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Familia y EscuelaMireia de Norton

Una profesora con 35 años de experiencia revela el gesto que más cambia la vida de un niño

Mireia de Norton, profesora de Primaria en Barcelona durante más de 35 años, reflexiona sobre los comportamientos de los adultos que permiten con más eficacia que cada niño descubra quién es, supere sus dificultades y se sienta querido en una etapa decisiva de su vida.

Una mujer conversa con un adolescenteGetty Images / iStockphoto

Llevo más de treinta y cinco años dando clase en un colegio y, aunque pueda parecer sorprendente, siempre digo que no ha habido ni un solo día de mi vida en el que haya pensado: «Qué pereza ir a trabajar».

Me encanta mi profesión. Sin embargo, también creo firmemente que la docencia es una labor profundamente vocacional, porque, de no ser así, puede llegar a resultar muy dura.

Cada vez que entro en un aula para impartir una clase, me gusta observar las miradas de mis alumnos. En ellas está todo. Una mirada te dice si han entendido la explicación o si necesitan que se la plantees de otra manera. Te permite descubrir quién necesita más atención porque algo le está costando especialmente o quién, aun teniendo grandes capacidades académicas, necesita aprender a compartirlas y ponerlas al servicio de los demás.

También están esas miradas que esconden preocupaciones, tristezas o dificultades personales. Son miradas que, a veces, pasan desapercibidas para quien observa desde fuera, pero que un profesor aprende a reconocer con los años. Detrás de ellas puede haber un problema familiar, una amistad rota, una inseguridad que crece en silencio o simplemente la necesidad de sentirse comprendido.

En esos momentos, el aprendizaje académico pasa a un segundo plano. A veces basta con sacar al alumno unos minutos fuera del aula, escucharlo sin prisas, mirarlo a los ojos y hacerle sentir que no está solo. No siempre tenemos soluciones para todo, pero sí podemos ofrecer algo profundamente valioso: nuestra presencia, nuestra atención y nuestra confianza.

Saber que hay un adulto que cree en él, que lo comprende y que está dispuesto a acompañarlo puede marcar una diferencia enorme en una etapa tan decisiva de la vida como la infancia o la adolescencia.

He comprobado muchas veces que un niño que se siente escuchado afronta las dificultades con más fortaleza. Saber que hay un adulto que cree en él, que lo comprende y que está dispuesto a acompañarlo puede marcar una diferencia enorme en una etapa tan decisiva de la vida como la infancia o la adolescencia. En ocasiones, una conversación de apenas unos minutos deja una huella mucho más profunda que una clase completa.

Por eso estoy convencida de que educar es mucho más que transmitir conocimientos. Educar es acompañar procesos, descubrir talentos, sostener en los momentos difíciles y celebrar los logros como si fueran propios. Es ayudar a cada alumno a descubrir quién es y quién puede llegar a ser. Los profesores enseñamos matemáticas, historia o literatura, pero también enseñamos, muchas veces sin darnos cuenta, a confiar, a perseverar, a respetar y a levantarse después de una caída.

Quizá por eso algunos de los recuerdos más hermosos que guardan nuestros antiguos alumnos no tienen que ver con una explicación brillante o con una buena calificación, sino con aquel día en que alguien les dedicó tiempo, los escuchó y les hizo sentir importantes. Porque cuando un alumno percibe que es querido y valorado, se abre verdaderamente la puerta al aprendizaje. Y esa es una de las responsabilidades más hermosas y trascendentes de nuestra profesión.

La educación es una relación humana basada en la vocación, el acompañamiento y la huella que dejamos en la vida de nuestros alumnos.

Por eso, la docencia está muy lejos de ser una profesión monótona. Cada minuto y cada día suceden cosas diferentes. Cada alumno es único y cada situación nos invita a aprender algo nuevo. Nosotros, los profesores, enseñamos, por supuesto, pero estoy convencida de que nuestros alumnos nos enseñan mucho más de lo que imaginamos.

Con el paso de los años he comprendido que el verdadero éxito profesional no se mide en resultados académicos ni en reconocimientos personales. Mi éxito es ver que a mis alumnos les va bien, que encuentran su camino, que son buenas personas y que son capaces de aportar algo positivo a la sociedad. Si ellos triunfan, significa que, de alguna manera, yo he sabido hacer bien mi trabajo.

Nada de esto habría sido posible sin el ejemplo de mis padres, que me enseñaron el valor de dar sin esperar nada a cambio. Y esa, precisamente, es para mí la esencia de la enseñanza: la capacidad de entregarlo todo a nuestros alumnos, de ofrecer tiempo, esfuerzo, conocimiento y afecto sin esperar recompensas inmediatas.

Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que, aunque no esperemos nada a cambio, la educación siempre devuelve algo maravilloso: el recuerdo, el cariño y el agradecimiento de aquellos alumnos a los que un día tuvimos la suerte de acompañar en una parte de su camino.

* Mireia de Norton es profesora de Primaria en Barcelona, con más de 35 años de experiencia docente, y colaboradora del Departamento de Educación de la Universidad San Pablo-CEU.