha hecho acabar durmiendo en Barajas. Por eso critica al Gobierno, porque asegura que mientras a ella le denegaba la ayuda la asistenta social «a una musulmana que estaba a mi lado con varios hijos y sin trabajar, le dieron un piso social y todas las facilidades del mundo», cuenta.
Gente viviendo en el aeropuerto de Barajas
Un portamaletas como escritorio: «Estudio microbiología y tengo un grado de laboratorio»
En mitad de la noche en los pasillos de la T4 una chica con un pañuelo negro sobre la cabeza y un crucifijo colgando del cuello reposa sentada sobre un portamaletas. En sus manos, un clasificador azul y un boli negro con el que va rellenando diferentes ejercicios. Después de un rato conversando cuenta que estudia un grado en Microbiología, aunque también tiene un grado en Laboratorio y comenzó la carrera de Psicología aunque después de un año tuvo que dejarla porque «no podía pagar las tasas».
Mercedes -nombre ficticio- es de Cuba, tiene 36 años y lleva 12 en España. Cuenta que llegó a Madrid y fue a vivir al «deprimido barrio de San Cristóbal» donde un par de chicas le ayudaron a comenzar su andadura aquí.
Resulta extraordinario la fortaleza para, en esas condiciones, sacar valor y fuerza y ponerse a estudiar. Sin embargo, ella no lo ve así: «No tiene ningún mérito, es un afán de superación para salir de aquí». Razón no le falta, pero la dureza de las condiciones hace que tenga un valor inmenso.
Pronto por la mañana se levanta, se monta en el metro y va a «un sitio para poder estudiar», después pasa por algún comedor social y cuando empieza a caer la noche, por la tarde, recoge algo de comida en la basura o donde puede y se dirige al aeropuerto para dormir o terminar alguna tarea pendiente. Mercedes perdió su permiso de trabajo en 2023 y desde entonces no le ha quedado otra opción que vivir en la calle mientras se busca la vida como puede. En el aeropuerto «el ambiente es tranquilo y la policía hace la vista gorda» cuenta que «te dejan dormir, aunque a veces piden la documentación».
Donde ha encontrado un refugio ha sido en Cáritas -como la mayoría de los que duermen aquí- donde le dan comida, ropa, le prestan servicio de lavandería y también les ofrecen trabajo para que puedan salir de la calle. Aunque en su caso no puede ser porque no tiene el permiso para trabajar. Ella achaca el problema «a la falta de recursos de la Comunidad de Madrid». Cuando le pregunto si se plantea volver a Cuba responde que «sí», pero cuando pueda irse con «las personas que tengo aquí, con mi mochila».
Reclaman ayudas «para los españoles»
Una de las quejas más extendidas es la falta de «ayudas para los españoles». Esto repiten todos una y otra vez. Me acerco a un banco que comparten cuatro personas: una señora de 63 años, una chica embrazada de mellizos, otra joven y un hombre de mediana edad. Francisco -nombre ficticio- es de Barcelona, vino a Madrid «a empezar de cero y probar suerte», pero dejó atrás a su hija. Se emociona al hablar de ella. Cuenta que se dedica a la construcción, pero que no le importaría trabajar en cualquier sector, aunque «ahora mismo encontrar empleo es complicado».
Lamenta que le quitaron el DNI, ahora no tiene tarjeta sanitaria, ni dinero para volver a Barcelona, a su casa. Pero está seguro de que «esto es un bache y volverá la buena suerte». Lo más importante para él es «no hundirse» porque si lo haces «pierdes la cabeza y ya sí que no sales», cuenta. Se le ve aseado, tiene buen aspecto y la barba cuidada. Y, es que, para él esto es fundamental: «verse bien».
Eso sí, no para de repetir lo que para él es un mantra: «Hemos trabajado toda la vida, somos españoles, ¿por qué nosotros no tenemos ayudas?¿por qué el Gobierno no nos da prestaciones como a la gente que viene de fuera?¿somos menos que ellos?», sentencia. Se ve la desesperación en sus ojos y no es para menos porque vivir en el suelo de Barajas es de todo menos sencillo.