La gesta de Carchuna: la gran evasión de prisioneros republicanos en la Guerra Civil
Grandes gestas españolas
La gesta de Carchuna: la gran evasión de prisioneros republicanos en la Guerra Civil
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Aunque son escasas las películas de fugas carcelarias, forman un subgénero en la historia del cine. Cadena perpetua o Fuga de Alcatraz exaltan la épica del preso que desafía lo imposible. La maravillosa La gran evasión, con actores de esos que ya no quedan, narraba la espectacular huida de un grupo de oficiales británicos y norteamericanos de un campo de concentración alemán.
Escena de La Gran Evasión
Se basaba en algo real ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Pero solo muy pocos años antes, en España, se producía otra fuga con todos los ingredientes para una superproducción: aventura, riesgo y dramatismo: la evasión del Fuerte de Carchuna, y no tuvo película ni serie.
Fuerte de Carchuna
La batalla de la propaganda
En la Guerra Civil, el bando derrotado trabajó —y ganó por goleada— la batalla de la propaganda. Era lógico: allí se concentraban las rotativas de los grandes periódicos, las imprentas incautadas o afines, la industria editorial y los principales núcleos de población. Centenares de escritores y periodistas colaboraron disciplinadamente en lo que hoy llamaríamos «la batalla del relato».
Edición de la subsecretaría de Propaganda
Si se estudia la contienda con objetividad, queda de manifiesto la relevancia desmesurada que se otorgó a episodios menores; que se difundieron relatos ficticios con gran éxito y se multiplicaron o rebajaron cifras. Falacias que, aún hoy, se siguen difundiendo. Incluso se llegaron a construir héroes con nombres y apellidos que jamás existieron, como el marinero que «abatió varios tanques fascistas», que fue copiado casi literalmente del protagonista de una película rusa. Hasta a la propia Carrera de San Jerónimo, calle del Parlamento español, llegó a cambiársele el nombre y ponerle el de ese personaje inventado.
El Fuerte Carchuna
Una gesta real en un fuerte del siglo XVIII
Pero la huida del Fuerte de Carchuna no fue solo un episodio legendario. No fue una ficción, sino totalmente verídica. Aunque resulta asombroso, las fuentes de ambos bandos —el folleto de la Subsecretaría de Propaganda del Gobierno de la República y los Partes Militares del Ejército de Franco— coinciden en lo esencial de lo ocurrido.
Tras la caída de Málaga, el frente había quedado fijado en la costa granadina, entre Castell de Ferro y Calahonda. A escasa distancia de Motril, y apenas a cien metros del mar, se alzaba el Fuerte de Carchuna, una fortificación rectangular del siglo XVIII construida para proteger la zona de ataques piráticos. Varias torres semicirculares delimitaban sus ángulos. Contaba con una gran batería semicircular y se accedía a su fachada principal, en forma de herradura, a través de un puente levadizo sobre un foso defensivo.
Fuerte de Carchuna
Una exigua guarnición para más de 300 presos
Custodiaba el recinto José León, un alférez honorario del cuerpo de Alabarderos. Había sido encarcelado y torturado por las milicias de la República y liberado por los rebeldes en 1937. Dada su condición militar, fue movilizado y destinado a un lugar «tranquilo» cerca de su familia: el fuerte de Carchuna. Allí estaba al mando de una exigua guarnición —seis sargentos, cinco cabos y treinta soldados—. Convertido en prisión, albergaba a más de trescientos reclusos republicanos asturianos, procedentes del derrumbe del frente norte y veteranos de la revolución comunista del 34. Funcionaba también como campo de trabajo, y los cautivos debían desbrozar los llanos donde se proyectaba construir un aeródromo.
Pero a la dureza del trabajo se sumó una gran inquietud por las inspecciones. En breve se descubriría que prisioneros considerados peligrosos habían declarado identidades falsas y vivían con el miedo a ser descubiertos.
Fuerte de Carchuna
Las líneas republicanas no estaban lejos, y algunos cautivos comenzaron a madurar la posibilidad de una evasión que permitiera, una vez a salvo, organizar la liberación del resto. Tras largas conversaciones, cuatro jóvenes asturianos —Joaquín Fernández Canga, Secundino Álvarez, Esteban Alonso y Cándido López Muriel—, mineros y mecánicos, ascendidos a oficiales por la República, asumieron el riesgo.
