Motocicleta Indian Scout clásica
Crónicas Castizas
El veneno fue el antídoto
«Espero que expulses a ese facha clamaba «Garbancito»: «Es lo mejor que le puede ocurrir a esta facultad. Fascistas como él sobran no solo en la Universidad, sino en el mundo. Hay que liquidarlos sin miramientos a todos, que no quede ni uno»
El petardeo de la moto de Paul era como las largas trompetas con banderolas carmesí de los heraldos medievales que anunciaba así su llegada a la facultad, envuelto en grueso cuero añoso sobre una vibrante moto Indian Scout: con brillantes y cromados, levantando algún suspiro contenido entre las alumnas y no tan alumnas. Paul era un chico malo, de ideas políticamente incorrectas que le hacían ir con los indios apaches en las películas de vaqueros o con los confederados del general Lee, y de la Segunda Guerra Mundial mejor no hablamos. Lucía un plante de balandrón, aunque sin estridencias.
Tenía entonces por novia a una chavala guapa que, al correr de los años, no tantos, acabaría siendo la más poderosa de la facultad. Pero entonces el decano era Luis y recibió con desagrado la denuncia, envuelta en cuas, que cuitas le parecía poco por diminutivo, de una profesora de Historia poco amiga de quejarse con quien Paul había llegado a la frontera de la arrogancia y la bravuconería. Luis lo juzgó intolerable y decidió fumigárselo sin más dilación para dar una lección y mandar un mensaje para que respetaran al escalón docente en general y a las damas en particular.
Y con ese pensamiento como idea fija convocó a Paul y subió con él las grises escaleras del decanato para entrevistarle en su despacho. Y he ahí, que al verles pasar, un profesor, Yubero, conocido popularmente como «garbancito» por sus hechuras lejanas a las figuras del toreo, miembro del sindicato socialista UGT (que el general Primo de Rivera protegió durante su breve dictadura, dándole poder y cargos al líder del PSOE, Largo Caballero, en detrimento de los anarquistas de la CNT, enfangados en el pistolerismo), no pudo ni quiso contenerse y Yubero le espetó al decano Luis a voz en grito en medio de las escaleras, con su reconocible acento gaditano: «Espero que expulses a ese facha. Es lo mejor que le puede ocurrir a la facultad. Fascistas como él sobran no solo en la Universidad, sino en el mundo. Hay que liquidarlos sin miramientos a todos, que no quede ni uno».
Y he aquí que las palabras saturadas de odio africano de Yubero tuvieron el efecto contrario al pretendido y resultaron ser un revulsivo en la mente del decano Luis, que pensó que si los vociferantes partidarios de la expulsión de Paul eran precisamente los más desleales, que habían sido antaño, antes de ser contratados, alumnos becados para travestirse en las beligerantes gargantas profundas de innumerables artículos agresivos que aparecían en los medios más hostiles con el centro educativo, y los más gandules de los profesores de la facultad que daban por terminado el curso mucho antes que el resto y pasaban todo el tiempo posible lejos de las aulas.
Quizás no fuese tan buena idea deshacerse de Paul, a quien a pesar del nuevo rumbo en sus pensamientos que había provocado en Luis el griterío de Yubero, en su despacho abroncó rudamente y sin miramientos el decano, uno crecía y el otro se encogía, había algo de legionario en la imagen, y Luis le hizo prometer solemnemente a Paul que se comportaría como un caballero, como era su obligación en toda ocasión con todas las mujeres ya fueran alumnas, profesoras de la Universidad, conserjes o militares sin graduación. Y le despidió de su despacho con un rotundo «no lo vuelvas a hacer» dejándole sorprendido y agradecido, pues también Paul rumiaba antes de ese encuentro que iba a ser su último día en la facultad y no entendió el cambio, pero hizo honor a su palabra porque había visto la bala pasarle muy cerca sin saber que las hirientes palabras de Yubero pidiendo su cabeza le habían salvado, el veneno fue el antídoto.
Y Paul consiguió su título de periodista, tras muchas peripecias, y llegó a creador de contenido para publicaciones en internet haciendo artículos larguísimos con titulares falsamente atractivos y superávit innecesario de palabras antes de llegar a la cuestión de marras para acabar con la paciencia de los lectores. Pero esa es ya otra historia.