Imagen sobrecogedora
Crónicas castizas
La confesión sobrecogedora de un periodista
«Yo fui un hijo no deseado, mis padres no me quisieron nunca, lo noté, esas cosas se sienten, se perciben, ninguno de los dos me mostró ni el menor atisbo de cariño». Continuó su historia personal obviando el bochorno de su colega en el periódico cuyo techo y páginas compartían
Paseando por la orilla de la ría del Nervión, dos periodistas del diario El Correo Español El Pueblo Vasco, así llamado antaño, –eran los tiempos de Anchón Barrena como director– la espontánea confesión de su compañero de profesión, y a pesar de ello amigo, pilló de nuevas a Román, que se mantuvo mudo sin saber qué decir ante esa intimidad no solicitada ni querida: «Yo fui un hijo no deseado, mis padres no me quisieron nunca, lo noté, esas cosas se sienten, se perciben, ninguno de los dos me mostró ni el menor atisbo de cariño».
Continuó su historia personal obviando el bochorno de su colega en el periódico cuyo techo y páginas compartían: «De hecho se separaron, mi madre permitía poco o menos el uso del matrimonio y manifestaba un abierto desprecio por mi padre como hombre y como marido y al final éste, harto del déficit de intimidad familiar y de los desplantes sistemáticos, se fue a convivir con una antigua novia de juventud suya, una linda morena tan alta para él que le podía dar capones con la barbilla. Tampoco te vayas a creer que mi madre permaneció mano sobre mano dolida, abandonada y colérica, se enrolló de forma reservada, excepto para su cónyuge, pues fastidiarle formaba parte del desquite, con un elegante guaperas de la zona residencial de Abando, donde muchos bilbaínos de posibles tenían el sastre de estilo británico en Londres».
«El caso –continuó narrando– es que mi madre descubrió con horror y una prueba médica que estaba embarazada y sin un atisbo de vacilación convocó al marido y al amante a capítulo ante quienes afirmó tajante que la criatura que gestaba en su vientre era procedente de su esposo legítimo, aunque no ejerciente, y no del querido adulterino pero asiduo practicante. No albergaba ella en apariencia duda alguna, ella, ellos dos, sí, muchas, pero la dama no dejó resquicio ni dio ocasión para discutir su dictamen. Vamos que, en cualquier caso, la cosa iba a salir del angosto círculo familiar; aquello era un escándalo mayúsculo y más en la pacata sociedad vascuence fanática del racista misógino Sabino Arana de aquel entonces, conocido reaccionario donde los haya. Ante el temor de ver entre otros muchos a sus progenitores avergonzados, los futuros abuelos, a los vecinos escandalizados y murmuradores y la cancelación, que dicen ahora, vamos, la cargante condena pública, el vacío social para todos los implicados y algún jugoso negocio al garete, pues muchos se basan en las relaciones, por todo ello y más el matrimonio recogió velas y se volvió a juntar en el hogar primigenio de forma oficial y a reanudar una aparente vida familiar para evitar que las aguas salieran de su cauce y fuera materia de escándalo ante los ojos reprobadores de la concurrencia».
«Con esos precedentes, como comprenderás, compañero, aunque no los conocí hasta mucho más tarde, justifican mi sensación permanente de no ser un hijo deseado y tampoco querido por mis padres, sino la criatura que les obligó a volver juntos». Por primera vez levantó la mirada del suelo y la fijó en su compañero, receptáculo de sus cuitas, que se mostraba irritado por la patraña que, errado, había creído oír. Quien abrió la boca por primera vez sin mencionar para nada la atribulada historia de su compañero, al que quiso herir porque les conceptuaba sospechoso de escribir al dictado de los empresarios taurinos de ganaderías y de cosos y además de toreros interesados: «Mira, sabes que yo ando de la ceca a la Meca en mis viajes, confesión por confesión, pero nunca igualaré esa historia que me has colado ni la fecundidad provechosa de tus crónicas taurinas, porque son sobrecogedoras».
«Gracias, Román, ignoraba que te gustaran tanto, no eres aficionado a los toros».
Replicó Román: «Sobre-cogedoras digo, no me has entendido Bernardo».