Viejo Chapiri legionario
Crónicas castizas
El legionario que mató al violador de la discapacitada
«Escucha unos gritos que son casi una acusación plena. No puede obviarlo y sin pensar empuja la puerta y entra en la casa de donde proceden los alaridos. Lo que puede llegar a ver nada más acceder al interior de la vivienda es lo que sospechaba. Sin dudarlo, golpea al hombre...»
En el poblado de Orcasitas las viviendas están pegadas y los muros no merecen ese nombre, si acaso el de tabiques, que dejan pasar el sonido sin problemas. Aunque Francisco G. no oye demasiado bien, fueron muchos disparos en la patrulla de tiro del Tercio Don Juan de Austria, sin cascos ni tapones, a ver quién era el guapo que se arriesga a las burlas de los compañeros, poniéndose protectores de oídos o algo de eso en la ruda Legión de antaño.
Si alzas algo la voz, ese veterano legionario te puede entender, especialmente si hace pantalla con las manos detrás de sus orejas para recoger el sonido; también es su forma de mostrar interés por la conversación y no lo siente siempre. Paco nos permite llamarle así, anda intrigado por unos gritos de mujer, de moza joven, que oye en ocasiones, cuando cae la tarde y algunas otras veces. Son chillidos desgarradores que superan su sordera, que en algunos casos en Paco es testicular más que funcional; pero esos lamentos no puede dejar de escucharlos y le despiertan algo más que la curiosidad. Pregunta por el vecindario inquieto y no es que haya muchas respuestas, hasta que una vecina le indica discreta de dónde salen y cuál es posiblemente la causa. En la casa viven una chica lozana, ya desarrollada, pero cuya mente no ha crecido al ritmo parejo de su cuerpo de mujer. Paco la observa y ve en su rostro sus gestos pueriles que evidencian su lejanía mental con su edad física y también ve el miedo con el que mira al hombre que vive con ella, quizás su padre o su padrastro quiere pensar para justificar lo que no puede justificarse.
El caso es que un día ve al hombre abordar a la chica y arrastrarla al interior del domicilio, sus intenciones son evidentes, la manosea ansioso, tras ello escucha unos gritos que son casi una acusación plena. No puede obviarlo y sin pensarlo empuja la puerta y entra en la casa de donde proceden los alaridos. Lo que puede llegar a ver nada más acceder al interior de la vivienda es lo que sospechaba. Sin dudarlo, golpea al hombre y le obliga violento a abandonar su actividad lúbrica de forzar a la muchacha que huye mientras puede intentando poner un orden recatado en sus ropas ajadas. Paco, el viejo legionario, advierte a su vecino con truenos veraces en la voz: «Si oigo gritar de nuevo a tu hija discapacitada porque abusas de ella, te mato». Y pasan los días y a pesar de estar atento, los gritos no se repiten, la advertencia de Paco parece haber calado, pero el veterano legionario no baja la guardia, no hasta que llega el sábado por la noche. Paco oye desgañitarse desesperada a la muchacha, coge su cuchillo de la pared al paso sin detenerse y va a la casa vecina, tumba la frágil puerta acartonada y sin dudarlo mata al violador, que está con los pantalones bajados, de una cuchillada en el pecho. Paco le ha partido el corazón. Ya tranquilo hace salir a la chica y cubre el cadáver con una manta para que no tenga que ver la efusión de sangre y telefonea a la policía mientras recupera el resuello. Cuando llegan, los agentes les dice lo que ha hecho y les entrega el arma. Paco, el legionario, acaba preso en Alcalá Meco, pero ha cumplido su palabra y algunas leyes más de la caballería. En la cárcel lo saben y le respetan por ello.