Militares españoles de Sanidad ante el hospital en el delta del Mekong.
Crónicas castizas
Del desierto a la jungla
Su agitada vida motivó que le llevaran finalmente a una radio conocida, en cierta ocasión, a narrar su experiencia bélica en Sahara y Vietnam y fue otro bochinche porque relató, sin tapujos, ni valorar la oportunidad del momento las relaciones de algunos militares occidentales allí destacados con las prostitutas locales, algunas de ellas algo cortas de edad para la ley y la decencia
En una residencia madrileña por Guadarrama, entre ancianos y enfermos variados, hay un veterano español vivo de la guerra de Vietnam, donde estuvo en misión secreta como suboficial sanitario tres años y medio junto con otros españoles, soldados de la salud. Marchó como su comandante en jefe el médico gallego Argimiro García Granados, antes voluntario como alférez médico en la División Azul en el brutal frente ruso y de la guerra civil española donde adquirió gran experiencia en cirugía de urgencia y medicina de guerra.
Escudo de la misión española en Vietnam
Ellos fueron algunos de los militares que Franco mandó al sudeste asiático a petición del presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, al que el caudillo advierte en una misiva que «Ho Chi Minh es un patriota» (…) «podría sin duda ser el hombre de esta hora, el que el Vietnam necesita», añade el Generalísimo. Pásmense de esa carta que sí existe y es Historia.
Los médicos y sanitarios que España envió al ser requerida desempeñaron su tarea entre 1966 y 1971 en el delta del Mekong. Entre ellos estuvo el hombre de nuestra crónica, Ramón, a quien llamaban Terán, es un militar, hijo de un comandante asesinado en Paracuellos. Allí, en el delta, Ramón, entre otras muchas cosas, donó su sangre, mucha, para salvar vidas ajenas, no dice el bando ni si era combatiente o civil, dejando en la población local grato recuerdo de España. Fue reclutado cuando era un suboficial en la Brigada Paracaidista tras cinco años de permanencia en el Sahara occidental, entonces provincia española, en el África lejana, cambiando el árido desierto por la húmeda jungla, y el paracaídas por la camilla y el quirófano. El primer contingente lo formaron una docena de médicos y militares sanitarios, conocidos más tarde como los «Doce de la Fama». En total, cerca de medio centenar de soldados españoles de esa especialidad se rotaron durante cinco años y Terán, así conocido, fue quien más tiempo permaneció.
Nuestro hombre supo más tarde que su familia ocultaba sus cartas a su madre hasta cambiarlas el sobre para que la buena mujer pensara que tenía destino en Canarias y no en el sudeste asiático, hasta que se descubrió el pastel con gran disgusto de la señora porque supo sin lugar a dudas que su hijo estaba en una guerra cruel y porque la habían engañado como una pequinesa, con la complicidad activa de sus otros retoños.
A partir de esas dos experiencias bélicas en Vietnam y en el Sahara occidental, otros militares no se le querían arrimar a Terán en las formaciones por su pechera ahíta de condecoraciones, las comparaciones son odiosas y más con los medalleros militares con los que hoy se alicatan algunos émulos de los oficiales de Corea del Norte que parecen llevar combatiendo desde Las Navas de Tolosa o antes sin descanso.
Tras su periplo bélico, Dios sabrá por qué, ingresó nuestro hombre en la Cartuja, buscando la paz, que en realidad está en Bolivia, pero duró poco en el monasterio dado que le pusieron de patitas en la calle. Entonces se malcasó, era la vez primera, engatusando a un fraile dominico que los unió en una ermita en medio del campo. La esposa, primorosa, resultó un pendón trampa que se desmelenó en Canarias, cuentan las crónicas. Aquello del matrimonio tampoco funcionó, aunque al final de los días de ella enferma de cáncer, él se volcó en su cuidado, a pesar de haberse vuelto a casar esta vez con éxito.
Luego a Terán le dio por el yoga, que practicaba en una terraza de la calle Velázquez hasta que las monjas del colegio femenino de enfrente le denunciaron porque salía a hacer sus ejercicios desnudo, en pelotas, con más despiste que exhibicionismo por su parte, y fue descubierto cuando las hermanas se extrañaron de la concentración de alumnas revueltas e incomodadas en ciertas ventanas de la escuela a horas determinadas.
Su agitada vida, digna de la pluma de Pío Baroja, motivó que le llevaran finalmente a una radio conocida en cierta ocasión a narrar su experiencia bélica en Vietnam y fue un escándalo porque contó sin tapujos ni esperar el momento oportuno, si tal cosa existe, las relaciones de algunos militares occidentales allí destacados con las prostitutas locales, algunas de ellas algo cortas de edad para la ley y la decencia provocando la algazara correspondiente en el medio de comunicación sonoro.