Los grises

Una imagen de agentes del Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico, conocidos como los grisesEFE

Crónicas castizas

Jóvenes azules, policías grises y grilletes de acero

Eran jóvenes, osados, valientes e idealistas

Borrachos de ideas, cogiendo la afición por lo difícil, que te viene cuando amas lo que no te gusta, en una comunidad de destino que acaso solo existe en tu mente. Con un spray de pintura roja en la mano simplificas esas ideas en un lema que con pulso nervioso trazas en una de las paredes de tu ciudad, junto a la iglesia de San Miguel.

El amigo que vigila desde la acera de enfrente ha desaparecido tras un silbido inaudible que él jurará después que sí hizo, y su imagen nocturna ha sido relevada por la silueta de un coche de policía con el inconfundible sonido de los ruidosos motores Perkins de los Land Rover de los grises. La plaza es amplia, la huida es posible, y el primer impulso, como cualquier animal acorralado, es intentar recurrir a las piernas, pero he ahí que el novato de ojos azules inocentes e ilusionados que te acompaña, Félix, le dice al veterano: «no puedo correr, me he torcido el tobillo».

El viejo ni lo duda, no queda más remedio que esperar a que lleguen los grises, que les llevan al vehículo cogiéndoles por el brazo, y en ese momento pasa un hombre corriendo. Entonces no era habitual y sin pensarlo el viejo grita: «Jefe, jefe, no huyas, no nos dejes aquí». A los policías les falta tiempo para echarle el guante y meterle con los otros dos en el Land Rover, sin hacer caso de sus protestas de inocencia: «yo a estos tíos no los conozco de nada», afirma categórico ante los policías. «Jefe, jefe, no nos niegues», le dicen ahora al moderno San Pedro sin gallo.

Los otros dos cubriendo la huida de Manuel en la acera de enfrente de la calle General Ricardos, mientras la silueta del vigilante que dice que silbó se pierde tras la casa de socorro. Amontonados en el Land Rover de la policía van los tres detenidos sin saber qué hacer. Ellos no lo saben pero los grises sí, camino de la comisaría del Rastro los policías confusos, casi sin querer cogen los dedos del viejo y se los retuercen sin preguntar nada, simplemente lo dejan ahí sin continuar, no hace falta, el miedo ya se ha instalado en el interior del vehículo.

Los meten dentro de la comisaría, quizás el terror les hace ver en la oscuridad una sospechosa bañera sucia, de la que han oído mil historias terroríficas susurradas en el local del partido para espanto de niños y de militantes. Y en la pared, el retrato del joven visionario en una compañía absurda. Es el mismo joven mártir que les ha llenado la cabeza de ideas, pero los grises sí tienen clara la jerarquía y les llevan a tomar decisiones: plantan ante el comisario a los dos agitadores de alma azul y el pobre deportista que comparte ahora su destino con los otros presos.

Esa fue la primera vez que me detendrían con Félix y la segunda también sería por su culpa, pero mucho más lejos, en Huesca, mucho más tarde, aunque por las mismas ideas, por la búsqueda del pan, de la justicia, para poder tener patria. Tras varias trapisondas más algo cenizas con Félix se ganó la fama de gafe. Hacer algo con él era casi asegurar la detención. Entonces le llamábamos el «insignia» porque llevaba una con la cara de José Antonio de gran tamaño desde que le convencimos para la causa en el Instituto Calderón de la Barca cerca de la Plaza Elíptica.

Manuel, el hombre que no sabía silbar, también acabó preso. Recibió la orden de tirar unos panfletos en el bar de la facultad de Historia. Entró por una puerta y salió por la otra, pero entre dos guardias, cogido por los brazos. Cuando le liberaron merced a los buenos oficios del padre Oltra, amigo de la familia y con calle propia en Carabanchel, le preguntamos que cómo había sido la detención, que si no había visto a los policías cuando tiró los panfletos, y nos contestó con la total tranquilidad tan habitual en él, encendiendo un cigarrillo Ducados, que nadie le había dicho que no tirase los panfletos si había grises dentro del bar. Manuel era muy suyo, de Carcagente.

Eran jóvenes, osados, valientes e idealistas.

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