Tertulia de tiradores en el club deportivoPilot IA

Crónicas castizas

Los hombres, las armas y los tiempos perdidos

Al final, los hombres pasan, las armas se oxidan y los reglamentos cambian. Lo único que permanece es el recuerdo de aquellas sobremesas en las que, sin saberlo, éramos mucho más jóvenes y bastante más felices de lo que llegamos a imaginar

Hay amistades que nacen en los lugares más improbables. La nuestra empezó en un club de tiro, entre pólvora, sobremesas interminables y ese tipo de conversaciones que hoy parecen pertenecer a otro siglo. Allí conocí a un hispanoamericano de dimensiones bíblicas que había cambiado la violencia cotidiana de su tierra por la tranquila rutina española.

Contaba que un día se cansó. No fue una decisión fruto de una reflexión filosófica ni de una repentina vocación viajera. Se cansó, simplemente. Se hartó de esperar a sus hijos a la puerta del colegio sentado dentro de un coche blindado, con una pistola automática apoyada en el asiento contiguo. Aquello no formaba parte de ninguna extravagancia. Era una necesidad. Un seguro de vida para que los niños durmieran en su casa y no en la de unos secuestradores.

Cuando comprendió que ya tenía suficiente dinero para elegir, Saldarriaga eligió marcharse.

Envió a sus hijos a estudiar lejos. Él se instaló en España; a la niña, en Estados Unidos. Cambiaron la incertidumbre por la tranquilidad, aunque pagaron el inevitable tributo de la nostalgia. Ganó seguridad, pero perdió la proximidad diaria de la patria. Nosotros, por nuestra parte, ganamos un amigo sabio, generoso y dotado de un sentido del humor que le permitía contar tragedias sin perder la sonrisa.

Era un hombre grande en todos los sentidos. Tenía unas manos como palas. En ellas, un revólver del .44 Magnum parecía uno de esos modestos calibres del .22 que en algunos lugares aún se llevan escondidos en la hebilla del cinturón. Lo más llamativo no era su tamaño, sino la naturalidad con la que manejaba aquellas herramientas que para él formaban parte de la experiencia cotidiana y para nosotros eran poco más que una afición dominical.

Pronto se integró en las tertulias que seguían a las abundantes comidas de Tinuca. Quienes frecuentábamos aquellas reuniones sabemos que la verdadera actividad del club no empezaba en las galerías de tiro, sino alrededor de una mesa. La pólvora servía de pretexto; la conversación era el verdadero objetivo.

Recuerdo incluso la satisfacción de haberle ganado una vez un órdago a la grande al cuñado de Tinuca con cinco reyes. Aún hoy sospecho que aquella hazaña fullera me proporcionó más prestigio durante algunos días que cualquier agrupación cerrada sobre una diana.

Las sobremesas reunían a personajes irrepetibles.

Estaba Ortega, por ejemplo. Le apasionaban las armas, aunque no necesariamente el tiro. Era un enamorado del acero pavonado, de la mecánica fina y del diseño elegante. Disfrutaba limpiando y admirando sus pistolas en casa casi más de lo que disfrutaba utilizándolas en el campo de tiro. Los blancos le interesaban menos que la estética.

Su entretenimiento favorito consistía en contemplar las películas del oeste o de policías y ladrones mientras apuntaba desde el sofá a los villanos que aparecían en la pantalla.

La afición terminó el día en que se le escapó un disparo.

El proyectil atravesó sin contemplaciones el televisor Grundig, continuó su trayectoria por la pared y fue a terminar quién sabe dónde, dentro de la propiedad del vecino. Aquello dio lugar a una cadena de explicaciones, disculpas y justificaciones que todavía hoy provocan carcajadas cuando alguien lo recuerda.

También estaban las confusiones memorables.

Una de las más divertidas ocurrió cuando regresábamos de Alemania tras haber visto los restos de aquel mundo que desaparecía con la caída del Muro de Berlín. Nos presentamos en la Federación cargados con recuerdos de la época: chaquetones soviéticos y prendas de la antigua República Democrática Alemana.

Mientras atravesábamos las instalaciones, observé con estupor que Franco salía a nuestro encuentro visiblemente molesto. Nos increpó con energía y nos afeó aquella extravagante indumentaria. Durante unos segundos creí asistir a un fenómeno sobrenatural o a una inesperada restauración histórica. Luego comprendí el equívoco. No era Franco. Era Juanjo Albasolo.

Lo llamaban Franquito debido a un parecido extraordinario con el general. El parecido era tan notable que quienes lo conocían desde hacía años continuaban sorprendiéndose de vez en cuando.

Las conversaciones terminaban derivando inevitablemente hacia la legislación sobre armas. Los guardias civiles, sostenían algunos con una mezcla de resignación y humor, preferían que los demás tuviéramos cuantas menos armas mejor. Los reglamentos se endurecían periódicamente y no faltaba quien aseguraba que caminábamos hacia normas más próximas a las japonesas que a las francesas. Cada cual tenía una teoría.

Como ocurre siempre en España, todo el mundo era experto.

Lo comprobé cuando mi flamante Colt Gold Cup del .45 sufrió una interrupción. La pistola, hasta entonces ejemplar, decidió rebelarse. Inmediatamente se constituyó una asamblea espontánea de especialistas. Uno culpó al muelle recuperador. Otro diagnosticó un desgaste invisible. Un tercero elaboró una explicación tan sofisticada que parecía una ponencia de ingeniería balística. Todos hablaban. Nadie solucionaba nada.

Entonces intervino Saldarriaga, nuestro amigo hispanoamericano.

Lo hizo con esa humildad característica de quienes saben más de lo que aparentan. «Seguro que tienen razón», dijo. Y añadió: «Pero yo creo que, si la limpiamos bien, volverá a funcionar». Mientras hablaba desmontaba la pistola con una naturalidad magistral. Revisó cada pieza, eliminó residuos, lubricó donde correspondía y volvió a ensamblarla. La prueba fue concluyente. La pistola regresó a la vida. Desde entonces a un arma sucia la decíamos: «Tiene el síndrome Saldarriaga».

Aquella Gold Cup volvió a agrupar como estaba destinada a hacerlo, colocando dieces con esa precisión elegante que distingue a las armas bien ajustadas.

Nos reímos mucho en aquellos años.

Mucho más de lo que tal vez supimos valorar entonces.

Porque el tiempo, que todo lo cambia, también cambió aquello. Algunas sillas quedaron vacías. Algunos de los mejores compañeros fueron desapareciendo. La Parca, discreta y puntual, fue llevándose a varios de quienes parecían destinados a permanecer para siempre en aquellas sobremesas. Y, sin embargo, cuando recuerdo aquellos fines de semana, no veo las armas, ni las dianas, ni siquiera las competiciones. Veo a los amigos.

Veo a aquel gigante hispanoamericano que había cruzado un océano buscando tranquilidad para los suyos.

Veo las discusiones interminables, los relatos exagerados, las risas después del café con el tintineo de los hielos.

Y comprendo que lo mejor de aquellos años nunca estuvo en las pistolas ni en los calibres. Estuvo en la compañía. En la amistad. En ese patrimonio invisible que únicamente adquiere valor cuando el tiempo empieza a arrebatárnoslo.

Porque, al final, los hombres pasan, las armas se oxidan y los reglamentos cambian. Lo único que permanece es el recuerdo de aquellas sobremesas en las que, sin saberlo, éramos mucho más jóvenes y bastante más felices de lo que llegamos a imaginar.