Retrato ecuestre de Carlos VII, hacia el final del conflicto carlista. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau
Así terminó la última guerra carlista en 1876: exilio, derrota y una promesa incumplida
Carlos VII se despidió de sus leales con el celebérrimo y conciso «volveré». Nunca lo consiguió, pero dejó un ejemplo de valor en la batalla, humanidad e hidalguía que le acompañaron el resto de sus días
Febrero de 1876. Han pasado ciento cincuenta años desde que el pretendiente, rey don Carlos VII para los carlistas, abandonó España. Lo hizo una mañana invernal por la aldea de Valcarlos, el último rincón de España antes de pasar a Francia. Le acompañaban los restos de un ejército, reducido a un puñado de batallones mayoritariamente castellanos, porque los vascos y los navarros le habían abandonado días atrás. Se despidió de sus leales con el celebérrimo y conciso «volveré». Nunca lo consiguió. Dejó un ejemplo de valor en la batalla, humanidad e hidalguía que le acompañaron el resto de sus días.
La tercera guerra carlista había durado casi cuatro años, desde que el partido tradicionalista se alzó en armas, asqueado por los fraudes electorales que caracterizaron al sexenio revolucionario. Las dificultades iniciales del alzamiento se superaron con la marea de voluntarios que afluyó a sus filas ante el bochornoso espectáculo que dieron los gobiernos de la Primera República.
Fotografía de Don Carlos durante la guerra rodeado de voluntarios
Gracias a su esfuerzo se construyó un Estado que se extendió por grandes zonas del norte y el este de la Península, sobre todo en el País Vasco, Navarra, Cataluña, Aragón y Valencia. Un Estado que creó una administración pequeña pero eficiente, al que acudieron voluntarios del resto de España, particularmente castellanos y asturianos. La situación de anarquía y el pertinaz anticlericalismo de los liberales republicanos les habían empujado a empuñar las armas en defensa de una España que, en palabras del republicano Castelar, se estaba deshaciendo.
El factor religioso fue decisivo para conseguir esta movilización, mucho más que la cuestión de los fueros, a pesar de lo que suele creerse. Hasta tal punto fue así que, en una reunión en Zumárraga, los representantes forales vascos llegaron a exclamar: «¡Salvemos la Religión aunque perezcan los Fueros!». También influyeron las nefastas consecuencias de la desamortización para las clases populares.
En todo el País Vasco-Navarro la autoridad del Gobierno central se redujo a las cuatro capitales de provincia y a algunas plazas fronterizas. Lo mismo sucedió en bastantes comarcas catalanas, valencianas y aragonesas, regiones en las que se estableció una administración civil carlista, encabezada por las respectivas diputaciones.
Mariano de la Coloma, jefe de una partida en Cataluña
Los éxitos en el campo de batalla llevaron a don Carlos a ordenar la toma de Bilbao, con el espejismo de que su conquista conseguiría el reconocimiento del Estado carlista por las potencias conservadoras. El golpe de Estado de Pavía, la represión del cantonalismo y el restablecimiento del orden permitieron la recuperación de las fuerzas liberales. El general Concha consiguió finalmente levantar el sitio de Bilbao en mayo de 1874. Los carlistas no volverían a estar en situación de conseguir una victoria decisiva.
La guerra seguiría con variadas alternativas durante casi dos años, aunque las posibilidades carlistas se redujeron aún más a causa de la restauración monárquica proclamada en Sagunto por Martínez Campos en diciembre de 1874. La llegada a España de Alfonso XII, nuevo rey de España, junto a la instalación en Madrid de un Gobierno liberal-conservador y la derogación de la legislación antirreligiosa republicana, alejaron del carlismo a una gran parte del catolicismo moderado.
La puntilla se la dio el general Cabrera, el gran mito del carlismo, desde su exilio en Londres. La instauración del nuevo rey y sus proclamas respetuosas con la religión y la unidad de España le llevaron a declarar que no tenía sentido una guerra civil entre católicos y a reconocer la monarquía restaurada.
Se reorganizó el Ejército, incorporando fundamentalmente a soldados campesinos, escarmentados de experimentos revolucionarios y cercanos al predominante catolicismo. La mejora de la moral y la disciplina consiguió finalmente equilibrar la vigorosa combatividad de los carlistas. Empezaron a experimentar un retroceso del que ya no se recuperarían.
Consiguieron todavía éxitos como la batalla de Lácar, en la que estuvieron a punto de hacer prisionero al propio rey Alfonso, que debió escapar a uña de caballo. Pero los 33.000 voluntarios carlistas poco podían hacer ante el Ejército central, que ya reunía a más de 70.000 combatientes y unos mandos cada vez más profesionales y decididos. En noviembre de 1875, Martínez Campos consiguió tomar La Seu d’Urgell, con lo que finalizó la guerra civil en Cataluña. Poco después, otra enérgica campaña acabó con el reducto carlista del Maestrazgo.
Solo quedaba ya «el norte». Ahora toda la potencia militar del Gobierno podía centrarse en aquel frente. Se concentraron más de 120.000 hombres para la campaña final. Dos potentes ejércitos crearon una férrea tenaza alrededor del territorio rebelde. A principios de febrero de 1876, el ejército carlista vasco se evaporó tras el combate de Abadiano. Pocos días después cayó Estella y los acontecimientos se precipitaron. El día 28 atravesaron la frontera con Francia. Caminaban hacia el exilio más de 15.000 hombres, los oficiales rompiendo con rabia sus espadas. Todos marchaban orgullosos, con el convencimiento de no haber sido derrotados en el campo de batalla. La última guerra carlista había terminado.