Los 'grises', antiguos Policías armados
Crónicas castizas
Cuando estuvimos presos en Huesca
A la mañana siguiente nos despertaron porque había llegado el comisario, un hombre mayor, bien vestido, de buenos modales y voz acostumbrada a mandar, que se mostró curioso con nosotros, especialmente sobre cómo metíamos carteles subversivos entre los cristales de las cabinas telefónicas
Vamos de gira de propaganda por el noreste de España, tiempos de Transición, dos militantes de la eximia escuadra azul de Medicina y dos chavales de Enseñanzas Medias. Al domicilio del más joven, Félix alias «El insignia» tuvo que ir Raúl a manifestar su responsabilidad ante sus padres. En mi caso por desgracia no hizo falta, no había una madre inquieta.
Llegamos al pirineo aragonés, acampando aquí y allá y uniéndonos a los fuegos de campamento de unos y otros. Un francés quedó traumatizado al escuchar la cháchara de Insignia: «Creía que hablaba español, mi madre lo es, pero no entiendo nada de lo que dice ese amigo vuestro». Félix había soltado alguna de las madrileñadas en argot incomprensible que le salían solas sin pensarlo: «endíñale pañí de la chachi al tigre para que se pirule la fulañí». Tranquilizamos al hombre fingiendo que nosotros tampoco le entendíamos, tal era su apuro. Precisamente en torno a una de esas hogueras compartidas por los diversos acampados, se acercó un grupo de gabachos con una tela de colores y pretendió echarla al fuego. Era una bandera española, nosotros nos pusimos tensos aún en minoría, presta para saltar, pero no hizo falta. Los vascos de la fogata les quitaron la enseña y les dieron unos didácticos pescozones: «Franchutes, la bandera de España es nuestra, solo la quemamos nosotros, es nuestra, no para los guiris». Y doblaron la enseña con cuidado y respeto digno de un legionario para tranquilidad nuestra y el asombro de los franceses. No abundan hoy los vascos así.
Para los estudiantes de Enseñanza Media es recomendable viajar con dos universitarios de Medicina que además de cultas conversaciones, que no es baladí, nos solventaron con cordialidad y afecto todas las afecciones que pillamos comiendo mal, durmiendo regular y bebiendo peor. Y si uno de los futuros galenos además es campeón de pelota vasca, espanta muchos hostiles con sus manos curtidas.
El viaje siguió por tierras de Petón. Cuando entramos en la ciudad de Huesca, nuestro afán militante nos hizo multiplicar las pegadas de carteles y las pintadas con los enormes rotuladores metálicos y algún spray, diligentes como todos los activistas de grupos pequeños y el nuestro lo era.
Cuando caía la tarde, Félix se puso a hacer una pintada en una puerta. Pensamos en su osadía y arrojo al elegir la entrada de una comisaría para fijar un grito reivindicativo. La puerta se abrió, salió una mano al extremo de una manga uniformada y le enganchó introduciéndole con rotundidad dentro de la central de policía.
El resto del grupo se desbarató y dando la vuelta al edificio encontramos un parque donde empezamos a preguntarnos «¿qué hacer?». No nos llevó mucho porque en esas aparecieron unos policías que nos indicaron por señas que les acompañáramos mostrándonos persuasivos sus armas. Raúl pudo huir y Carolo y yo fuimos detenidos. Una vez dentro del cuartelillo nos separaron y nos hicieron declarar en un cuarto mientras los otros esperaban en el pasillo. Declaré el primero y a voz en grito para que mis camaradas lo oyeran y encajaran sus declaraciones con la mía. El inspector de la Brigada Político-Social se dio cuenta de lo que hacía, no hacía falta ser Schopenhauer, y soltó la mano con alegría y fue igualmente generoso con Félix y Carolo. Al término del interrogatorio y meternos en las celdas, las mirillas de los calabozos se abrieron. Los agentes de la comisaría nos miraban con curiosidad. El inspector ya no estaba. Les pregunté por qué nos observaban así y nos dijeron que nunca habían tenido falangistas presos. Les invité a que nos uniéramos todos en una celda para explicárselo y allí di un mitin sereno a la plantilla de la comisaría explicando los postulados de La Auténtica Falange. Fue la única verdad que dijimos mientras estábamos allí presos los tres.
A la mañana siguiente nos despertaron porque había llegado el comisario, un hombre mayor, bien vestido, de buenos modales y voz acostumbrada a mandar, que se mostró fisgón con nosotros, especialmente sobre cómo metíamos los carteles entre los cristales de las cabinas telefónicas. Le hice una demostración en la calle para lo cual solo le pedí una moneda, no hacía falta más herramientas. Quiso una explicación sobre el cartel que habíamos puesto en la cabina: «Ni reyes ni banqueros, Falange con los obreros». Ante la exigencia de una aclaración para el texto, hice malabarismos verbales que despertaron su hilaridad.
Nos preguntó por alguna magulladura y luego oímos cómo voceaba al inspector, lejos de nuestra vista, una bronca digna de un alférez provisional, cuya insignia llevaba en la solapa el susodicho comisario. Nos sacó sin más escolta que él mismo a desayunar a la calle y de allí con una dotación en un vehículo policial al juzgado. Le enseñó al juez, con quien era evidente que compartía amistad, mi peregrina declaración para explicar el texto del cartel y se rieron a gusto. Lo último que nos dijeron antes de firmar la declaración fue: «ya os convocará el Tribunal de Orden Público más adelante, si existe para entonces» y se rieron a carcajadas de nuevo, despidiéndonos y hasta la fecha. Aunque los informes ahí siguieron y brotaron en otras ocasiones muy tardías de forma inesperada.