Leopoldo II de Bélgica y las víctimas de las mutilaciones realizadas por las autoridades del Congo, colonia belga
Dinastías y poder
Los «zoos humanos» de Leopoldo II en el Congo, el mayor abuso del colonialismo europeo
Mientras se cuestiona en España la conquista de América, Europa protagonizó episodios como los «zoos humanos» del Congo de Leopoldo II, donde seres humanos fueron tratados como objetos de exhibición
Ahora que se cuestionan los supuestos abusos cometidos por España en México, ¿qué decimos ante esto? En 1897 más de doscientas personas congoleñas fueron exhibidas en un entorno artificial que pretendía recrear sus aldeas. Eran los zoos humanos, publicitados en la prensa, donde no había reparos en anunciar incluso el precio de los tickets por la visita.
Es el ejemplo más claro de racismo colonial europeo a comienzos del siglo XX. Ante esto, parece oportuno echar la vista a las naciones que explotaron, más que ninguna otra, territorios y naciones. El caso más conocido y execrable puede ser el de Leopoldo II de Bélgica, cuya administración del Estado Libre del Congo dejó una huella de deshumanización difícil de igualar en los últimos siglos. Y no son los de la conquista.
Leopoldo II pertenecía a la Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha, dinastía de origen alemán que llegó a ocupar varios tronos europeos durante el siglo XIX. Su padre fue Leopoldo I de Bélgica, quien se convirtió en el primer rey de los belgas en 1831 tras la independencia del país y que orquestó una hábil política matrimonial para conectar el nuevo país con otras monarquías europeas, incluida la británica. El príncipe Alberto, el llorado esposo de Victoria, era su sobrino. Y ella misma también lo era.
Leopoldo II
Leopoldo II nació en 1835 y ascendió al trono en 1865. Desde joven mostró interés por la expansión colonial, algo que podía sorprender en un Estado pequeño y joven, sin tradición de conquista. De hecho, su ambición personal fue determinante para que el país se implicara en la carrera imperialista, aunque en realidad el Congo fue durante décadas una posesión privada del monarca y no del Estado belga.
Leopoldo II se había casado con María Enriqueta de Austria, archiduquesa de la poderosa casa de Habsburgo, con la intención de robustecer su poder. El matrimonio parece que no resultó especialmente feliz. Tuvieron cuatro hijos, aunque la muerte de su único varón, el príncipe heredero, marcó la relación. Con el tiempo, la pareja se distanció y Leopoldo mantuvo diversas relaciones extramatrimoniales, que contribuyeron a ensombrecer su imagen.
Mientras tanto, en África, su proyecto colonial tomaba forma bajo el nombre de «Estado Libre del Congo». Establecido en 1885 tras la Conferencia de Berlín, este territorio se convirtió en un vasto sistema de explotación económica basado en el caucho, los diamantes y el marfil.
Leopoldo II exportó además su modo de entender el colonialismo a Europa a través de otras prácticas execrables. Uno de estos instrumentos fueron los llamados «zoos humanos». Estas exhibiciones, aunque se dieron también en otros países, adquirieron bajo su patrocinio una dimensión especialmente significativa.
La prensa de la época, lejos de denunciarlos, los presentaba como espectáculos atractivos por su exotismo. En un cartel que se conserva en la hemeroteca 'Bibliothèque nationale de France' (Gallica), pueden encontrarse anuncios que invitan al público a contemplar estas llamativas exhibiciones para los occidentales: Véritable village nègre avec ses habitants, leurs mœurs et leurs coutumes; es decir, «auténtico poblado negro con sus habitantes, sus costumbres y sus usos», presentado como una atracción turística de ocio europeo.
Durante la Exposición Universal de Bruselas de 1897, más de doscientas personas congoleñas fueron exhibidas en un entorno artificial que pretendía recrear sus aldeas. Los visitantes europeos paseaban frente a ellos y observaban sus costumbres, vestimenta y actividades cotidianas como si se tratara de animales en cautiverio.
Foto de «Hombres congoleños con las manos cortadas», tomada por Alice Seeley Harris
Estos «zoos humanos» alimentaron la curiosidad del público europeo y reforzaron la narrativa ideológica que justificaba el imperialismo: los pueblos africanos se presentaban como «primitivos» y, de este modo, se legitimaba la idea de que Europa tenía la responsabilidad y el derecho a gobernarlos. La ciencia, influida por las teorías raciales de entonces, llegó a justificarlo como estudios etnológicos.
A comienzos del siglo XX, las denuncias empezaron a hacerse frecuentes. Misioneros, religiosos católicos y diplomáticos sacaron a la luz informes sobrecogedores que, de algún modo, forzaron a Leopoldo II en 1908 a ceder el control del Congo al Estado belga. De este modo, ponía fin a su dominio personal sobre el territorio.
Leopoldo II murió en 1909, bastante criticado en el ámbito internacional, aunque respetado por ciertos sectores belgas que valoraban las infraestructuras, la industrialización y los monumentos que promovió en el país. El trono pasó a su sobrino, Alberto I de Bélgica, quien inició un reinado marcado por un estilo diferente, especialmente durante la Primera Guerra Mundial, donde se ganó una reputación de monarca cercano a su pueblo. Estaba casado con Isabel de Baviera, sobrina de Sissi.
En ciudades como París y Barcelona también se organizaron exhibiciones de este tipo, especialmente entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. En la capital francesa, el Jardín de Aclimatación, en el parisino Bois de Boulogne, acogió varios de estos espectáculos.
El precio de la entrada para ver una muestra de pueblos nubios era de un franco, aunque los domingos resultaba más caro. En Barcelona se integraron en exposiciones y ferias, que reflejaban una mentalidad colonial ampliamente extendida en Europa. Publicaciones como La Ilustración Artística o el satírico catalán La Esquella de la Torratxa dan buena cuenta de ellas.