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Tropas de choque del ejército vietnamita en operaciones de combate contra la guerrilla comunista del Viet Cong

'Fragging', el método con el que los soldados de EE.UU. mataban a sus oficiales durante la guerra de Vietnam

Un estudio afirmó que al menos 1.016 oficiales y suboficiales habían sido asesinados por sus subordinados

Históricamente, la disciplina ejercida para cohesionar y hacer maniobrar con eficiencia a los ejércitos ha sido un indicativo de eficacia. Terribles eran los castigos a los que se exponían los infractores en las legiones de Roma, pero el legionario se mostraba orgulloso de la eficacia y profesionalidad de su unidad.

Este desarrollaba lazos afectivos con los miembros de su contubernium (unidad de ocho soldados que compartían tienda, impedimenta común y la mula de transporte), su centuria, su cohorte y su legión. Lo mismo lo encontramos en otros ejércitos de diferentes lugares y distintas épocas. Verbigracia, nuestros Tercios de Flandes durante los siglos XVI y XVII, el ejército de Federico II de Prusia, la Grand Armée, etc.

Pero tan antigua como la disciplina tenemos al «pedazo de animal» que la ejerce de forma despótica y embrutecedora, y al que el soldado percibe como peligroso para él y, por lo tanto, un enemigo. Entonces, tengamos un entorno de peligro donde el manejo de las armas es algo común y en el que la supervivencia puede depender de motivos aleatorios no predecibles, y un suboficial u oficial que es percibido como un peligro para la tropa. Tenemos aquí todas las papeletas para que se produzca un «lamentable accidente», con toda seguridad.

Tal vez el ejemplo más antiguo que tenemos documentado nos viene de la mano de Tácito en sus Anales I, 23.3. Tácito nos relata un motín que se dio en la Panonia (antigua región al norte del río Danubio) durante el cual fue asesinado un centurión, Lucilio, también conocido como «cedo alteram» («dame otro» en latín), por tener la costumbre de decir esas dos palabras cada vez que rompía el bastón —símbolo de su rango y hecho de dura madera de vid, conocido como vitis— sobre las espaldas de sus subordinados.

Otro caso famoso fue el del comandante sir William Clifford, del 15.º regimiento de infantería inglesa. Durante la batalla de Blenheim (1704), sabedor de cómo le odiaban las tropas por el duro trato que les daba, antes de atacar les pidió perdón y la gracia de morir a manos de los enemigos y no de una bala por la espalda. Efectivamente, cargaron y derrotaron al enemigo. Cuando Clifford se giraba para gritar victoria, recibió un balazo en la cara disparado por sus propios soldados.

La batalla de Blenheim por Joshua RossGovernment Art Collection, UK

En el sitio de Castelnovo, un lerdo —pues no se le puede dar otro calificativo— vio al secretario de cuentas del tercio de don Francisco de Sarmiento Mendoza y Manuel sentado sobre un barrilete de pólvora, que tenía como asiento mientras trabajaba en sus números. El mencionado cenutrio tenía rencores y deudas con el dicho secretario y, viendo la oportunidad, no se le ocurrió otra cosa que pegar fuego a la mecha del barrilete.

Provocó una explosión que se contagió a otros barriles y acabó con el desdichado secretario, el estúpido asesino, una docena más de compañeros que no tenían culpa de nada y la mitad de las reservas de pólvora con que contaba don Francisco para combatir al turco.

Pues bien, durante el siglo XX, en concreto durante el periodo que duró el conflicto denominado como guerra de Vietnam y dentro del ejército norteamericano, se desarrolló una actividad muy parecida, solo que con características propias. Se le denominó «fragging».

El nombre no era muy original: venía de fragmentation grenade (granada de fragmentación) y recibió el nombre por ser la granada el elemento favorito utilizado para realizar el fragging. La granada era anónima, era definitiva, era ruidosa y resonaba en todas partes.

El oficial o suboficial podía encontrarse leyendo el periódico mientras estaba sentado en la letrina cuando una granada llegaba rodando hasta sus pies. O podía estar adormilado en su pozo de tirador cuando, de ninguna parte —pero desde luego por el aire—, caía dentro de su pozo una granada sin palanca de seguridad. La eliminación del problema quedaba garantizada.

Si el objetivo de la acción no se conseguía, debido a una rápida reacción por parte de la víctima o a que tuviera una suerte demoníaca, el mensaje enviado quedaba lo suficientemente claro. Ahora era asunto suyo qué actitud tomar: si cambiar por otra más acomodaticia o continuar hasta el siguiente fragging.

Soldados estadounidenses en la guerra de VietnamUS Army

En 1979, Richard A. Gabriel consiguió publicar un demoledor trabajo en relación con este fenómeno, titulado Crisis in Command: Mismanagement in the Army (Crisis de mando: desgobierno en el ejército). Según este estudio, el pico de la crisis se produjo en el año 1971, en que se dieron 333 casos confirmados de fragging y 158 posibles.

El trabajo afirmaba que al menos 1.016 oficiales y suboficiales habían sido asesinados por sus subordinados e insinuaba que era probable que el 20 % de las bajas entre este colectivo fueran producidas por las tropas que comandaban. Con estos datos y conclusiones no nos parece nada extraño que el trabajo lo tuvieran «pendiente de aprobación» en el Ministerio de Defensa durante años.

El fragging se dio, aunque no de manera exclusiva, sí principalmente, en el ejército de tierra. Los marines y la aviación tenían una variante bastante menos sanguinaria denominada «fodding» (no traducible). Esta práctica consistía en sabotear la nave o vehículo colocando un objeto extraño en una parte sensible de su mecanismo, sabiendo que las consecuencias serían la inutilización del mismo durante un tiempo x (en función de la gravedad de la avería buscada). El arte de escaquearse, vamos.

Esta manera de actuar fue estudiada posteriormente por el doctor Charles Anderson, de la Universidad de Edimburgo. En 1981, publicó un estudio sobre ellos en la Revista del Instituto de Estudios para la Defensa del Reino Unido. En él razonaba: «Cada individuo, de cualquier unidad, que practicó el 'fragging' con un superior creía que sus actos estaban ampliamente justificados. Esto nos puede parecer increíble, pero cualquier persona que haya entrado en combate es consciente de la extrema dificultad de hacer juicios de valor en relación a los actos y pensamientos de los combatientes en zona de guerra».