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El Patio de mi casaJosé Antonio Méndez

¿Y si gana Sánchez, incluso aunque pierda?

«¡Ahora no toca! ¡Hay que desalojar al sátrapa como sea, y luego ya veremos!», dicen algunos. Pero, si como ya hizo Rajoy con la herencia de Zapatero en materia de aborto y familia, un posible Gobierno liberal-conservador llega para no tocar nada de las leyes de ingeniería social sanchista, será como si Sánchez hubiese ganado de nuevo. Y entonces, ¿a quién iremos a pedirle cuentas?

Al que trabaja en algo con pasión, se le nota incluso en el cuerpo. Hace años tuve el privilegio de entrevistar en su casa a Antonio Mingote, ya por entonces octogenario aunque abrumadoramente lúcido. Su esposa, una señora de los pies a la cabeza, Isabel Vigiola, me abrió la puerta con una sonrisa encantadora y me llevó hasta una sala que, por lo que recuerdo, era algo así como un corredor con un gran ventanal, decorado con plantas.

No me hagan mucho caso con los detalles, porque entonces era yo poco más que un pipiolo y estaba tan nervioso por hablar con aquella leyenda de mi gremio que no presté atención a los matices. Pero que había, como mínimo, un potos o dos, casi podría jurarlo.

Lo que sí recuerdo vivamente es que durante la hora larga que duró nuestra charla, los ojos se me iban de continuo a las manchas de tinta que Mingote tenía en el canto de la mano. No eran meros borrones de quien ha sido pillado en plena faena –como, de hecho, había sido el caso–. Eran, más bien, una especie de mapa cartográfico: como escorrentías por un cañón, la tinta se le hendía por las grietas callosas que décadas de trabajo le habían impreso en la piel.

El lunes me acordé de aquella tez tatuada de afanes al ver la cara de Sánchez cuando nos anunció, por fin, la convocatoria de elecciones. (Y eché de menos, todo hay que decirlo, a la generación de Mingote y Campmany, que no me cabe duda hoy habrían querido trabajar en El Debate).

Sin tanto maquillaje como en la célebre comparecencia de Ferraz, esta vez su tono macilento y ojeroso trataba de pasar por la compunción de un hombre honorable. Incluso creo que a fuerza de querer matizar su moreno-Mareta lucía ligeramente un amarillo-cirrótico. Pero lo innegable es que los afanes de su trabajo han hecho mella en el cutis del presidente, otrora lozano y saludable.

Porque Sánchez, en honor a la verdad, ha sido un hombre tremendamente trabajador en estos años. ¿Para sus propios fines y ciscándose en todo aquello que no le sirviese para sí mismo? Sin duda alguna; pero sin haber bajado los brazos ni un solo instante en su empresa.

Además, ha vuelto a demostrar que el PSOE es el partido que más se ha preocupado en España por el bienestar de la familia. De su familia, para ser más precisos. De la familia de los miembros del PSOE, que de no ser un partido político bien podría ser una sucursal de Red Eléctrica Española, de tantos enchufes como tiene.

Ahí están todos los movimientos del presidente por enchufar, encubrir y hasta contratar a narcotraficantes gitanos para proteger a su hermano David. Ahí, la generosidad con que pagó con dinero público –o sea, suyo y mío– la estancia secreta y el tratamiento médico de su cuñada en Moncloa. Ahí, la celosa privacidad con que ha ocultado los estudios elitistas, privados y carísimos de su hija en el extranjero. Ahí, el velo de impostada indignación con que siempre aparenta cubrir las evidencias sobre los negocios de prostitución y proxenetismo de su suegro.

Y, sobre todo, ahí está la pasión, digna de telenovela turca con visos de tragedia griega, con que ha urdido todo un entramado para proyectar y lucrar primero, y escudar y enmascarar después, a su esposa, Begoña Gómez.

Desconozco si cuando dijo en su tuit a la ciudadanía que era «un hombre profundamente enamorado» decía la verdad, era un trampantojo de propaganda, o sólo está enamorado de los beneficios que le ha procurado su matrimonio con la hija de Sabiniano, el de las saunas gays en las que presuntamente se espiaba a otros políticos.

Lo que no me cabe duda es que de aquí al 29-N, Sánchez va a redoblar sus esfuerzos para no perder el poder, y así manipular y torcer el horizonte judicial al que se enfrenta su clan. Sea porque los ame de verdad, o porque el destino penal de los suyos está ligado al suyo propio, Sánchez, ese hombre de familia, va a actuar como un jabalí acorralado que protege a su camada para salvar su pellejo. Y ya ha demostrado que no tiene freno moral alguno, ni línea roja que no esté dispuesto a cruzar para lograrlo.

Por eso es tan necesaria la movilización electoral de todo aquel que quiera derrocar al patriarca sanchista, y estar atentos a cualquier triquiñuela o amaño que pueda llegar a perpetrar (voto por Correo y Ley de nietos incluidos).

Ahora bien, si su familia es lo que mueve a Sánchez, tanto o más importante es la familia para el electorado conservador. Que no lo olviden las derechas.

Ahora bien, si su familia es lo que mueve a Sánchez, tanto o más importante es la familia para el electorado conservador. Que no lo olviden las derechas.

Y por eso, sería muy de agradecer que el PP, Vox e incluso Alvise tengan los arrestos de no tomar por rehenes a sus posibles votantes, pidiéndonos votar a ciegas en asuntos nucleares como la legislación en torno al aborto, que elimina a nuestros hijos (porque ninguno ha dicho cómo lo va a legislar); la eutanasia, que mata a nuestros mayores y enfermos; las políticas de natalidad contra el invierno demográfico (el nudo gordiano en el que confluyen vivienda, pensiones e inmigración); o a las leyes educativas (que son, desde hace décadas, máquinas de adoctrinamiento progre).

«¡Ahora no toca! ¡Hay que desalojar al sátrapa como sea, y luego ya veremos!», dicen algunos. Pero, si como ya hizo Rajoy con la herencia de Zapatero en materia de aborto y familia, un posible Gobierno liberal-conservador llega para no tocar nada de las leyes de ingeniería social sanchista, será como si Sánchez hubiese ganado de nuevo. Y entonces, ¿a quién iremos a pedirle cuentas?