Los niños: escudos humanos en conflictos armados y escudos ideológicos en las Naciones Unidas
«La ironía es de una elegancia macabra: se usa una resolución sobre protección de los niños para introducir prácticas que suprimen vidas de niños antes del nacimiento»
En los pasillos de mármol del Palacio de las Naciones en Ginebra, el eco de los pasos de los diplomáticos recuerda cuán lejano se encuentra el mundo real. En esos recintos, la ideología fría instrumentaliza a los niños víctimas de conflictos en Gaza, Ucrania o Sudán para imponer agendas sin conciencia alejadas de la realidad. Es precisamente esa distancia –física, moral, emocional– la que define el borrador de la nueva ofensiva legislativa en Ginebra; un texto que, presentado como defensa de la infancia en zonas de guerra, termina por instrumentalizarla.
Mientras los niños mueren de hambre, en Ginebra se negocia un documento que prioriza la ingeniería social sobre las necesidades urgentes de la infancia. La retórica reemplaza a la urgencia. La agenda, al niño.
El derecho a la vida, diluido
La anomalía más grave del borrador es la más reveladora. En un documento dedicado a los niños en conflictos armados –donde la muerte es la amenaza más inmediata y constante–, el derecho a la vida queda enterrado bajo una lista interminable de derechos secundarios o subsumido vagamente en el «derecho a la salud». Es una maniobra de distracción jurídica con consecuencias reales.
Entre las víctimas de esta distracción están los no nacidos y las mujeres embarazadas. La propia Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) contempla explícitamente la protección prenatal y postnatal del niño. Al borrar toda referencia a la etapa prenatal, la resolución desprotege a los seres más vulnerables en contextos bélicos, precisamente cuando la mortalidad materna e infantil alcanza sus cotas más altas.
El caballo de Troya
El contraste es elocuente: mientras el derecho a la vida se desdibuja, otros términos ganan terreno con llamativa insistencia. Las expresiones «salud sexual y reproductiva» aparecen de forma central y con el doble de frecuencia que las referencias explícitas a la vida. En el lenguaje cifrado de los organismos internacionales, esta terminología funciona sistemáticamente como vehículo para promover el aborto y programas de educación sexual radicales sin consentimiento parental, eludiendo la soberanía de los Estados y reinterpretando tratados que defienden principios opuestos.
La ironía es de una elegancia macabra: se usa una resolución sobre protección de los niños para introducir prácticas que suprimen vidas de niños antes del nacimiento.
El tablero político
La negociación revela un mapa de poder preocupante. Uruguay, en representación del bloque latinoamericano (GRULAC), lidera una propuesta alineada con las posiciones más radicales de la Unión Europea. Lo inquietante no es esa alianza en sí, sino el arrastre que ejerce sobre naciones con tradición histórica de defensa de la vida y la familia: República Dominicana, Costa Rica, Panamá, El Salvador, Honduras, Bolivia, Ecuador...
En ese tablero, Argentina y Paraguay en Hispanoamérica representan las únicas voces que intentan devolver el texto a su propósito original: medidas reales para niños reales en peligro real, no una agenda ideológica con rostro infantil.
La familia, gran ausente
A esta distorsión se suma una omisión igualmente deliberada. La familia –red de protección más antigua y resistente de la humanidad– brilla por su ausencia en el borrador. La CDN defiende el papel primordial de los padres en más de un tercio de su articulado. La resolución propuesta, en cambio, atribuye al Estado la responsabilidad «principal en la protección de los derechos del niño».
En tiempos de paz, ese debate puede parecer académico. En tiempos de guerra, es criminal. Cuando las estructuras estatales colapsan –y en los conflictos armados siempre colapsan– la familia es lo único que permanece en pie. Debilitarla conceptualmente desde una resolución internacional no es proteger al niño: es abandonarlo.
Una última oportunidad
Los países que aún vacilan tienen ante sí una decisión clara. Pueden seguir el guión que les impone el bloque europeo y la izquierda radical, o pueden reivindicar su soberanía nacional para defender lo que la propia CDN consagra: que el interés superior del niño se llama familia, y que su derecho más elemental se llama vida.
En los pasillos de mármol de Ginebra, ese mensaje todavía puede escucharse. La pregunta es si alguien tiene la valentía de defenderlo.
- Antoine Mellado Rosique es director de Relaciones Institucionales ante la ONU del Global Center For Human Rights.