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Familia y EscuelaIván Rodríguez Huertas

De Super Mario a las Matemáticas: así es el método de un maestro premiado por su trabajo con niños con autismo

Compartir intereses, explorar aficiones comunes y disfrutar de experiencias motivadoras favorece la creación de vínculos especiales de interacción entre el alumno y los adultos de referencia, pero también entre iguales

Aprovechar los intereses de los niños, especialmente en el caso de los niños con TEA, es un puente para el aprendizaje

Aprovechar los intereses de los niños, especialmente en el caso de los niños con TEA, es un puente para el aprendizajeGetty Images / iStockphoto

Jugar no es simplemente una actividad entretenida o una recompensa tras el esfuerzo académico. Jugar permite crear contextos seguros, predecibles y emocionalmente positivos en los que el alumno puede desarrollar habilidades sociales, comunicativas, cognitivas y adaptativas con un nivel de implicación difícilmente alcanzable mediante metodologías más tradicionales.

Uno de los principios fundamentales de la educación inclusiva consiste en comprender que el verdadero aprendizaje se produce cuando conecta con aquello que resulta significativo para el estudiante. Por ello, partir de sus intereses genera una motivación intrínseca que multiplica las posibilidades de éxito.

Cuando docentes y familias incorporamos los centros de interés del alumno a las actividades educativas, los transformamos en auténticos motores de aprendizaje.

Además, esta forma de intervención tiene un enorme valor relacional. Compartir intereses, explorar aficiones comunes y disfrutar de experiencias motivadoras favorece la creación de vínculos especiales de interacción entre el alumno y los adultos de referencia, pero también entre iguales. El vínculo no surge únicamente porque se enseñe algo, sino porque se comparte algo que tiene valor emocional para ambas partes.

Un ejemplo especialmente ilustrativo es el uso de videojuegos como herramienta educativa y social. Con frecuencia, algunos adultos observamos con preocupación la excesiva atracción estimular ligándolo al aislamiento social. Sin embargo, cuando estos intereses se utilizan de forma adecuada, se convierten en extraordinarias oportunidades de aprendizaje.

Jugar a Super Mario posibilita compartir tiempo con tu hijo o hija, crear momentos de disfrute conjunto y fortalecer la relación afectiva a través de una actividad que resulta altamente significativa para él o ella.

Durante una partida se generan innumerables oportunidades para conversar, anticipar acontecimientos, comentar estrategias, expresar emociones, respetar reglas y construir recuerdos compartidos, jugar por el placer de jugar genera momentos extraordinariamente significativos para el niño y lo importante deja de ser el videojuego en sí para convertirse en el contexto de interacción que este facilita.

Jugar por el placer de jugar genera momentos extraordinariamente significativos para el niño y lo importante deja de ser el videojuego para convertirse en el contexto de interacción que facilita.

Asimismo, los juegos activos permiten incorporar experiencias sensoriales y corporales de gran valor educativo. En muchos casos, aprender contenidos curriculares de manera propioceptiva con sensaciones de movimiento facilita la comprensión y consolidación de los aprendizajes.

Saltar para resolver operaciones matemáticas, desplazarse siguiendo secuencias espaciales, representar corporalmente conceptos lingüísticos o participar en circuitos motores relacionados con contenidos académicos transforma el aprendizaje en una experiencia vivida y no únicamente escuchada o memorizada.

El juego contribuye a generar un clima cálido, basado en la aceptación, la comprensión y el respeto mutuo. Este aspecto resulta especialmente relevante porque el bienestar emocional constituye un requisito fundamental para cualquier proceso de aprendizaje significativo.

A su vez, las dinámicas lúdicas ofrecen oportunidades constantes para desarrollar competencias sociales esenciales. Durante una partida, los participantes deben negociar, esperar, comunicar sus intenciones y respetar las aportaciones de los demás. En este sentido, el juego permite compartir turnos, aceptar pequeñas frustraciones, flexibilizar conductas y comprender que la interacción social implica reciprocidad y cooperación.

