La gesta de la recuperación de la valiosa bandera del Regimiento de Toro
Grandes gestas españolas
La gesta de la recuperación de la valiosa bandera del Regimiento de Toro
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En una sala de subastas de París, una pieza de tela esperaba su destino. En el catálogo figuraba como una «tela de patchwork en malas condiciones». Patchwork significa literalmente «trabajo de parches», ya que consiste en unir pequeños trozos de tela de diferentes colores para formar un diseño, una especie de mosaico textil propio de colchas y trabajos de costura modernos. Era una curiosidad menor entre muebles, porcelanas y cuadros de firma dudosa y no tan dudosa. Nadie reparó en ella, ni mucho menos sospechó que estaban ante una pieza única en su género.
El patchwork tal y como llegó
El coleccionista aragonés Luis Sorando Muzás, uno de los máximos expertos europeos en vexilología —disciplina que combina ciencia, arte e historia de las banderas—, recibió el aviso de un amigo. « Oye, en una subasta ha salido a la venta un paño que, aunque el anuncio dice otra cosa, parece verse un escudo de España». La pieza aparecía descrita con escasos detalles. Sin embargo, en el catálogo—pese a su mala calidad— se adivinaban elementos que solo un ojo muy entrenado podía reconocer: fragmentos de un escudo real y restos del aspa borgoñona, que no encajaban con un simple paño doméstico. Y Sorando, acostumbrado a que donde otros ven tela vieja, ver identidades, campañas, ciudades, regimientos y vidas, intuyó que aquella «pieza menor» podía esconder «una historia mayor». En ocasiones había tenido la sensación de que no era él quien encontraba una bandera, sino que era la propia bandera la que lo reclamaba. Y en este caso, así le pareció.
Luis Sorando Muzás, vexilólgo y uniformólogo napoleónico
Los días previos a las pujas estuvo nervioso. Pensaba que nadie se interesaría, pero no podía estar seguro. Llegó el día de la subasta y algunos pujaron por aquel trozo de tela decorativo sin más. Finalmente logró hacerse con ella: podía atesorar una historia que debía desvelar. Tenía por delante una ardua investigación y, con suerte, un hallazgo.
Una pieza única… y herida
La enseña, de dos metros por dos, no llegó en un buen estado. El soporte original —un tafetán de seda ligero y frágil— había desaparecido casi por completo. En su lugar, se encontraba con una tela de baja calidad que apenas sostenía los bordados supervivientes, como si alguien, en algún momento, hubiera intentado salvar lo que pudo sin medios ni criterio.
A simple vista, su estado era desolador. Sin embargo, el vexilólogo, acostumbrado a tratar banderas convertidas en «auténticos jirones», consideró con ilusión que, para una pieza de su género y antigüedad, «estaba bastante bien». Sobre el fondo blanco se conservaba parte del escudo real dispuesto sobre el aspa roja de Borgoña, sostenido originariamente por dos leones, de los que ya solo se distinguían fragmentos de las garras. Partía de una base sólida: Fernando VI había sido el monarca que introdujo en las enseñas militares la combinación de su escudo real, el mismo de Felipe V, pero sobre el aspa roja de Borgoña y entre dos leones tenantes. Pero era casi imposible que lo fuera, porque apenas se conservaban ejemplares de ese reinado (1746-1760) ya que las reales ordenanzas vigentes disponían la destrucción de las banderas que quedasen en desuso, salvándose tan solo las tomadas por el enemigo, o alguna que por voto especial hubiese sido ofrecida por su coronel a alguna advocación religiosa El verdadero enigma, sin embargo, se escondía en las esquinas.
El enigma de los escudos
La bandera era una coronela, la más importante del regimiento: la que acompañaba al coronel y simbolizaba la unidad en su máxima expresión. En cada esquina llevaban escudos idénticos. Pero lo curioso de esta pieza es que cada esquina tenía uno diferente, algo insólito. Esa irregularidad hizo de la identificación una auténtica quimera.
Escudo de Zamora en una de las esquinas.
El escudo de Zamora estaba ahí, claro, rotundo, con su característico brazo armado que sostiene una bandera de tiras. Lo extraño era que el otro mostraba un león. Pero los leones habituales son rampantes mirando a la derecha, y este, en cambio, era pasante y lo hacía a la izquierda. Las otras dos esquinas, el tiempo las había devorado.
