Guardia civil en el Congreso
Crónicas castizas
El hombre de la foto
Han pasado más de cuarenta años para descubrir que aquella noche estuvimos más cerca de lo que creíamos. Nosotros, expulsados de la Historia por la puerta de atrás. Juan, en cambio, había conseguido quedarse dentro. Literalmente
Hay sorpresas que llegan tarde. Tan tarde que, cuando por fin aparecen, ya tienen ese aire de confidencia añeja como que en Madrid se sirve mejor el vermú de grifo. Y, sin embargo, cuando aparecen, dejan a los presentes con la misma cara que si acabaran de ver salir a Daoíz y Velarde por una esquina de Malasaña.
La cosa ocurrió durante una visita a la exposición que, siendo decano, había organizado el Dr. Togores sobre aquel 23 de febrero de 1981 que sigue ocupando un rincón preferente en la memoria nacional. Íbamos recorriendo los paneles, deteniéndonos aquí y allá ante fotografías sobradamente conocidas, imágenes convertidas ya en estampas de una época, cuando nuestro amigo Juan, que caminaba unos pasos por delante, se quedó de pronto inmóvil.
No parecía nada extraordinario. Uno se detiene ante una fotografía y sigue adelante. Pero Juan no siguió adelante.
Alzó la mano, señaló una de las imágenes y, con la misma tranquilidad con la que otro habría dicho «ése era mi coche» o «ahí estudié yo», pronunció unas palabras que nos dejaron clavados al suelo:
–Ese soy yo.
Nos acercamos.
Y allí estaba. En la fotografía aparecía un guardia civil dentro del Congreso de los Diputados, con un subfusil Star Z 70 de nueve milímetros en las manos, durante aquellas horas en las que media España permanecía pegada a la radio y la otra media clavada al teléfono esperando noticias.
Miramos la foto.
Miramos a Juan. Volvimos a mirar la foto. Y regresamos otra vez a Juan.
La semejanza era tan evidente que no admitía discusión posible.
Pero nuestro compinche, quizá consciente de que el estupor inicial todavía no había alcanzado su techo, decidió rematar la faena.
–Los tiros al techo de las Cortes los pegué yo.
Aquello ya fue demasiado.
La sorpresa alcanzó proporciones catedralicias. Entre los presentes se encontraba la novia de un realizador conmilitón nuestro, mujer sensata y moderna, que pasó en unos segundos del desconcierto a la perplejidad absoluta. Miró a su pareja como quien descubre una rama desconocida del árbol genealógico familiar y preguntó:
–Pero tú, ¿ qué clase de colegas tienes? ¿Y qué hacíais antes de conocernos tú y yo?
Nadie tuvo respuesta inmediata para semejante cuestión. Creo que la sigue esperando.
Nosotros, que llevábamos años compartiendo lances, correrías y alguna que otra peripecia campestre con Juan, reaccionamos con la pregunta inevitable:
–¿Y esto cómo es que te lo has tenido tan callado cuatro décadas y pico y lo sueltas ahora?
Juan sonrió apenas. –Ha prescrito.
La respuesta, por lacónica, tuvo todavía más gracia.
Luego, ya animado por el interés general, fue desgranando detalles. Contó que los habían sacado a los guardias sin previo aviso de un curso de Tráfico que estaban realizando. De ahí aquellos quepis de visera, aquellos anoraks y aquel aspecto poco marcial que muestran algunas fotografías de la época. Los reunieron, los subieron a unos autocares y los trasladaron sin demasiadas explicaciones acerca del destino ni de la misión.
En otras palabras: muchos de los protagonistas improvisaban sobre la marcha una historia que después acabaría estudiándose en los libros.
Y entonces llegó la segunda sorpresa de la tarde.
Porque Santi, Emilio y quien esto escribe también nos dejamos caer por las inmediaciones del Congreso. Los jóvenes de entonces teníamos la mala costumbre de querer estar donde sucedían las cosas. Preferíamos el riesgo de recibir una bronca al aburrimiento de enterarnos al día siguiente por los periódicos.
Llegamos en el Renault de Santi, un coche heroico que ya entonces acumulaba más batallas que muchos regimientos y que años antes nos había llevado hasta Barcelona con una mezcla de entusiasmo, fe y mecánica creativa.
Queríamos ser testigos de la Historia. Incluso, si se terciaba, rozarla con la punta de los dedos.
Pero la Historia, aquella noche, estaba de un humor bastante agrio. La estancia duró poco.
Los uniformados, que aquella noche abundaban y además en una notable variedad cromática, nos hicieron comprender con admirable claridad que nuestra presencia no resultaba necesaria. Más bien todo lo contrario.
La orden fue terminante.
Había que ahuecar el ala. Nos lo explicaron con esa pedagogía tan característica de las fuerzas de seguridad cuando no tienen ninguna vocación docente.
Y la ahuecamos.
Por eso, tantos años después, mientras contemplábamos aquella fotografía en silencio, comprendimos que durante aquella jornada extraordinaria Juan y nosotros habíamos compartido escenario sin llegar a encontrarnos. Él aparecía dentro de la imagen que luego daría la vuelta al mundo. Nosotros merodeábamos por las inmediaciones tratando de ser testigos de unos acontecimientos cuyo alcance todavía nadie podía medir lo mismo sí pero nosotros no, por descartado.
La Historia tiene esas ironías tan madrileñas. Uno se pasa media vida compartiendo avatares, vicisitudes y conversaciones con un antiguo amigo al que conociste en los scouts sin sospechar que, cuando abre un álbum de fotografías históricas, puedes encontrártelo empuñando un subfusil dentro del Congreso de los Diputados.
Allí estaba Juan. Tan tranquilo. Como quien descubre una foto antigua en la que sale llevando pantalones de campana estampados.
Al despedirnos de la exposición, la novia de nuestro amigo seguía atisbándole con una mezcla de fascinación y prudencia preventiva. No era para menos. Hasta aquella tarde creía que Juan había tenido una juventud razonablemente normal forjada entre la Iglesia de San Miguel y la calle del Pez 21. Después de escuchar la historia, supongo que revisó mentalmente todas las conversaciones anteriores buscando indicios.
Por nuestra parte, salimos de allí con una certeza y una duda. La certeza era que habíamos estado a pocos metros de nuestro amigo aquella noche histórica sin saberlo. La duda era aún más inquietante: después de cuarenta años de amistad, ¿cuántas cosas más nos quedarán por descubrir?
Porque si un día cualquiera un amigo señala una fotografía del 23-F y te dice con toda naturalidad «ése soy yo», lo prudente es empezar a mirar con atención las fotos de Trafalgar, de Numancia y de las Navas de Tolosa. Nunca se sabe. En Madrid hay gente que guarda sus recuerdos en álbumes familiares. Y luego está Juan, que los tiene en los libros de Historia.
Ha pasado casi medio siglo para descubrir que aquella noche estuvimos a los dos lados de la misma pared. Nosotros, expulsados de la Historia por la puerta de atrás. Juan, en cambio, había conseguido quedarse dentro. Literalmente.