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Lucía mi pediatra

Lucía, mi pediatra, durante la entrevista con El Debate

La Buena Vida

Lucía, mi pediatra: «La tecnología ha empeorado mucho la calidad de vida de los adolescentes»

La conocida pediatra y creadora de contenido, que ha sido reconocida varias veces por Forbes por su labor divulgativa, acaba de publicar Adolescencia, para recordar por qué «no podemos desaparecer de la vida de nuestros hijos justo en esta etapa».

Habla con una natural serenidad y una sonrisa que no se le cae de la mirada. Más que simpática, que lo es –y mucho–, transmite una empatía imposible de impostar. Y aunque está acostumbrada a hablar en público, escucha y pregunta con un genuino interés por saber del otro, también (y sobre todo) cuando la cámara deja de grabar o las redes no comparten sus comentarios.

Hay quien diría que a la doctora Lucía Galán, Lucía, mi pediatra, se le notan los más de veinte años de consulta en una de las especialidades más delicadas de la medicina, o el trato con los dos millones de seguidores que tiene en redes. Pero en realidad, lo que le sale solo es esa vocación innata de escuchar para comprender al otro y hacerse próxima a quien tiene delante, que no se aprende en ninguna facultad.

La revista Forbes la ha reconocido en varias ocasiones como una de las principales divulgadoras de España; dos millones de lectores se han sumergido en alguno de sus más de veinte cuentos y libros sobre salud, familia e infancia, y cientos de miles de personas han hecho alguno de sus cursos online.

Ahora acaba de publicar médico con más de 20 años de experiencia en consulta, y madre de dos hijos, acaba de publicar Adolescencia (Planeta), un breve ensayo práctico con el que, dice, busca «cambiar la mirada de la sociedad, y de los padres, sobre este momento apasionante de la vida de nuestros hijos».

Primera invitada de La Buena Vida

Y parece que lo está logrando, porque sólo unos días después de haber salido a librerías ya se había colocado como el libro de no ficción más vendido de España.

Con ella estrenamos La Buena Vida, un espacio de entrevistas en formato videopodcast, con el que buscamos poner luz, hondura y serenidad sobre los temas más cotidianos, y a la vez más importantes, de nuestro día a día.

Redes sociales, presión de grupo, sexualidad, cariño, límites, amistades, autoestima o la necesidad de aprender a tomar decisiones cuando los padres ya no están delante recorren una conversación en la que Galán insiste en una idea: precisamente cuando los hijos parecen querer alejarnos, no podemos desaparecer de sus vidas. Aquí ofrecemos algunas de las ideas centrales que aparecen en la entrevista:

–«Edad del pavo», «aborrescencia»... ¿Por qué has querido escribir un libro sobre una etapa de la que se suele hablar de una manera tan negativa?

–Precisamente porque es tremendamente necesario cambiar la mirada. La adolescencia es probablemente una de las etapas más trascendentales de la vida de un ser humano y también una de las más vulnerables.

Venimos de escuchar «la edad del pavo», «qué sufrimiento», «esto es horrible»… Como si la adolescencia fuese una enfermedad. Y la realidad es que es una etapa fascinante y transformadora para ellos, pero también para nosotros. Los padres nos preparamos muchísimo para la primera infancia: leemos libros, hacemos cursos, estamos preparados para recibir al bebé… y después los padres llegan a la adolescencia «a pelo». No entienden a sus hijos y sus hijos no se sienten entendidos.

Por eso, yo quería abordarla desde la médico que lleva veinte años acompañando a familias y desde la madre de un chico y una chica que ya están saliendo de ella. Porque entré en su adolescencia con mucho miedo y salgo pensando: «Qué privilegio haber vivido estos años junto a mis hijos».

Entré en su adolescencia con mucho miedo y salgo pensando: «Qué privilegio haber vivido estos años junto a mis hijos».

–¿Y qué ocurre en el adolescente para que cambie tanto y los padres se sientan tan desarmados?

