Cartel de reclutamiento
Crónicas castizas
Guardias de polvorín
La de Montejaque era una guardia asaz tranquila, con excepciones puntuales, locos o intrusos, que de los dos hubo, pues por allí no pasaba un alma, aunque una de las absurdas obligaciones de la guardia era ir a cerrar una puerta de hierro enorme que había en medio del campo sin muro alguno alrededor
De todas las guardias que había en Ronda, las favoritas de los legionarios por la vidilla que daban eran las del polvorín del Fuerte y la de Montajaque, donde hoy se despliega el Tercio Alejandro Farnesio, al que los veteranos llamaban antaño Alejandro el loco, ellos sabrán por qué y sus razones tendrían. La de Montejaque era una guardia asaz tranquila, muy lejos del mando, con excepciones puntuales por la irrupción de locos o intrusos, que de los dos hubo, pues por allí no pasaba un alma hasta que se residenció el pelotón de castigo. Aunque una de las absurdas obligaciones de aquella guardia era ir a cerrar una puerta de hierro enorme que había en medio del campo sin muro alguno alrededor, vamos, que el enemigo ese al que estuvimos esperando tanto tiempo sin éxito, nuestro Godot, podía entrar por la derecha o por la izquierda sin saltar nada, orillando la puerta que se levantaba en mitad de ninguna parte y que no impedía el paso a ningún sitio.
Las guardias del cuartel principal y la del Fuerte había que hacerlas en posición de firmes o desfilando a paso legionario, contando mentalmente los segundos y los minutos de las dos horas de puesto hasta el relevo, con un descanso para volver a entrar enseguida. La del cuartel de mandos era peor, pues por allí entraban todos los jefes y había que dar la orden de formar recordando que no hubiera ya un oficial superior dentro, pues llevan muy mal y les enoja que se forme a un coronel cuando dentro hay un general. O que la guardia no rinda honores a V.I. cuando el general se ha ido sin darte cuenta porque estabas mirando al tendido absorto en tus pensamientos o se te había metido una minifalda en el ojo.
En el polvorín, lo ideal era un servicio de armas con el cabo «Viejo, viejo», así llamado por su forma de dirigirse a la tropa haciendo eco en su hablar. Era un cabo permisivo que tenía varias singulares aficiones: una por la captura de arañas y el polvorín se lo permitía en abundancia y las otras se centraban una atípica habilidad para fabricar inseguras pistolas del calibre 22LR de un solo tiro, como mucho: tubo, clavo y goma, y por abrir cualquier taquilla que se le pusiera por delante, ya fuera de llave o de imán, las abría, no afanaba nada pero dejaba el candado expedito bien a la vista para celebrar su pericia, pues de nada le servía si no tenía un público del que mofarse. Creo que al final de su enganche legionario aprobó las oposiciones para ingresar en la Guardia Civil y pasó de vestir de verde a vestir de verde.
Lo peor en la guardia de polvorín era entrar con el cabo Alejandro Muro, alias «el periódico» por su profusión de tatuajes, en cuyo pecho lucía el emblema de zapador paracaidista del Ejército del Aire, y era nefasto en ese puesto de jefe de la guardia de polvorín, pues las botellas de cerveza que llevábamos al cuarto de guardia de forma ilegal se empeñaba en abrirlas de manera ruda golpeándolas con la blanca pared del recinto en vano intento de romper el gollete con el consiguiente destrozo total de la botella de litro de Mahou. En ocasiones, para evitar visitas inesperadas de sargentos quisquillosos como Roberto López, rodeábamos el ámbito del polvorín de cristales rotos para atrapar a cuantos se acercaban subrepticiamente en silencio para sorprendernos en actividades antirreglamentarias y meternos un paquete, y alguna vez ocurrió, porca miseria, que ni hicieron ruido ni se cortaron al acercarse con el consiguiente grito y nos pillaron con la guardia bajada, nunca mejor dicho.
Ese polvorín nos lo entregó en su día una compañía de Operaciones Especiales que no había hecho estadillo de su contenido y se limitó a darnos las llaves, por lo que nuestros mandos nos ordenaron a la tropa hacer un recuento de las existencias que, al no conformarse con el número de cajas de madera, nos hicieron contar con paciencia uno por uno todos los cartuchos no percutidos del 7,62 y del 9 mm Parabellum, amén de granadas de mano Expal y también de mortero.
Un día de lluvia, una sombra escueta se aproximó al polvorín y al no responder a mis requisitorias de santo y seña, le ordené tirarse al suelo empapado mientras accionaba el cerrojo del fusil Cetme para alimentar la recámara y ponerlo en condición de disparo. La figura se tiró al suelo al oír ese ruido inconfundible y mi observación posterior reconoció al teniente Cimadevilla en un charco, no debía ser hombre muy rencoroso, para mi fortuna, pues a la mañana siguiente fui nombrado de forma elogiosa, para mí inesperada, en la orden del día por mi celo durante el servicio.
Cuando me licenciaron había hecho un centenar de guardias y de servicios de armas y no fuí de los que más.
En mi cartilla militar pone: «Amor al servicio, mucho». Tampoco fui de los mejores.