La mezquita del Imam en Isfahan

Crónicas castizas

Esto es cosa de los ingleses

En una de esas tiendas, al interesarme por piezas de cuchillería antigua, me ofrecieron una daga de forma insistente que tenía marcado en su mango una cifra: 666. Yo no sé a ustedes, pero al que suscribe se le erizó el vello al ver el número maldito ante la mirada sobrecogida de mi amigo Emilio y nos faltó tiempo para abandonar la tienda

Hace muchos años, más de los que yo quisiera, tuve oportunidad de visitar Irán. No era un país tranquilo; no hacía mucho había sido agredido por su vecino Iraq, donde gobernaba entonces el presidente Saddam Hussein al frente del partido Baaz del renacimiento árabe, de carácter laico, todo lo laico que se podía ser en un país musulmán, y socialista. Bagdad tenía apetencias territoriales y avaricia económica además de ínfulas hegemónicas de las que no están libres tampoco otras naciones de la zona. Al cabo de años y de muchas vicisitudes, el presidente Hussein fue ahorcado tras la invasión de su país por sus compañeros de viaje de antaño que buscaron vanamente armas de destrucción masiva.

Una de las ciudades que más me gustó en la milenaria Persia fue Isfahan, donde dicen que «Isfahan es la mitad del mundo». La tercera ciudad del país, hidratada por el río Zayandeh, adornada con mezquitas azules de rara belleza, algunas patrimonio de la humanidad, tenía una de las plazas más grandes del mundo, sólo superada, cuentan los más viejos del lugar, por la plaza de Tiananmén en Pekín. Y estaba festonada de pequeñas tiendas de artesanos, muchas de ellas regentadas por judíos persas, lo que se adivinaba al entrar en ellas y ver una menorá, el peculiar candelabro de siete brazos que dice el Éxodo que diseñó Moisés o la estrella de David finamente cincelada en un plato de metal.

En una de esas tiendas, al interesarme por piezas de cuchillería antigua, me ofrecieron un puñal de forma insistente que tenía marcado en su mango una cifra: 666. Yo no sé a ustedes, pero al que suscribe se le erizó el vello al ver el número maldito ante la mirada sobrecogida de mi amigo Emilio, y nos faltó tiempo para abandonar la tienda a pesar de las protestas del propietario, que seguía insistiendo en la venta que nunca se produjo mientras farfullaba unos equívocos requisitos a los que no atendimos.

En esa vieja ciudad persa existían dos fenómenos mágicos. Uno era un doble minarete de torres paralelas que cuando empujabas una con las manos se movía también la otra. Además existía un enorme depósito de agua capaz de calentarse simplemente con la simple llama de una vela en un punto determinado de la parte baja del mismo.

Cuando los británicos llegaron allí, en sus afanes colonialistas irredentos de los que nunca se han librado: Gibraltar y Malvinas como muestras, encontraron ambos prodigios y como seres racionales que se consideran ellos mismos quisieron investigar esos fenómenos. Cavaron entre los dos minaretes para intentar encontrar una inexistente unión que explicara el movimiento paralelo, no hallaron ese enlace físico, ya fuera la tierra prensada entre ambos sobre la que se erguían o cualquier otra cosa. Tras las excavaciones anglosajonas no volvió a funcionar nunca. Algo similar ocurrió con el depósito mencionado que desmontaron para analizarlo con cuidado y, a pesar de restituirlo a donde estaba, jamás volvió a calentarse todo el agua que contenía con la aplicación de la simple llama de un cirio.

Esas cosas y otras menos bizarras han hecho que los viejos persas cuando algo no funciona o sale mal: no sube el ascensor o se produce un accidente, cualquier hecho indeseado, ya sea real o imaginario, los expliquen con la expresión: «Esto es cosa de los ingleses» acompañado de un gesto de reconvención. Hombres sabios.