–¡Qué no pasa! Porque en la adolescencia pasa de todo. Es una etapa de muchísima intensidad. Durante la infancia, el cerebro va recogiendo y procesando información y estableciendo millones de conexiones neuronales. Al llegar a la adolescencia se produce una especie de poda neuronal: se reorganizan conexiones y se afianza aquello que será necesario para la vida adulta. Por eso es tan importante seguir presentes. Si unos padres dicen: «Yo ya tiro la toalla, tú ya eres mayorcito, haz lo que quieras», el adolescente buscará otros referentes fuera, sobre todo en los amigos.

Cosa muy distinta es tener padres que se sientan a hablar contigo, abordan temas difíciles e incómodos, están presentes y disponibles, te muestran su amor incondicional, respetan tus espacios y tus tiempos y, al mismo tiempo, ponen límites con firmeza y amor.

–¿Sigue importando el ejemplo de los padres, o en estos años «pasan de nostros»?

–Es que los padres educamos sobre todo mediante el ejemplo: un adolescente ve cómo tratamos a la gente, si damos las gracias, si somos amables, coherentes o generosos. Todo eso va construyendo sus cimientos. ¿Cómo vamos a desaparecer de su vida precisamente durante esta metamorfosis? Claro que hay portazos, malas contestaciones e irritabilidad, porque no se entienden ni ellos mismos, porque por primera vez están buscando intensamente su identidad física, emocional, social, ideológica, sexual… Están continuamente en ensayo y error.

–Dices que si los padres no están presentes, buscarán referentes en sus amigos. Pero eso, en el mejor de los casos, porque hoy existe la posibilidad real de que lo hagan en una IA o en las redes sociales...

–Ese es un peligro real. Los adolescentes son cautivos de algoritmos que les muestran una y otra vez contenidos similares a aquello por lo que manifiestan interés, independientemente de si la información es fiable, saludable o falsa. Pensemos en una adolescente que cree que le sobran kilos y empieza a buscar «vientre plano». El algoritmo le ofrecerá cada vez más chicas con cuerpos perfectos y cinturas de avispa. Después de horas viendo esos contenidos puede mirarse al espejo y percibir de manera distorsionada un cuerpo perfectamente normal.

Hoy conocemos mucho mejor ese impacto. Por eso: redes sociales, cuanto más tarde, mejor, y cuanto menos tiempo, mejor. Lo que tenemos que fomentar son las redes reales: encuentros con amigos, excursiones, meriendas en casa, paseos, ir juntos a hacer la compra, ir a la playa o a la montaña.

Hoy conocemos mucho mejor el impacto de la tecnología. Por eso: redes sociales, cuanto más tarde, mejor, y cuanto menos tiempo, mejor. Lo que tenemos que fomentar son las redes reales.

–Cerebro en formación, búsqueda de la identidad, inseguridad... ¿Se parece la adolescencia en algunos aspectos a la primera infancia?

–Hay similitudes, porque son etapas de enorme velocidad de cambio y existe cierta ingenuidad. El adolescente te dice: «Yo controlo, mamá», parece saberlo todo y tú piensas: «Pero si tienes trece años». La gran diferencia es que durante la infancia estamos detrás de prácticamente todas sus decisiones. En la adolescencia, por primera vez, tienen que tomar decisiones trascendentales en segundos sin nosotros delante: Subirse al coche de alguien que ha bebido o no hacerlo. Aceptar un cigarrillo. Entrar en un botellón. Tomar decisiones en una relación sexual. Y tú no vas a estar.

Por eso no debemos educar a nuestros hijos adolescentes simplemente para que obedezcan, sino para que aprendan a tomar buenas decisiones, con criterio.

Y para que un chico pueda decir «yo paso del botellón» sin sucumbir a la presión del grupo hay que haber trabajado antes su autoestima y su asertividad. Son muchos frentes y, como madre, a veces piensas: «El milagro es que no les pase nada». Pero la mayor parte de los adolescentes atraviesan esta etapa, cometen sus errores como todos los hemos cometido y continúan adelante. Es un trabajo de pico y pala: conocimiento y acompañamiento.

