Así infantilizamos a las personas mayores sin darnos cuenta: el edadismo que se esconde en pequeños gestos
La psicóloga sanitaria Gema Pérez Rojo, experta en envejecimiento y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia, reclama la necesidad de «desmantelar los prejuicios estructurales que limitan el valor social de las personas mayores».
Varias personas mayores durante un encuentro intergeneracional celebrado en El Llano, Gijón, el pasado agosto
El próximo 1 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Personas Mayores. Sin embargo, más allá del marco institucional o del recordatorio en el calendario, la fecha puede fomentar una reflexión crítica sobre el prisma desde el que la sociedad sigue interpretando el envejecimiento. A pesar de los avances conceptuales y de la evidencia acumulada, persiste una narrativa colectiva sesgada que tiende a asociar la vejez de forma prioritaria con el deterioro, la dependencia o la pasividad.
Esta visión reduccionista no es inocua ya que constituye la base del edadismo, una forma de discriminación sutil pero profundamente arraigada que condiciona las actitudes sociales, la toma de decisiones profesionales y la autoimagen de las propias personas mayores.
Superar el edadismo no consiste únicamente en erradicar conductas manifiestamente estereotipadas, sino en revisar las microdinámicas cotidianas y las prácticas que infantilizan o invisibilizan.
La alternativa real y sostenible frente al sesgo de la decrepitud radica en la consolidación del buen trato.
Superar el edadismo no consiste sólo en erradicar conductas estereotipadas, sino en revisar las microdinámicas cotidianas y las prácticas que infantilizan o invisibilizan
Hablar de buen trato implica ir un paso más allá de la mera ausencia de maltrato o negligencia. Se trata de una dimensión activa y constructiva centrada en la persona, que reconoce la dignidad inherente, el derecho a la autonomía y la capacidad de autodeterminación en todas las etapas del ciclo vital.
El buen trato no se concede de manera paternalista; se garantiza a través del respeto estricto a las preferencias, la historia de vida y la toma de decisiones individuales.
Para hacer operativa esta transformación en la convivencia diaria, y en el ámbito sociosanitario, resulta imprescindible desplazar el foco: del déficit hacia las fortalezas psicológicas y sociales. Longevos no significa vulnerables por definición.
La investigación empírica evidencia que el proceso de envejecer convive con recursos psicológicos clave como la resiliencia, la capacidad de adaptación, la gratitud, la aceptación integradora y la sabiduría acumulada. Variables como el funcionamiento familiar protector o la búsqueda de sentido y propósito continúan actuando como pilares fundamentales de la calidad de vida y el bienestar subjetivo en las etapas avanzadas.
Celebrar el Día Internacional de las Personas Mayores este 1 de octubre exige trascender el homenaje formal y asumir un compromiso ético y analítico.
Garantizar un envejecimiento pleno requiere desmantelar los prejuicios estructurales que limitan el valor social de las personas mayores y fomentar entornos que no solo protejan, sino que reconozcan y potencien activamente sus fortalezas.
El verdadero indicador de progreso de una sociedad se mide en su capacidad para mirar a las personas mayores no como una carga que gestionar, sino como ciudadanos de pleno derecho cuyo legado y capacidad presente son indispensables.
* Gema Pérez Rojo es catedrática de la Universidad CEU San Pablo, psicóloga sanitaria, colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.