Charco de las Cabras, en Casavieja
Crónicas Castizas
El socorrista amateur
Un coche de policía salió descontrolado y fue a volcar delante de la taberna. Corrimos hacia él, sin pensarlo y abriendo con dificultad las puertas del vehículo sacamos con esfuerzo a dos agentes de policía inconscientes que arrastramos hasta la acera para alejarles del coche que ya humeaba. Ante la llegada de una ambulancia, al haber ya más gente junto a los polis que rescatamos, decidimos irnos a seguir la fiesta. Tiempo después supimos que alguno de los mirones inanes fue recompensado con una medalla policial por nuestro rescate.
La primera vez que me tocó hacer de socorrista a la fuerza fue en Burguillos, en la piscina de mi tía Charín, en tierras toledanas. Una de las hijas de mi prima se cayó a la piscina que aún no tenía valla protectora. Según la vi me impulsé de una patada en el vientre de mi primo Juan Manuel, excelente tirador de avancarga, y llegue al extremo de la piscina bajo el agua donde vi cual si de una aparición se tratara a la niña rubicunda con el vestido y el pelo flotando a su alrededor, la cogí raudo y la saqué, ni siquiera lloró, cosa que sí hacía su abuela del susto al ver a su nieta caerse en el agua. No he vuelto a ver a esa niña que supongo que ya no lo será tanto y para quien yo seré más extraño que un político honesto.
Días después en esa misma piscina hube de asistir a una carrera entre mi tía Charo, mi madre y otras tías y primas, al entrar un ratón en el agua, tendría calor o curiosidad, y verlas pugnar por ser la primera en subir las escaleras, únicas, que había en un extremo. No fue un modelo de corrección ni de cortesía de Versalles pero ahora lo recuerdo divertido por los ímprobos esfuerzos de todas por ser la primera en abandonar el medio invadido por el roedor y ninguna estaba en forma.
La vez siguiente que tuve que emplearme de esa guisa fue en un campamento que hacíamos los exploradores de mi grupo, el Olave, cerca de Casavieja, en el circo de Gredos. Allí había una represa espartana, hoy conocida como Charco de las Cabras, de agua gélida, que aprovechamos para combatir los calores y en ocasiones meternos vestidos y lavar de manera somera la ropa que llevábamos puesta.
Allí se hundió un niño pelirrojo que antes de ahogarse tuvo a bien pedir auxilio, me lancé al agua y nadando al acercarme le advertí que se quedara quieto, cosa que hizo y me facilitó sacarle de allí. Me lo he cruzado unas cuantas veces y siempre me da unas gracias efusivas.
La siguiente, en el mismo marco acuático y geográfico, era una gitanilla, muy joven, de Carabanchel, que había venido al campamento, sin ser del grupo y a la que algunos pretendían en el sentido que ustedes están pensando. Jugando de bromas y veras la tiraron al agua y se reían mientras ella gritaba y daba manotazos, me di cuenta que realmente no sabía nadar y no era teatro sino desesperación pues no se hacía pie en esa alberca por ningún lado y menos si eras pequeña como resultó ser el caso. Me tiré desde arriba al agua para ahorrar tiempo y logré llegar nadando hasta ella a la que tuve que reducir, pues en su desesperación se agarraba como una lapa a mi cabeza con sus brazos y me rodeaba con sus largas piernas morenas, me costó bastante reducirla y explicarle que o se quedaba quieta o nos ahogábamos los dos. Al final lo logré con algo de violencia y la saqué del agua.
En otra ocasión, más terrestre, estaba con mi amigo Santiago en el bar Domínguez, en la calle General Ricardos, tanques de cerveza y bravas a cuatro pesetas, lo mismo que costaba el metro y un paquete de Celtas Cortos, calculen el año, cuando un coche de policía salió descontrolado por el Camino Viejo de Leganés a la altura del metro de Urgel,y fue a volcar delante de la taberna. Corrimos los dos hacia él, sin pensarlo un momento ni saber por qué, y abriendo con dificultad las puertas del vehículo sacamos con esfuerzo a dos agentes de policía inconscientes que arrastramos hasta la acera para alejarles del coche que ya humeaba. Mientras tanto llamaron desde el bar a una ambulancia, nosotros atendimos a los policías. Uno de ellos cuando recuperó el sentido, aún tumbado en el suelo, inquieto, se echó mano inmediatamente a la pistolera tranquilizándose cuando comprobó que el arma seguía en su lugar. Ante la llegada de una ambulancia, al haber ya más gente junto a los polis que rescatamos, decidimos irnos a seguir la fiesta. Tiempo después supimos que alguno de los mirones que nada habían hecho, excepto esperar a la ambulancia, fue recompensado con una medalla policial por el rescate que hicimos nosotros y en el que nos arriesgamos. Sic transit gloria mundi.
Y la última de acción rescatista que dicen ahora, esperemos que lo sea, fue en la piscina de mi hija, cuando su primogénito cayó al agua por un extremo y en cuatro zancadas, yo estaba dentro y sí hacia pie, lo cogí de las axilas y lo saqué del agua, mirándole fijamente por si tenía que hacerle respiración artificial o alguna de esas cosas que me enseñaron de scout en un curso de la Cruz Roja allá por el Pleistoceno. Mi nieto estaba con los ojos abiertos y con su voz de niño me soltó compungido : «yo estaba solito ahí abajo». Aún me río con ternura.