Pantanos meridionales de Iraq

Pantanos meridionales de IraqGM

Crónicas castizas

Cuando requisaban máquinas de escribir y tableros de ajedrez en las aduanas

Es posible que el piloto estuviera algo nervioso, pues había salido a recibirnos cerca de la capital iraquí un avión de combate F14 Tomcat con librea iraní que le obligó a huir a Jordania. En aquel entonces ambos países vecinos, árabe y persa, estaban en guerra

Cuando has viajado un poco por aquello que decía Unamuno a los carcas del PNV: «el nacionalismo se cura viajando», acumulas historias sobre fronteras y aduanas y algún aeropuerto. Lugares donde ocurren más cosas que en la casa de la Preysler.

Volviendo de Nepal a la India quisieron cobrarnos por los artículos que llevábamos, comprados en India antes de volar a Katmandú. Siguiendo las engoladas tradiciones de la arrogante administración inglesa previa, los indios no cedían ante mis explicaciones de que esas cosas eran de su país, adquiridas antes de ir al Himalaya, que era evidente, pero se aferraban a la codicia y pretendían impulsar una emigración de las rupias de mi cartera a sus bolsillos. Así que pensando en Gandhi recurrí a la resistencia pasiva y me negué a moverme de donde estaba con lo que se montó una larga cola con las consiguientes protestas de los viajeros detenidos, en la inhóspita aduana, cuyas voces desbordadas obraron en mi favor y los obcecados agentes cedieron y me dejaron pasar sin que recaudaran. Menos mal que las miradas no matan.

En otra ocasión, hace años, al llegar al aeropuerto de Bagdad, el avión de las líneas aéreas iraquíes vertió su carga de equipajes sobre la misma pista donde había aterrizado, un suelo recalentado y duro que puso a prueba la calidad de los equipajes. Es posible que el piloto estuviera algo nervioso, pues había salido a recibirnos cerca de la capital iraquí un avión de combate F14 Tomcat con librea iraní que le obligó a huir a Jordania. En aquel entonces ambos países vecinos, árabe y persa, estaban en guerra, una que duraría ocho años. El incidente hizo que el piloto árabe nos ordenara cerrar las ventanillas para oscurecer el aparato, lo que hicimos, no antes de echar un vistazo y ver el caza persa volar a nuestra vera –ignoramos con qué intenciones, pero no fue derribarnos porque no estaríamos aquí–. Pensé que la cosa era grave cuando en el asiento contiguo al mío se sentó una bella azafata menuda y morena y se puso el cinturón de seguridad con evidentes muestras de nerviosismo que derivaban en miedo cerval ante las maniobras del piloto civil árabe por alejarse del caza.

El caso es que ya en tierra estábamos los pasajeros en medio de la pista con nuestras maletas escalabradas contra el suelo, las cogimos y nos encaminamos hacia la terminal del aeropuerto andando sobre el cálido suelo para llegar a los mostradores de aduanas, donde unos policías bigotudos iraquíes registraban inmisericordes las valijas, bajo la atenta mirada de abundantes retratos de Sadam Huseín con su gran mostacho, antes de pintar con tiza un signo en ellas y permitir su paso. Observé un truco útil para acelerar los trámites de un avispado viajero. En una de las bolsas que precedían la mía, los aduaneros encontraron sin estorbo, estaban encima de toda la ropa, revistas subidas de tono de señoritas deficitarias en ropa, las requisaron y salieron a toda velocidad que les permitían las chanclas, hacia un cuartito posterior, donde se encerraron y no volvimos a saber de ellos. Estancados sin saber qué hacer, cogí la iniciativa y la tiza y pinté con discreción sobre mi maleta el signo que les había visto hacer en las demás. Y así entré por primera vez en la capital iraquí.

También en el aeropuerto de Argel pasaba algo chocante. Si al abrirte el equipaje encontraban alcohol, te requisaban una botella, pues si intentaban hacerlo con todas las que aparecían les advertían los viajeros, sin amilanarse, que el próximo viaje no llevarían ninguna y habrían matado a la gallina de las botellas de Johnny Walker, ante lo que aceptaban sabiamente a un reparto equitativo al 50 % en favor de un futuro próximo igual de venturoso.

Sin embargo, en el aeropuerto Mehrabad de Teherán la obsesión incautadora se centraba en las máquinas de escribir portátiles –los ordenadores no estaban aún generalizados– y en los juegos de ajedrez. Este estuvo prohibido por el ayatolá Jomeini una temporada larga en tierras iraníes, la única explicación sensata que encontré fue que se apostaba mucho en las partidas y el vicio y la codicia llevaron a su ilegalización durante un tiempo, pues perdían fortunas y hogares.

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