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Raimundo Bassols, embajador de España, durante la entrevista con El DebateJavier Jiménez-Ugarte

Entrevista al diplomático Raimundo Bassols

Raimundo Bassols: «Al solicitar su adhesión a Europa, España no podía hacer el ridículo»

Raimundo Bassols, decano de la diplomacia española, recuerda para El Debate los duros inicios de las negociaciones con Bruselas

Con un siglo de existencia cumplido el pasado 3 de abril, una memoria prodigiosa y un gran caudal de energía, el embajador Raimundo Bassols recibe en su piso del madrileño barrio de Salamanca, dispuesto a contar sus verdades sobre los inicios de las negociaciones de adhesión de España a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea (CEE). Un acontecimiento del que en 2026 se cumplen 40 años, pero cuyos inicios hay que situar en 1976.

El embajador Bassols conoce el asunto mejor que nadie, pues a finales del verano de ese mismo año el Gobierno de Adolfo Suárez le nombró, a propuesta de Marcelino Oreja, ministro de Asuntos Exteriores, representante permanente de España ante la CEE.

El ya avezado diplomático —había ingresado en la carrera allá por 1954— admite que la situación de España respecto de la CEE es la consecuencia de situaciones anteriores sedimentadas hace décadas.

—España estaba aislada internacionalmente desde 1944, cuando no nos dejaron entrar en el Fondo Monetario Internacional, en el Banco Mundial ni en Bretton Woods. Esa es la primera etapa [de la recuperación europea tras la Segunda Guerra Mundial], que dura hasta que se crearon las Comunidades Europeas en 1957. Tampoco ingresamos en Naciones Unidas, que nos sancionó, ni formamos parte del Plan Marshall ni de la OCDE.

—Aislamiento total.

—Aislamiento total que empieza a declinar en 1953, con la firma de los primeros acuerdos con Estados Unidos.

—En relación con la CEE, las intenciones de España empiezan a acelerarse con la llegada de Alberto Ullastres al Ministerio de Comercio, primero, y a la representación española en Bruselas, después. Es un punto de inflexión.

—Un punto de inflexión importante. También hay que recordar a José Luis Cerón, director general de Relaciones con la CEE. Sucedí a ambos. Ellos negociaron el Acuerdo Preferencial de 1970, que nos acercó mucho a Europa, a quien ya interesaba el mercado español.

—Y llegó el milagro.

—Se produce el milagro, que es el discurso de proclamación del Rey Juan Carlos, en el que dice que Europa debe contar ya con España. El Rey impone una realidad: no es que España desee entrar en Europa, es que es Europa. Luego está la primera gira por las capitales europeas de José María de Areilza, titular de Asuntos Exteriores en 1975-76. Areilza era transparente, tenía convicción, tenía todo. También imaginación, porque la mitad de las cosas que decía las inventaba.

—¿Las inventaba?

—Las inventaba en el buen camino, explicando que la democracia ya estaba prácticamente en España. Recuerdo cómo en un brindis convenció a Max van der Stoel, ministro neerlandés de Asuntos Exteriores y gran enemigo del ingreso de España en Europa. Tuvo que volver a levantarse, retomar su brindis y decir a Areilza que le había convencido. Areilza nos allanó el camino a Marcelino Oreja y a mí.

—Marcelino Oreja.

—El sucesor de Areilza en Asuntos Exteriores tenía una preocupación: que hubiera en Bruselas un embajador que no hubiera representado a la España del general Franco, ya que empezaba la etapa nueva anunciada por el Rey y propagada por Areilza. La instrucción que me dio Oreja era clara: no podemos hacer el ridículo en este momento.

Eso significaba que se tenía que saber cuándo España tenía que presentar su solicitud de ingreso en las Comunidades Europeas. «Porque si presentamos la solicitud, nos acusan recibo y nada más; o, incluso, si nos dicen que no, es un ridículo internacional para España. Por lo tanto, debemos tener la seguridad de que nos digan que sí», según Oreja.

—¿Cómo resolvió la disyuntiva?

—Tuve una suerte inmensa: no me hice amigo —porque había una distancia política grande—, pero sí logré mantener una estrecha relación con el presidente de la Comisión Europea, Roy Jenkins, laborista británico y muy hispanófilo: quería la entrada de España en Europa. Yo le informé, durante nuestras conversaciones, del temor de Oreja: cuándo entrábamos, con seguridad de que entrásemos.

—¿Qué le contestaba?

—No se pronunciaba y me preguntó, en una ocasión, si se había dado algún paso en España camino de la democracia. Le dije que el 15 de junio de 1977 se iban a celebrar unas elecciones generales. Ya había llegado el momento de proclamar que España era una democracia. Jenkins replicó: «Ese es el momento de solicitar el ingreso, inmediatamente después de las elecciones». Consulté entonces con los embajadores de los entonces nueve países miembros de la CEE. Todos lo aprobaron.

—Por lo tanto, soplaban vientos favorables a España en Bruselas.

—En la Comisión, no hablo del Consejo de Ministros de la CEE, ante el que se tenía que presentar la solicitud de adhesión, y donde teníamos más problemas. Le dije a Oreja en una carta: es el momento, nos van a decir que sí. El ministro de Asuntos Exteriores llevó la carta al Consejo de Ministros español, presidido por Adolfo Suárez: el 26 de julio de 1977 Oreja compareció con las tres misivas mediante las cuales se pedía la adhesión de España a la CEE, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y Euratom. Una solicitud solemnizada dos días después en Bruselas. Marcelino se fue muy satisfecho de Bruselas. Tres días después, Jenkins me llamó para decirme que la Comisión aprobaba la solicitud de adhesión.

—Primer éxito.

—Primer éxito. Segundo éxito: el Consejo de Ministros de la CEE, por lo bajines, reservadamente, va a decir que sí, pese a las dificultades, me dijo Jenkins. Tratará el asunto en su primera reunión después del verano, el 20 de septiembre. Dos países ponían obstáculos: Francia e Italia, por el tema de la agricultura. Fue entonces cuando Adolfo Suárez decidió visitar las nueve capitales europeas. Le acompañé. La gira fue otro éxito porque éramos una joven democracia.

Así empezó la aventura procelosa de la adhesión de España. El embajador Bassols permaneció en Bruselas hasta 1981, año en el que fue nombrado secretario de Estado para las Comunidades Europeas en el Gobierno presidido por Leopoldo Calvo Sotelo. En 1983, el Gobierno de Felipe González le propuso cambiar de aires al destinarle a Marruecos como embajador.

Posteriormente, asumió las mismas funciones en Argentina hasta 1991, cuando le llegó la jubilación. Desde entonces, no desaprovecha la ocasión para expresar su europeísmo incondicional. La última vez, el pasado 18 de abril en Madrid, con motivo de un homenaje que se le hizo. Hasta se declara federalista europeo.