Los intereses específicos dejan de percibirse como obstáculos y pasan a entenderse como puertas de entrada al aprendizaje, la comunicación y la participación social. Cuando un alumno siente que aquello que le apasiona es valorado y compartido por quienes le rodean, aumenta su motivación, mejora su disposición hacia nuevas experiencias y se multiplican las oportunidades de interacción significativa.

No obstante, la defensa del juego como herramienta educativa no implica una utilización indiscriminada de cualquier actividad basada en los intereses del alumno. Una intervención de calidad requiere planificación, intencionalidad educativa y una supervisión constante por parte de familias y profesionales.

El juego basado en intereses restringidos en el alumnado con Trastorno del Espectro Autista (TEA) debe entenderse como el inicio o la puerta de acceso para flexibilizar y ampliar progresivamente su repertorio de intereses.

Cuando un alumno apasionado por Super Mario, los trenes, los dinosaurios o los mapas encuentra a un adulto que comparte y valida esos intereses, se crea una oportunidad única para introducir nuevas experiencias, contenidos, compañeros, juegos y contextos de interacción.

Cuando un alumno TEA apasionado por Super Mario, los trenes, los dinosaurios o los mapas encuentra a un adulto que comparte y valida esos intereses, se crea una oportunidad única.

A través de una planificación y estructuración sistemática, es posible ir ampliando el abanico de opciones mediante propuestas guiadas y motivadoras, compartidas tanto por la familia como por los especialistas, conectando aquello que ya le interesa con nuevos aprendizajes cada vez más variados.

Así, un interés por Super Mario puede evolucionar hacia juegos cooperativos, retos motores, actividades de lectura, creación de historias, resolución de problemas matemáticos o dinámicas grupales con iguales. Del mismo modo, una afición por los trenes puede convertirse en una oportunidad para trabajar geografía, planificación de itinerarios, orientación espacial, habilidades conversacionales o actividades compartidas con otros compañeros.

El objetivo educativo no consiste en eliminar los intereses restringidos, sino en utilizarlos como una potente herramienta de acceso al mundo social, emocional y académico.

Por ello, los juegos y actividades deben estar siempre adaptados a las necesidades, fortalezas, características evolutivas y perfil sensorial de nuestros hijos o alumnos. La verdadera inclusión educativa exige encontrar un equilibrio entre el respeto a sus motivaciones y la necesidad de favorecer nuevas experiencias que promuevan el desarrollo de habilidades funcionales, sociales y adaptativas. Desde esta perspectiva, el juego constituye un vehículo privilegiado para incrementar la flexibilidad cognitiva, la iniciativa social y la capacidad para afrontar situaciones novedosas.

Sin embargo, conviene actuar con prudencia. Existe el riesgo de que los propios adultos, con la intención de motivar al alumno, terminemos reforzando de manera excesiva determinadas rutinas o temáticas hasta el punto de limitar nuevas oportunidades de aprendizaje.

Debemos tener especial cuidado en no potenciar conductas repetitivas ni favorecer una rigidez conductual adquirida, proporcionada por el adulto. Cuando todas las actividades giran exclusivamente alrededor del mismo interés, cuando evitamos introducir pequeñas variaciones o cuando impedimos que aparezcan nuevas alternativas de juego, corremos el riesgo de convertir una herramienta educativa en un elemento que perpetúe la inflexibilidad.

Nuestra labor consiste precisamente en lo contrario: acompañar, ampliar, diversificar y enriquecer las experiencias de nuestros alumnos para que cada interés se convierta en un puente hacia otros intereses, hacia nuevas relaciones sociales y hacia una participación cada vez más autónoma en los diferentes contextos de la vida cotidiana.

En definitiva, la intervención basada en intereses no debe buscar que el alumno permanezca siempre en su zona de confort, sino utilizar dicha zona como punto de partida para explorar otras posibilidades. Ahí reside el verdadero valor pedagógico del juego: convertir aquello que apasiona al alumno en una oportunidad para descubrir el mundo, relacionarse con los demás y ampliar progresivamente su repertorio de experiencias, competencias e intereses.

  • Iván Rodríguez Huertas es PT Especialista Aula TEA Goonies en el Colegio CEU San Pablo - Sanchinarro, y ha sido galardonado con los premios a la Mejor Innovación Educativa y Mejor Labor Docente
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