Escudo con el león mirando a la izquierda
Sorando, lejos de desanimarse, la cuestión de la bandera fue todo un reto. Sabía que, en el siglo XVIII, los Regimientos de Milicias Provinciales podían nutrirse de hombres de otras localidades cuando no alcanzaban el número necesario. En esos casos, aunque el regimiento conservara su nombre, las banderas debían mostrar los escudos de las ciudades que aportaban tropas.
Se planteó estudiar, por proximidad a Zamora, el Regimiento de Milicias Provinciales de Toro. De todos los Regimientos del ejército de Fernando VI, solo se conservaba una, otra Coronela, que había identificado él mismo como del Provincial de Santiago. Esta última, en poder de Francia, había sido devuelta por Petain como contamos en La gesta del retorno de la Dama de Elche, La Inmaculada y otros símbolos de identidad nacional.
No le servían comparativas. Existía otra bandera de Toro en la Armería Real, pero sin escudos, tal como contemplaba el reglamento de 1715. Pero además, había algo evidente: si fuera el regimiento de Toro, tendría toros, no leones. Hasta que, tras mucho investigar, la pista apareció bien visible. Estaba en la propia fachada del Ayuntamiento de Toro que lucía dos escudos pétreos, el uno con un toro y en el otro un león idéntico al de la bandera. La lógica llevó a Sorando a deducir que, en una de las esquinas desaparecidas se repetiría el escudo de Zamora y que en el otro figuraría el toro que, junto al león formaban el escudo de la ciudad de ese nombre.
Escudos pétreos de la achada del Ayuntamiento de Toro, uno con un toro y otro con un león
Esta conclusión le llenó de orgullo, como vexilólogo y como español. La había encontrado y la había identificado. Datada a mediados del XVIII, era uno de los escasísimos testigos materiales del Ejército de Fernando VI, y pertenecía al Regimiento de Milicias Provinciales de Toro.
Ayuntamiento de Toro
Curiosamente, conservaba en su colección un botón metálico de un uniforme de 1815 de este mismo regimiento, una pequeña pieza que, en cierta manera —si esto fuera una novela—, lo habría predestinado a encontrarse con la bandera.
Los Regimientos de Milicias Provinciales, se crearon a principios del XVIII, estaban formados por hombres que ya habían completado su instrucción en el Ejército, pero que debían permanecer disponibles en caso de conflicto.
Milicias Provinciales 1746
En 1763 Carlos III implantó un nuevo modelo de bandera coronela, y debió ser entonces cuando las dos anteriores, la de la Armería y la de Sorando, fueron depositadas en la colegiata, salvándose por alguna misteriosa razón de ser destruidas, tal y como disponían las reales ordenanzas, con lo que su recuperación” había sido un milagro”.
Cómo la bandera de Toro acabó en París
Resuelto el enigma del regimiento, le quedaba otro misterio por resolver: ¿Cómo había llegado la bandera a Francia?
La primera idea que barajó fue la más evidente: habría sido tomada por el enemigo en algún conflicto bélico. Pero no. La bandera correspondía a una época de paz, en la que el Regimiento de Toro no había participado en campañas militares.
Y cuando estudió la ficha de la otra bandera del regimiento, la que se conserva en la Armería Real, dio con el quid. Se indicaba que había sido comprada en 1907 al anticuario R. García. Este había ofrecido dos enseñas adquiridas «a las monjas de la Colegiata de Toro», pero solo compraron una: la que hoy exhiben, de Felipe V y sin escudo del regimiento. Concluyó que la segunda bandera era la que había recuperado y que siguió otro camino: Habría salido de las monjas de Toro hacia anticuarios y coleccionistas de París y ahora, tantos años después podría regresar a casa.
Su lugar natural: el Museo del Ejército
En un primer momento, la intención de Sorando fue incorporar la bandera a su colección de piezas singulares de la historia militar. Pero tomando conciencia de su valor histórico excepcional, cambió de idea. El lugar natural de aquella bandera era una institución que garantizara su conservación, estudio y exhibición pública. Y no podía ser otro que los fondos del Museo del Ejército con quien suele colaborar. De hecho, como uno de los mayores especialistas del mundo en vexilología y Presidente de la Asociación Napoleónica España, es autor de varios libros, entre ellos cuatro tomos del catálogo razonado de las banderas del Museo del Ejército.
