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La lupa de la familiaCristina NoriegaInstituto CEU de Estudios de la Familia

«Papá, tenemos que llevarte a una residencia»: el trauma de las familias que no pueden cuidar de sus mayores

«La entrada en una residencia no supone renunciar al cuidado de los padres mayores, sino compartirlo», explica la doctora Cristina Noriega García. Muchas familias, sin embargo, siguen cargando con la culpa de no poder atenderlos en sus propias casas.

Ingresar a un padre, una madre o un cónyuge en una residencia de personas mayores es, con frecuencia, una de las decisiones más difíciles a las que se enfrenta una familia. A menudo, ese paso llega tras meses o años de entrega, reorganización de la vida cotidiana y un importante desgaste físico y emocional.

Sin embargo, cuando llega el momento del ingreso, suele aparecer una sensación incómoda: la impresión de estar dejando de cuidar o trasladando a otros una responsabilidad que corresponde a la familia.

Nada más lejos de la realidad.

Quizá la culpa surge porque seguimos entendiendo el cuidado desde una idea antigua: pensar que querer a alguien significa hacerlo todo uno mismo. Sin embargo, cuando las necesidades aumentan, cuidar también significa reconocer los propios límites y buscar los apoyos necesarios para garantizar el bienestar y la dignidad de la persona amada.

Por eso conviene romper una creencia muy arraigada: ingresar a una persona mayor en una residencia no supone abandonar el cuidado. Supone transformarlo.

Conviene romper una creencia muy arraigada: ingresar a una persona mayor en una residencia no supone abandonar el cuidado. Supone transformarlo.

En las últimas décadas, la atención a las personas mayores ha evolucionado hacia modelos más humanizados. La Atención Centrada en la Persona sitúa a cada individuo en el centro de las decisiones, reconociendo su historia, sus valores, sus preferencias y sus relaciones significativas.

En este modelo, la familia no es una visitante ni una observadora externa. Es una parte esencial del equipo de cuidados y debe sentirse legitimada para participar y ser escuchada.

Los profesionales aportan conocimientos técnicos y experiencia especializada. La familia aporta algo igualmente valioso: el conocimiento profundo de la persona. Conoce sus gustos, sus rutinas, sus recuerdos más importantes, aquello que le reconforta y aquello que le preocupa. Esa información resulta fundamental para ofrecer una atención verdaderamente personalizada.

Por ello, la participación familiar puede concretarse de muchas maneras. Colaborar en la elaboración de la historia de vida ayuda a comprender quién es la persona más allá de sus necesidades de apoyo. Participar en los Planes de Atención y Vida permite incorporar sus valores y preferencias a las decisiones cotidianas. Mantener tradiciones familiares, compartir actividades o acompañar en momentos significativos contribuye a preservar vínculos que siguen siendo esenciales para su bienestar.

Porque las personas mayores no dejan de necesitar afecto, pertenencia o sentido cuando ingresan en una residencia. Siguen necesitando sentirse padres, madres, abuelos, amigos, vecinos y miembros de una comunidad.

Las personas mayores no dejan de necesitar afecto, pertenencia o sentido cuando ingresan en una residencia.

Pero el reto del envejecimiento tampoco puede recaer exclusivamente sobre los hombros de las familias. Durante mucho tiempo hemos considerado el cuidado como un asunto privado, sostenido casi siempre por unos pocos familiares. La realidad actual nos invita a ampliar la mirada.

El cuidado es una responsabilidad compartida.

Junto a las familias y a los profesionales, la comunidad también tiene un papel importante. Amigos que mantienen el contacto, vecinos que continúan visitando, asociaciones, voluntarios o parroquias ayudan a que la persona siga vinculada a su entorno y mantenga un lugar activo dentro de la comunidad a la que pertenece.

Una residencia no debería convertirse en una frontera que separa a la persona de su mundo, sino en un espacio abierto donde familia, profesionales y comunidad colaboren para favorecer una vida plena y con sentido.

El ingreso en una residencia no pone fin a los cuidados. Tampoco los traslada por completo a los profesionales. Lo que cambia es la forma de cuidar. La familia continúa acompañando, los profesionales aportan su experiencia y la comunidad ayuda a mantener vivos los vínculos y la participación social.

Porque cuidar no es hacerlo todo uno mismo. Cuidar es construir una red en la que nadie quede solo. Ni las personas mayores, ni sus familias, ni quienes las atienden cada día.

Y una sociedad verdaderamente humana se reconoce precisamente por eso: por entender que el cuidado es una responsabilidad de todos.

La Dra. Cristina Noriega García es profesora titular del Departamento de Psicología de la Universidad San Pablo CEU y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.