– ¿Los adolescentes actuales afrontan más peligros que los de vuestra generación?

–No creo necesariamente que asuman más riesgos. Nosotros venimos de generaciones en las que las drogas estuvieron muy presentes. En los años 80, 90 y 2000 sucedían muchísimas cosas. No creo que el entorno sea necesariamente más inseguro. Lo que sí ha empeorado muchísimo su calidad de vida es la tecnología y las redes sociales. Nosotros decimos muchas veces: «Menos mal que no había móviles cuando éramos adolescentes». Ellos han perdido esa libertad de poder equivocarse, bailar o hacer el ridículo sin pensar que alguien puede estar grabándolos.

Y la presión social que nosotros recibíamos de seis o siete amigos ellos pueden recibirla de millones de personas, las 24 horas del día. Antes una adolescente podía compararse con unas cuantas amigas. Ahora se compara con millones de cuerpos y con estilos de vida completamente alejados de la normalidad. Parece que todo el mundo vive en un chalet con piscina, veranea en Bali y con 22 años viaja durante mes y medio por el mundo.

Es una vida de ficción. La realidad de la mayoría es otra: ir al pueblo, viajar unos días con tus padres, llevar bocadillos, compartir un postre o pedir un menú del día. Las redes no suelen enseñar esa normalidad y los adultos debemos ayudarles a poner las cosas en perspectiva.

No debemos educar a nuestros hijos adolescentes simplemente para que obedezcan, sino para que aprendan a tomar buenas decisiones, con criterio, ellos solos.

– Cuando los hijos se hacen adolescentes parece que rechazan las muestras de cariño. ¿Hay que seguir demostrándoselo?

–Nuestros hijos, también en la adolescencia, tienen que percibir siempre el amor incondicional. Yo prefiero pasarme de besucona antes que mis hijos digan algún día: «Mi madre no era cariñosa». Durante años me he hecho una pregunta: «¿Cómo me gustaría que me recordaran mis hijos cuando yo ya no esté?».

–¿Y cuál es la respuesta?

–Me gustaría que dijeran que fui una madre muy amorosa y tranquila. Yo tuve una adolescencia intensa, pero sabía que cuando llegaba a casa encontraba calma. Mis padres eran –y son– personas tranquilas, serenas, con muchísimo criterio. Cuando eres joven no eres consciente de ese legado; ahora lo valoro muchísimo. Quiero que mis hijos me recuerden como una madre serena, no impulsiva, agresiva o gritona.

A veces los adolescentes dicen: «Mamá, me agobias, no me des besos». Respetas su espacio, pero de repente mi hijo abre la puerta de mi despacho y dice: «¿Mamá?». «¿Sí? ¿Qué quieres?». «Nada». Y se va. Lo único que necesitaba era comprobar que mamá seguía allí.

–Es su toma de tierra...

–Exacto. Y es precioso comprobar que esto tampoco desaparece cuando eres adulto. Porque yo tengo 48 años y mi madre todavía me escribe antes de venir a Madrid: «Luci, que te vaya genial. A darlo todo». Al final llegamos sin nada a este mundo y nos iremos sin nada. Lo que quedan son las relaciones y esos vínculos.

–Una cosa que no se suele decir mucho es que los hijos también nos enseñan a vivir. ¿Qué has aprendido de tus hijos durante estos años?

–A tener muchísima paciencia. También he aprendido a escuchar un planteamiento con el que no estoy de acuerdo hasta el final: sin interrumpir, juzgar, atacar ni adoctrinar.

A veces me han contado cosas que estaban en las antípodas de lo que yo pensaba y he terminado diciéndoles: «Gracias, me has hecho reflexionar». Incluso he cambiado de opinión en algunos asuntos después de escucharlos. Es precioso porque empiezas a descubrir su propia estructura mental. Ya no es el niño que copia a papá o a mamá. Empiezas a ver al adulto en el que se está convirtiendo.