Banderas y estandartes del Museo del Ejercito 1843-1931
No quiso recibir más suma que lo que le costó. De haberla restaurado él, o vendido ya identificada, su valor sería casi incalculable. Fue un gesto de generosidad, de compromiso con la Historia. Y, por qué no decirlo, de patriotismo.
El Alcázar de Toledo, sede del Museo del Ejército
La bandera llega al Museo del Ejército
Cuando la bandera llegó al Museo del Ejército, el paño aparecía muy deteriorado, los motivos se intuían poco bajo la suciedad y la fragilidad del tejido hacía impensable cualquier exhibición directa. El reverso, en mejores condiciones, permitía distinguir los elementos que habían guiado a Sorando: el escudo real de Fernando VI, con los cuarteles de Castilla y León distribuidos según la heráldica borbónica. También se apreciaba, aunque descolorido, el escusón central propio de la dinastía. Y, bordados con sorprendente delicadeza pese al desgaste, emergían los escudos de Toro y Zamora, confirmando el origen de aquella bandera que, aún conservaba la dignidad de ser testigo de la historia.
Escudo actual de Toro
La Real Fábrica de Tapices: restaurar lo irrepetible
Era evidente que la pieza necesitaba una intervención altamente especializada. Y nadie mejor que el equipo de restauración de la Real Fábrica de Tapices, institución creada por el hermano de Fernando VI, Felipe V, y que ha devuelto la vida a algunos de los tejidos más importantes del patrimonio español.
La intervención sobre la bandera fue larga y compleja para que recuperase estabilidad y legibilidad. La limpieza mecánica, hidratación de fibras, el alineado, la consolidación de las zonas más frágiles, y reconstrucción de las lagunas, lograron completar visualmente el conjunto.
Bandera del Regimiento de Milicias Provinciales de Toro restaurada por la Real Fábrica de Tapices
El proceso culminó encapsulando la bandera en nylonet sobre una impresión digital en la que puede verse su aspecto original, quedando los restos auténticos preservados para el futuro.
La intervención se enmarcó en un proyecto de recuperación de fondos textiles del Museo del Ejército: un patrimonio que, durante demasiado tiempo, ha sido el gran olvidado de la historia militar. La financiación vino de la mano de la Fundación del Museo del Ejército y el apoyo del grupo Inditex, el gigante industrial surgido del empresario gallego creador de Zara.
Luis Sorando: el hombre que escucha a las banderas
Y es que desde los estandartes de los ejércitos antiguos hasta las que hoy presiden instituciones y ceremonias civiles, las banderas han sido siempre testimonio de identidad y, como afirma el aragonés poseen una capacidad única para emocionar sin que la razón lo alcance a explicar.
Cuando esta bandera se exhiba en la vitrina del Museo del Ejército, transmitirá la memoria de los regimientos provinciales y del vínculo entre las ciudades y sus milicias. En este caso, evocará a aquellos hombres recios de Toro y Zamora —con capítulos heroicos cuando formaban parte del Reino de León— que la portaron como emblema de lealtad, pertenencia y sacrificio por la Patria.
Luis Sorando
Su recuperación no ha sido solo la de un símbolo rescatado ni la de una historia desvelada, sino el resultado de una auténtica gesta colectiva: la pericia de la Real Fábrica de Tapices, el compromiso del Museo del Ejército y de su Fundación, el aval del gran empresario gallego hecho a sí mismo y la intuición y sapiencia de Sorando, que convirtió un trozo de tela en un fragmento de historia. Tras cruzar fronteras y siglos, la bandera ha regresado finalmente a manos de quienes pueden custodiarla y comprenderla.
Porque la memoria de un país no solo se escribe con tinta. También se borda, se deshilacha, se pierde y, a veces, se recupera. Y como en este caso, no vuelve solo una bandera: vuelve una parte de quienes la alzaron, y una parte de la historia de España, como testigo indomable de un pasado que reclama ser contado.