«La gran evasión» española
Mantener el secreto era vital. Solo informaron a sus compañeros de dormitorio. Una fuga masiva habría sido imposible. Cada detalle contaba y Fernández Canga dedicó semanas a estudiar la operación, la disposición de los guardianes, las horas de servicio, las armas y munición disponibles y las zonas del terreno que pudieran ofrecerles cobertura.
La empresa era muy ardua: los prisioneros trabajaban siempre bajo vigilancia y regresaban al fuerte escoltados. Sin embargo, pronto dispusieron de un auténtico as en la manga. En el recinto servía un sargento malagueño, Rafael Guerrero, de firmes convicciones izquierdistas. Su ayuda sería decisiva: no pasaría lista la noche de la fuga, ni tampoco a la mañana siguiente. Así, la ausencia de los evadidos no sería advertida de inmediato y dispondrían de un margen crucial para alcanzar las líneas propias. La señal convenida para confirmar que habían llegado sanos y salvos serían tres cañonazos disparados desde posiciones amigas. Solo entonces el sargento comunicaría al alférez jefe la desaparición de los asturianos.
Croquis de la operación extraído de 'La Libertad del Pueblo'
El 19 de mayo de 1938, a las seis de la tarde, con la determinación de quien ya no tiene nada que perder, iniciaron la evasión. Avanzaron primero en dirección contraria al frente, dejando huellas para despistar. Después, descalzos para amortiguar el ruido, retomaron el rumbo correcto.
El terreno, quebrado y lleno de hondonadas, les impuso una marcha extenuante. Ojo avizor y desarmados, caminaron hacia la España leal al Gobierno. Durante seis horas avanzaron a trompicones, guiados por la intuición y por la convicción de que cada minuto los acercaba a la libertad. Con manos y pies sangrantes, siguieron adelante.
De madrugada divisaron la última pendiente. Entre la penumbra se recortó la silueta de un centinela que les conminó: «¡Alto! ¡Levantad los brazos!». Ellos respondieron: «¡Viva la República!», «¡Salud, camaradas!». Al oír los gritos, varios soldados se acercaron a recibirlos con una emoción que describirían como «la que se siente cuando un hombre de nuestras líneas abraza a un evadido del campo enemigo».
El objetivo crucial: liberar a sus compañeros
Los recién llegados traían una idea fija: regresar al fuerte y liberar a sus compañeros. Solicitaron entrevistarse de inmediato con los mandos. El jefe de la 71.ª División, el asturiano Luis Bárzana, los escuchó y decidió organizar la operación de rescate. Con él estaba Galán, hermano de los célebres mártires de Jaca. Ipso facto se dispararon los tres cañonazos de señal.
La única posibilidad de éxito era una acción de comandos por sorpresa, ejecutada por un grupo reducido, bien armado y entrenado, que accedería por mar.
En apenas dos días se elaboró el plan: participarían treinta hombres, cinco brigadistas y los cuatro evadidos al mando del singular teniente William Aalto, Bill, norteamericano nacido en el Bronx. La acción debía ejecutarse cuatro millas dentro de las líneas enemigas. Navegarían en simples lanchas de pesca en plena oscuridad, sin luces de posición, instrumentos de navegación ni radio. Confiaban en que el estrépito de los motores se confundiera con el de los pesqueros de la zona.
William Aalto (Bill). Brigadista jefe en la evasión de Carchuna
Rumbo al fuerte
Dos embarcaciones a motor zarparon del muelle de Castell de Ferro. Pero una se averió y la otra perdió la orientación, llegando peligrosamente a la zona nacional frente a Motril. Pero, por pura fortuna, pasó desapercibida. Tras horas de navegación errática, ambas regresaron a la base.
Esa misma noche repitieron el intento. Solo quedaba operativa una motora, a la que se amarró una lancha de remos. Bárzana supervisó personalmente la partida.
Lugar del Desembarco
Las dos naves alcanzaron el cabo y faro Sacratif, muy cerca del punto elegido, pero el oleaje dificultaba el desembarco. La motora no podía acercarse a la orilla y sus tripulantes tuvieron que lanzarse al mar, avanzando con el agua al cuello. Algunos no sabían nadar. Los primeros en llegar a tierra fueron los de la lancha de remos. En sucesivas idas y venidas desembarcaron el ingente material: fusiles, pistolas, ametralladoras, armas automáticas y cajas de bombas de mano, además de algo de coñac para templar los nervios. Una vez reunidos, las embarcaciones regresaron a Castell de Ferro. Ellos continuarían a pie. «O vencemos o morimos», dijeron.
