El sastre dándole a la aguja

El sastre dándole a la agujaMade with Google AI

Crónicas castizas

El sastre de la Legión

Después de una sesión en su taller, el cabo más patizambo parecía un héroe de cartel de reclutamiento, el más barrigón adquiría hechuras de atleta y hasta el legionario más castigado por la genética descubría de pronto una insospechada prestancia marcial. Luego se contemplaban satisfechos en los reflejos de los cristales de las dependencias, estiraban el pecho, se recolocaban el chapiri y ponían cara de veteranos de Alhucemas. Porque la vanidad, como el valor, tampoco conoce clases

En la Legión había gente de todas las clases, procedencias, aficiones y extravagancias, porque el Tercio era un pequeño imperio universal donde cabía medio mundo y la otra mitad también. Estaba el guaje encargado del mesón, un asturiano cubierto de pelo desde las cejas hasta la nuca, como si descendiera por línea directa de un oso pardo de los Picos de Europa. Estaba el cabo Guarro, apodo que no requería demasiadas explicaciones para quien conociera su destino. Y estaba también el cabo Al Cilo, llamado así por un tatuaje sentimental y ortográficamente errado que lucía en el hombro y que rezaba: «Miro al cilo donde reposas eternamente». Nadie supo nunca quién reposaba allí arriba, pero el pobre cielo quedó condenado para siempre en su piel a una existencia sin e.

Y luego estaba el sastre.

Era un chileno espigado, no tan viejo como anunciaba aquella mata de pelo blanco que parecía haber servido ya en todas las campañas de África, desde Annual hasta la última sahariana mentada en las conversaciones de cantina. Su piel cetrina, su figura enjuta y una manera de andar con más ritmo que una escuadra de gastadores desfilando al paso legionario lo hacían reconocible desde la otra punta del acuartelamiento de la Concepción. Cuando cruzaba el patio de armas parecía hacerlo a ciento sesenta pasos por minuto incluso estando parado. Algunos aseguraban que contoneaba más de lo reglamentario. Otros sostenían que simplemente administraba sus caderas con el mismo talento que empleaba para administrar la aguja. La discusión nunca quedó resuelta.

Era el emperador de la aguja, el Alejandro Magno del dedal y el único hombre capaz de convertir una guerrera reglamentaria en una prenda digna del escaparate de una sastrería madrileña. Aquellas guerreras de sarga que llegaban a sus manos parecían concebidas para tapar una mula de artillería. Salían de su taller convertidas en uniformes que se ajustaban al legionario como la piel al cuerpo. Donde un sastre civil necesitaba una semana, él despachaba media docena de uniformes entre retreta y diana, mientras el resto de la compañía de fusiles dormía o fingía dormir.

Su fama, sin embargo, no procedía únicamente de la calidad de sus arreglos.

La leyenda aseguraba que tomaba medidas con una minuciosidad rayana en el fanatismo profesional. No medía, verificaba. No verificaba, contrastaba. No contrastaba, auditaba. Y cuando el cliente consideraba concluida la operación, el chileno iniciaba una segunda inspección por si algún detalle anatómico hubiera cambiado de posición durante el proceso. Los legionarios soportaban aquellas maniobras con la resignación estoica que se reserva para las guardias de imaginaria, las marchas interminables y la limpieza del fusil CETME después de unas maniobras bajo la lluvia.

Tan frecuentes llegaron a ser las protestas que, según la versión más difundida en la compañía, decidieron ascenderlo a cabo como medida preventiva. No porque destacara especialmente en táctica, instrucción o topografía militar. La razón era mucho más práctica. A un legía siempre podía escapársele algún soplamocos cuando las mediciones alcanzaban niveles excesivamente exhaustivos. Pero a un cabo resultaba más complicado arrearle una bofetada sin acabar uno mismo explicando el incidente ante el sargento de semana.

Lo extraordinario era que nadie dejaba de acudir a él.

Los mismos novios de la muerte que proclamaban entre juramentos su disposición a defender el honor patrio y el propio a puñetazo limpio hacían cola dócilmente frente a su taller cuando se acercaba una parada militar, una jura de bandera o cualquier acto con autoridad, banda de música y público femenino en las inmediaciones. Mucha guasa, mucho cachondeo y mucha amenaza retórica; pero a la hora de la verdad todos tenían que pasar por las manos y las agujas del chileno.

Y es que el milagro existía.

Después de una sesión en su taller, el cabo más patizambo parecía un héroe de cartel de reclutamiento, el más barrigón adquiría hechuras de atleta y hasta el legionario más castigado por la genética descubría de pronto una insospechada elegancia marcial. Luego se contemplaban satisfechos reflejados en los cristales de las dependencias, estiraban el pecho, se recolocaban el chapiri y ponían cara de veteranos de Alhucemas. Porque la vanidad, como el valor, tampoco conoce clases ni empleos militares. Y si la Legión había conseguido convertir a aquellos hombres en guerreros, el sastre chileno había logrado algo todavía más difícil: convencerlos de que estaban guapos. y elegantes

Luego salían del taller con la guerrera entallada, el chapiri ladeado y el pecho tan hinchado que apenas cabían por la puerta de la compañía. Maldiciendo al sastre, eso sí, por pura dignidad legionaria. Pero a la prenda siguiente allí estaban otra vez, haciendo cola para un nuevo arreglo. Porque en el Tercio se decía que un legionario podía asaltar sin pestañear a una posición enemiga a la bayoneta, emprender a una marcha de cuarenta kilómetros o enfrentar a un brigada de mal humor, pero era incapaz de resistirse a un uniforme que le sentara bien. Y, a juzgar por la clientela del chileno, aquella era una de las pocas verdades indiscutidas que aún quedaban en la Legión rondeña.

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