El largo plazo
Nadie quiere que le quieran solo 90 días. Y tenemos que insistir en rechazar la mera inmediatez. Especialmente en lo más esencial en la vida de las personas. El amor y la familia crecen si se cuidan. Y eso requiere tiempo. Todos los días.
Hace unos días leía un artículo de nuestro querido Luis Ventoso. Con independencia del fondo del artículo, que no viene al caso, contaba Luís algo que me llamó especialmente la atención: «Una amplia encuesta ha planteado una pregunta muy sencilla ¿Qué entiende usted por largo plazo? Pues bien, la contestación que se impuso fue que largo plazo son hoy 90 días».
Tanto me impactó esa afirmación que, a mi vez, he ido preguntando casi a cuanto amigo me encontraba sobre la misma cuestión. Y tengo que decir que me ha sorprendido que dependiendo de la formación o del desarrollo profesional de cada uno, la respuesta es distinta. Es diferente el largo plazo para el jurista, el economista, el politólogo, el periodista, el comunicador… Aunque, en cualquier caso, salvo escasísimas excepciones, el largo plazo son varios años.
No puedo dejar de vincular esa cuestión con el ámbito que me es más propio, en lo personal y en el desarrollo académico y profesional. Que además nos toca a todos, porque todos tenemos familia.
Los tiempos actuales son los tiempos de la sociedad líquida. Esa liquidez no afecta solo a la adaptabilidad. Son los tiempos de lo inmediato, pero también de lo subjetivo e individual. De lo efímero y en gran medida superficial. O eso nos intentan vender como muy positivo.
Así podría entenderse que 90 días fuesen un largo plazo. Y con todo…
Pero desde la perspectiva de familia la cosa cambia radicalmente. Como en casi todo lo que anhela el corazón humano desde lo más profundo de su ser.
En familia hay que tener perspectiva de largo plazo. Hay que mirar a futuro. Y el futuro no son 90 días, sino mucho más lejos.
Pensaba también en los árboles que crecen, y pasan varios años, muchos, hasta hacerse robustos, frondosos y bien arraigados. Es entonces cuando producen sus mejores frutos, dan suficiente sombra y frescor, alcanzan su plenitud.
Una familia es mucho más que un árbol. Pero igualmente necesita mirar a largo plazo. Porque también necesita cuidados, muchos, necesita arraigarse y crecer.
Y desde el inicio, cuando se comienza una relación con una persona que puede llegar a ser un noviazgo. Si en ese noviazgo se ve que es la persona con quien se quiere compartir la vida, se quiere compartir la vida entera. Y si se esperan y llegan los hijos, no son a tiempo parcial. Los hijos crecen, y deben crecer también en el seno de la familia.
No digamos ya cuando la familia aumenta y el nido vacío vuelve a llenarse porque los hijos a su vez van fundando sus propias familias. Encuentran entonces que la familia es también el lugar al que volver, con los tuyos. Es el legado, el cariño, el pasado, el presente y el futuro.
Nadie quiere que le quieran 90 días. Nadie quiere que le quieran solo 90 días. Y tenemos que insistir en rechazar la mera inmediatez. Especialmente en lo más esencial en la vida de las personas.
El amor y la familia crecen si se cuidan. Y eso requiere tiempo. Todos los días. El amor a tu marido o a tu mujer, a tus padres, a tus hijos, a tus abuelos. Se hace expansivo y abarca tíos, sobrinos, primos…
Esos tiempos de la familia, con perspectiva de futuro y de permanencia, enseñan también el esfuerzo, la constancia, la recompensa, la gratuidad, la reciprocidad, todas ellas cualidades que se hacen especialmente necesarias en el momento actual.
Creo que solo con esa perspectiva de lo que sí esperamos que tenga un largo plazo, seremos capaces de arraigar y transformar, incluso la sociedad entera, pensando en algo más que en lo inmediato.
* Carmen Fernández de la Cigoña es Directora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.