Se organizaron grupos. Uno cerraría el camino de Calahonda poniendo una bomba en la carretera; el segundo, a las órdenes del brigadista del Batallón Lincoln, Irving Goff, custodiaría la munición en la playa hasta recibir la orden de trasladarla al fuerte; otro neutralizaría a los centinelas del campo de prisioneros y el último aseguraría el repliegue.
Irving Goff
Sincronización y éxito
La primera maniobra depositó en una chabola vacía de carabineros, situada antes del fuerte, trescientas cincuenta bombas de mano. Después cortaron los hilos telefónicos y situaron vigilancia sobre la carretera que comunicaba con el puesto de mando enemigo. La columna avanzó en silencio hasta aproximarse al objetivo. Ya en las inmediaciones, la orden de «cuerpo a tierra» permitió que, amparados por la oscuridad, los soldados alcanzaran el muro sin ser detectados.
El núcleo de asalto, dirigido por los asturianos, rodeó el fuerte y se concentró en una esquina antes de dirigirse a la puerta principal. Allí dos centinelas montaban guardia. Al darles el alto, los sorprendidos soldados dejaron caer los fusiles y, bajo amenazas, revelaron la ubicación de los demás puestos. Uno intentó disparar, pero fue herido antes de lograrlo; otro fue reducido.
Recorte de prensa
Una guarnición sin posibilidades de defensa
La rapidez de la acción impidió cualquier respuesta organizada de la guarnición. Armados con pistolas y linternas, buscaban al alférez, que se rindió, y a los sargentos. Estos se atrincheraron en un cuarto, pero los atacaron con una bomba y tuvieron que salir. Los presos, alertados por los disparos, comenzaron a gritar desde sus celdas: «¡Viva la República! ¡Viva Asturias!». El resto de la guarnición se entregó. El fuerte quedó definitivamente en manos de los asaltantes, que pidieron a los cautivos que identificaran a quienes llamaron «los verdugos del Fuerte». El viejo alférez, tres sargentos y el cabo furriel fueron asesinados sin dilación. Tomaron como rehenes al resto de la guarnición, aunque 25 presos decidieron quedarse en el fuerte.
Recorte de prensa en La Vanguardia
Repartieron treinta y dos fusiles entre los liberados; cuarenta voluntarios recibieron las bombas de mano de la chabola, ansiosos por volver a combatir. No había embarcaciones para evacuarlos, y se les dio orden de emprender la marcha hacia las líneas propias, culminada con un «¡Viva la República!».
La columna avanzó hacia Calahonda y hubo de vencer la oposición de una patrulla de la Guardia Civil parapetada en un cortijo. Al mismo tiempo, otras fuerzas lanzaban bombas de mano contra los guardias de la carretera. La Benemérita contraatacaba con valentía, pero su inferioridad era manifiesta. Finalmente, los frentepopulistas lograron apoderarse del pueblo y el obstáculo de Calahonda quedó superado.
La épica llegada
Los brigadistas William Aalto e Irving Goff, junto a dos compañeros, rodeados por soldados enemigos, optaron por lanzarse al mar. Nadaban de noche y se escondían de día entre los acantilados. Los dieron por muertos, pero en tres días llegaron a Castell de Ferro.
Mientras tanto, todo el grupo —asaltantes, liberados, enlaces y algunos carceleros que se pasaron de bando— emprendía el regreso por la sierra. Para facilitar su paso por el frente enemigo, un batallón de la 55.ª Brigada lanzó un ataque de distracción apoyado por artillería y morteros. Gracias a esa maniobra pudieron avanzar sin grandes dificultades y alcanzar sus posiciones antes del alba. Nadie sabía que casi al mismo tiempo estaba comenzando una fuga, aún más masiva, en el fuerte de San Cristóbal, cerca de Pamplona, pero su desenlace sería muy distinto.
Recorte de prensa
Mientras el amanecer teñía de rojo las lomas de la costa granadina, los últimos hombres llegaban a las líneas gubernamentales. Sus rostros celebraban un acto de guerra que había desafiado cualquier manual, demostrando que un gesto de audacia puede quebrar el destino, y que su planificación, riesgo y ejecución habían devuelto la libertad a trescientos asturianos. Bárzana, Galán y el resto de mandos los recibieron con respeto, emoción y la certeza de que su acción quedaría inscrita para siempre en la memoria militar de la República como una de las páginas más insólitas y valientes de la Guerra Civil. Carchuna, en la primera claridad del día, había dejado de ser solo un fuerte enemigo para convertirse en una lección de coraje español.