Martínez de Velasco rodeado de sus hombres, armados con fusiles FAL.
Crónicas castizas Mercenarios españoles en el Congo belga
Tiempo después conozco en la Universidad a una nieta de Martínez de Velasco que me pregunta cómo murió su abuelo, y suavizo la historia todo lo posible: «Le fusilaron». La chica me contará poco después que sus tres parientes vivas se han tirado toda la noche llorando al saberlo. Ignoro qué hubieran hecho si conocieran la brutal verdad. No será por mi boca.
Cena en la Hermandad de la Legión de Madrid. Somos tres periodistas: Gonzalo, Vicente y yo, y cinco hombres curtidos, muy lejos de la imagen de Rambo, casi todos paracaidistas del batallón de Zapadores del Ejército del Aire o legionarios CLP de la Brigada, que se presentan con naturalidad y sin jactancia como mercenarios españoles en el Congo belga. El veterano Vicente Talón, testigo de aquello, garantiza que cuanto narran es verdad asintiendo con la cabeza y añadiendo color a sus narrativas.
Los simbas, los partidarios congoleños del expresidente asesinado Patrice Lumumba, morían portando amuletos ineficaces que pensaban que los hacían invulnerables y llevaban anticuados e imprecisos fusiles de avancarga cuyas balas de plomo destrozan. Aún no habían llegado a África los AK 47 que inventó el sargento armero Kalasnikov, copiando y simplificado un fusil de asalto alemán. Los mercenarios iban armados con fusiles ametralladores FAL de fabricación belga y algunos ocultaban en sus bolsillos una estampa con un detente bala. Los insurrectos contra Moisés Tshombé no eran los únicos que amenazaban sus vidas, también había tropas gubernamentales al albur de los caprichos del cambiante gobierno y de los separatistas de Katanga: siempre brota la codicia pertrechada de la secesión.
Ellos, los hispanos, formaban en el segundo Choc del sexto comando a las órdenes del mayor Martínez de Velasco, una unidad de voluntarios españoles, con su pizca de hispanoamericanos y filipinos, reclutados por el agregado militar del Congo en España, dicen que con el respaldo del general José Díaz de Villegas. Con ellos el capitán Redondo, médico valenciano, y el ayudante, grado equivalente al español de brigada, Alberto de Satrústegui, un donostiarra. Su salud espiritual está a cargo del teniente-capellán Casanueva, un agustino madrileño. También recuerdan al voluntario Orte, un mallorquín especializado en comunicaciones radiofónicas.
Martínez de Velasco es asturiano. Morirá asesinado de forma atroz por orden de su patrón, Mobutu Sese Seko en el verano de 1966, antes de que el avaricioso dictador de la tribu Ngbandi cambiara el nombre al país, de Congo a Zaire, de forma anticipada a su viaje para irse a morir en Marruecos.
Gonzalo no cabe en sí y del encuentro sacará una entrevista luminosa con Lino, ahíto de aventuras, lleno de metralla y de historias que desgrana con acento cheli.
Nos hablan del Alto Uele. Allí tuvo su sede el «2º Choc» del «VI Comando» a quien se le ha confiado la doble misión de eliminar los restos de la insurgencia «simba» y formar como soldados a hombres jóvenes con los que regenerar las filas del corrupto e ineficaz Ejército Nacional Congoleño.
Quedan en suspenso anécdotas e historias cuando sus voces se alzan y cantan esos veteranos desafinados, en el mesón legionario de la calle de San Nicolás, canciones en lengua lingala con música militar española o del Frente de Juventudes.
Nos cuentan la rebelión de los katangueños que habían ganado con su combatividad y su sangre a los «simbas», tropas inquietas y humilladas porque el gobierno no les pagaba.
Fue entonces cuando muere asesinado en Stanleyville, dos disparos por la espalda, el coronel belga Wauthier. Todo se desmorona. Su muerte fue ordenada por el general Mobutu, el presidente golpista del Congo. Los mercenarios pierden la confianza y comienzan a salir del país saqueándolo todo a su paso. Alguno menos avaricioso se trajo en lugar del oro universal o los billetes de escaso valor fuera de lo local, algunas pocas antigüedades del museo nacional.
Siguen las historias mientras en el mesón de la Hermandad del Tercio de Madrid nos sirven una cena barata, mucho, y legionaria, mucho más, regada con vino peleón del que Vicente se abstiene.
Pierden los narradores el orden cronológico, los tiroteos se cuentan antes que las peripecias del reclutamiento a manos de un coronel congoleño. Han sido aventureros personales, los últimos mercenarios autónomos antes de que se extendieran los soldados corporativos de Wagner o Blackwater.
Tiempo después conozco en la Universidad CEU San Pablo a una nieta de Martínez de Velasco, en la redacción de El Rotativo, que me pregunta cómo murió su abuelo, lo que sé tras esa noche en la Hermandad legionaria, y suavizo la historia todo lo posible y algo más: «Le fusilaron». La chica me contará poco después que sus tres parientes vivas se han tirado toda la noche llorando al saberlo años después. Ignoro qué hubieran hecho si conocieran la brutal verdad. No será por mi boca.