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21 de julio de 2024

Israel's Prime Minister Benjamin Netanyahu and his wife Sara are seen as they  in Israel, on April 8, 2015.

Benjamin Netanyahu y su mujer SaraGTRES

Líos de falda en Israel: del héroe expulsado de casa por su mujer al presidente condenado por violación

Desde el general Dayan hasta el actual primer ministro, la opinión pública ha sido comprensiva con los políticos infieles

El político más sexy de Israel. Así definía, en 1993, la prensa local -y parte de la internacional- a Benjamín «Bibi» Netanyahu, por entonces joven promesa de la política israelí y aspirante a líder del Likud. Quien hoy sigue rigiendo los destinos del Estado hebreo tenía en aquella época 44 años, hacía dos que había contraído matrimonio por tercera vez –con la azafata de vuelo Sara Ben Artzi– y su carrera hacia el mando de la formación conservadora parecía imparable.

Por lo menos hasta que un alto cargo del partido reciclado en chantajista llamó por teléfono a Sara para transmitirle un mensaje bien claro: o «Bibi» se retiraba de las primarias del Likud, o pronto se emitiría un vídeo en el que mantenía relaciones con otra mujer. Netanyahu frustró la consumación del chantaje acudiendo a un programa de televisión en el que admitió el adulterio al tiempo que denunció los métodos utilizados para desestabilizarle. Esta intervención preventiva le fue políticamente beneficiosa.

Lo cierto es que el episodio sirvió para arrojar luz sobre las intimidades de los dirigentes en un país que, si bien no las ignoraba, sí que las esquivaba. Como escribía Dina Kraft en The New York Times allá por 2006, «los fundadores del sionismo trataron de crear el 'nuevo judío', con el objetivo de transformar a los judíos que vivían en la diáspora, percibidos como ratones de biblioteca y débiles, en hombres de músculo y poder». Un enfoque necesario para mantener cohesionado a un Estado de reciente creación, que vivió las primeras décadas de su existencia bajo la amenaza constante de sus vecinos.

Pero hubo rasgones a esta regla tácita: el más notable fue el del general Moshe Dayan, el «hombre del parche», héroe por antonomasia de Israel. El brillante oficial de la guerra de 1948, agudo jefe del Ejército en la de 1956 y artífice –en su condición de ministro de Defensa– de la espectacular victoria de 1967 tuvo que soportar la humillación pública de ver cómo Ruth, su mujer de toda la vida, le echaba de casa al tiempo que pedía –y obtuvo– el divorcio, harta de sus constantes infidelidades.

Moshe Dayan

Moshe Dayan

Dayan frecuentaba a muchas soldadas –el servicio militar es obligatorio para ambos sexos–, que entonces ejercían mayoritariamente funciones de secretarias de altos mandos, y por si no hubiera sido suficiente, Ruth Dayan, señora de fuerte carácter, continuó despedazando la fama de su antiguo marido en un libro de memorias, traducido al inglés bajo el título Or did I did a dream?, en el que evocaba su «mal gusto en lo tocante a las mujeres». La puntilla para el general llegó con otro libro, publicado después de la muerte de Dayan y escrito por su hijo Ehud, que prolongó los argumentos de su madre, acusando a su padre de «no respetar ni la mitad de los Díez Mandamientos». A buen entendedor… El general, eso sí, había desheredado previamente a su hijo.

Acoso sexual

De los familiares a las subordinadas y, también, de lo íntimo a lo delictivo: los últimos veinte años se han caracterizado por el abrupto final de brillantes carreras políticas por casos de acoso sexual puro y duro. El primero en caer fue Yitzak Mordechai, ministro de Defensa del primer Gobierno presidido por Netanyahu entre 1996 y 1999. Al año siguiente, cuando ya había dejado el cargo, varias subordinadas presentaron una querella por acoso sexual. Al final, Mordechai, cuya mujer también pidió el divorcio al publicitarse el escándalo, solo fue condenado por dos casos, beneficiándose de la insuficiencia de pruebas en el resto.

El ex presidente israelí Moshe Katsav

El ex presidente israelí Moshe Katsav

Sin embargo, este antecedente abrió una veda irreversible, gracias, entre otros motivos, a una ley –una de las primeras en un país democrático– sobre acoso adoptada en 1998. El siguiente en caer fue Haim Ramon, ministro de Justicia del Gobierno de Ehud Olmert: se le acusaba de haber besado a una soldada, en contra de su voluntad y en un edificio oficial, el 12 de julio de 2006, el mismo día en que estalló la guerra entre Israel y el Hizbulá. La coincidencia –se podían haber alegado razones de seguridad o de unidad nacional para aplazar cualquier decisión– no fue óbice para que Ramon dimitiese de forma inmediata. Prueba de que la nueva ley, y sobre todo, la evolución de las mentalidades en la sociedad israelí no admiten excepciones. Ni para el jefe de Estado: bien lo comprobó Moshe Katsav. Quien fuera presidente de Israel desde 2000 hasta su inevitable renuncia siete años más tarde ha sido el político de mayor rango en haber visto su carrera no solo interrumpida, sino por ser el único que ha pasado por la cárcel tras una sentencia firme por abusos sexuales. En su caso, amenazaba a mujeres con «ocuparse» de sus carreras profesionales si se negaban a mantener relaciones con él.

Su caso fue, asimismo, el primero en el que se supo el nombre de una de las víctimas: la alta funcionaria Odelia Kamon tuvo la valentía de denunciar públicamente a Katsav y de animar a las otras mujeres a seguir su ejemplo. A continuación, escribió un libro y un trabajo académico titulado «Reacción pospuesta al acoso sexual en el lugar de trabajo». En cambio, la condena a Katsav fue por violación. De ahí el lustró que pasó entre barrotes.

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