También he aprendido que tenemos que pedir perdón a nuestros hijos cuando nos equivocamos. Y si nosotros no hacemos ese trabajo de reparación después de hacer daño, es difícil que ellos sepan después hacerlo con los demás.

–El libro entra en el terreno de la sexualidad. Después de décadas hablando de ello en las aulas, han aumentado las infecciones de transmisión sexual y tenemos enormes problemas de salud mental. ¿Qué estamos haciendo mal?

– Me encantaría tener una respuesta clara y concisa, pero no la tengo. Sí creo que no están recibiendo una educación afectivo-sexual a la altura de la realidad. En consulta sigo viendo confusión. Por ejemplo, jóvenes que piensan que, porque toman anticonceptivos, están protegidos frente a las infecciones de transmisión sexual. O que al estar vacunados frente al virus del papiloma humano están protegidos frente al resto. Hay que seguir informando desde la salud. Igual que hablamos de alimentación, de ejercicio y de hábitos saludables, tenemos que hablar de salud sexual.

Y utilizo deliberadamente la expresión «educación afectivo-sexual» porque no podemos tratar la sexualidad como un departamento estanco. Sexualidad es también intimidad, comunicación, consenso, acuerdos, ternura, sensibilidad, respeto y admiración. Todo forma parte del mismo conjunto. A mí me gustaría que mis hijos tuviesen relaciones en las que se sintieran respetados, amados y cuidados en todas sus dimensiones. ¿Tú qué piensas?

Utilizo deliberadamente la expresión «educación afectivo-sexual» porque no podemos tratar la sexualidad como un departamento estanco.

–Que lo que hoy se transmite está demasiado centrado en la genitalidad y el placer, pero desligado de la afectividad, y que hay cuestiones proscritas como los efectos de la promiscuidad, la vivencia de la castidad o cómo resistir a la presión de grupo...

–Es que la presión de grupo tiene un papel enorme en la adolescencia. El adolescente necesita sentirse reconocido dentro de un grupo. No encajar, sentirse solo, puede ser para él un auténtico drama. Y esa necesidad de reconocimiento puede llevarle a hacer cosas que probablemente no haría de manera individual. Lo vemos con el alcohol, las drogas, el tabaco, el vapeo, el bullying y también con la sexualidad: «Si todos lo han hecho, yo tengo que hacerlo». Yo les digo a mis hijos: si necesitas hacer algo en contra de tu voluntad para pertenecer a un grupo, ese grupo no es. Si una pareja te exige determinadas cosas y te dice «si no lo haces es porque no me quieres», esa persona no es. Y si un amigo te dice que, si no participas en un botellón, no puedes pertenecer a la pandilla, esos amigos no son.

–Alguna vez ha contado a sus seguidores en redes que esto lo ha vivido en su propia casa...

–Sí, porque mi hijo pasó por una época en la que me decía: «Mamá, es que no encajo. Lo que les gusta a los demás a mí no me gusta». Yo le decía: «No tienes que encajar. Enhorabuena por ser capaz de decir que no. Ahí fuera hay otros chicos que viven y sienten como tú. Búscalos». Y los encontró. Años después, cuando sus amigos se fueron a Mallorca de viaje de fin de curso, él se fue con esos amigos a hacer el Camino de Santiago y han seguido viajando juntos.

Hablar de la presión de grupo es fundamental, porque nuestros hijos van a enfrentarse a ella en algún momento. Necesitan saber qué quieren y qué no quieren y tener libertad para decirlo.

–¿Con qué mensaje te gustaría terminar esta charla?

– Con un deseo: ojalá este cambio de mirada sobre la adolescencia llegue no sólo a los hogares, sino también a los institutos y colegios. Los adolescentes pasan allí una parte enorme de su vida y necesitamos profesores y responsables educativos que tengan una mirada empática, amable, flexible, compasiva y conocedora de la trascendencia de esta etapa. A veces he echado en falta esa mirada hacia los jóvenes. Ojalá este conocimiento llegue a todos los adultos que tienen contacto con adolescentes. Creo que se lo debemos a nuestros chicos.

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