Francisco Franco, el 19 de mayo de 1939
El día que Franco ganó la quiniela y cobró 900.333 pesetas
Al final de su vida seguía en su televisión con mucho interés la Liga española de fútbol y rellenaba sus boletos cada semana
Durante años, Francisco Franco jugó a la quiniela como cualquier español, acompañado por su médico de cabecera. Lo que pocos saben es que llegó a ganar un premio importante y que aquellas apuestas, además, financiaban obras benéficas impulsadas por su propio régimen. Este detalle, aparentemente anecdótico, revela una faceta poco conocida de Franco: su afición por el fútbol, por las quinielas y por ese tipo de rutinas que compartía con millones de ciudadanos, aunque desde una posición muy distinta.
A lo largo del franquismo surgieron numerosas obras benéficas. Esta labor comenzó durante la contienda, como fue el caso de la ONCE, que nació el 13 de diciembre de 1938 auspiciada por el cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer. La creación de instituciones de este tipo respondía a la voluntad del régimen de proyectar una imagen paternalista y social, especialmente en los años más duros de la posguerra.
Más adelante surgirían otras muchas. Una de ellas fue el Patronato de Apuestas Mutuas Deportivas Benéficas, fundado en 1946, que destinaba los ingresos recaudados por las quinielas a la construcción de instalaciones deportivas en todo el país. Aquellas apuestas, que se popularizaron rápidamente, se convirtieron en una fuente de financiación para infraestructuras deportivas y, al mismo tiempo, en una forma de entretenimiento masivo.
Franco y su médico, hasta su cese en 1974, el doctor Vicente Gil, jugaban semanalmente a la quiniela, al igual que tantos españoles. Gil, además de ser uno de los hombres más cercanos a Franco, era conocido por su carácter fuerte, directo y sin filtros, hasta el punto de que en ocasiones se permitía insultar a ministros del régimen, como hizo en una ocasión con Alfredo Sánchez Bella, ministro de Información y Turismo, al que reprendió con una dureza que pocos se atrevían a mostrar delante del caudillo.
Señala Vicente Gil en sus memorias, Cuarenta años junto a Franco, que rellenaban las quinielas «con algunas discrepancias pintorescas», lo que sugiere que incluso en algo tan trivial como un boleto deportivo surgían pequeñas discusiones y diferencias de criterio. Al principio, Franco intentaba ocultar su identidad y en el apartado del nombre escribía «Francisco Cofran», invirtiendo el orden de los apellidos para pasar desapercibido.
Más adelante dejó de disimular y comenzó a escribir su nombre completo, indicando como domicilio el Palacio de El Pardo. Era el doctor Gil quien se encargaba de llevar ambos boletos a una oficina de apuestas situada en la calle Princesa, donde los depositaba como cualquier otro ciudadano, mezclándose entre la gente sin llamar la atención.
La participación en la quiniela tuvo su beneficio, y el 26 de mayo de 1967 Franco obtuvo un premio de 900.333 pesetas tras acertar doce resultados en una quiniela de partidos de la Liga italiana. En realidad, los aciertos habrían sido catorce, pero la anulación de dos encuentros convirtió aquel boleto en premiado. Franco, como lo habría hecho cualquier otro jugador, se alegró enormemente y ordenó a su ayudante, Carmelo Moscardó, que acudiera a cobrarlo. No era la primera vez que tenía suerte: en otra ocasión ya había ganado un premio menor de 2.800 pesetas.
El doctor Gil también tuvo su momento de fortuna, aunque con un desenlace menos favorable. Se enteró de que había acertado una quiniela de catorce estando en Albacete, en casa de Mateo Sánchez Rovira. Desde que asumió la Jefatura del Estado, Franco se había vuelto muy reservado y mantenía una relación estrecha solo con un reducido círculo de amigos, entre ellos el propio Sánchez, además de Pepe Iveas, Max Borrel, Andrés Zala o Pedrolo, que llegaría a ser ministro de Marina.
Mateo Sánchez había conocido a Franco en la posguerra. El general viajó a Albacete para reunirse con las personalidades más destacadas de la provincia, que reclamaban la reapertura del ferrocarril para facilitar la salida de los cereales. Aquel era un hombre directo y decidido e insistió ante Franco en que aquella red ferroviaria era la mejor de España. A partir de entonces, el caudillo comenzó a cazar en la finca Orán, donde se celebraron ojeos de perdices hasta la década de 1970. Mateo, además, era quien se atrevía a contarle los últimos chistes sobre su propia figura, provocándole la risa y demostrando una confianza poco habitual en su entorno.
En una de esas estancias en Albacete, el doctor Gil llegó emocionado y tarde a la cena para anunciar que había acertado la quiniela. Mateo Sánchez quiso comprarle el boleto por 25.000 pesetas, pero Franco disuadió a ambos afirmando: «Nada, la suerte hay que jugarla». El médico siguió el consejo del Caudillo, pero pronto se arrepintió. Debido al elevado número de acertantes, el premio final fue de tan solo 128 pesetas, una cantidad irrisoria comparada con lo que esperaba.
Estas historias sacan a la luz un rasgo poco conocido de Franco: su pasión por el fútbol y las quinielas. Al final de su vida seguía en su televisión, con mucho interés, la Liga española de fútbol y rellenaba sus boletos cada semana, como tantos españoles, manteniendo así una rutina que lo conectaba con la vida cotidiana del país que gobernaba.