Espadas del fin del mundo, ilustración de Juan Aguilera Galán@Huor_Palantir

¿Lucharon los samuráis contra los tercios españoles? La historia real de la batalla de Cagayán

La disciplina de los hispanos y el combate con formaciones cerradas de picas, junto a las más flexibles de rodela y espada ropera, acabaron inclinando la balanza a favor de las tropas del palentino Carrión

Aunque en un artículo de hace un par de años Patricia Santos ya se había planteado esta cuestión en estas mismas páginas, no deja de ser uno de los mitos más recurrentes de la historia española y japonesa, por lo que no está de más profundizar en el tema. ¿Se produjo realmente una batalla entre los combatientes más legendarios de los siglos XVI y XVII? ¿Dónde tuvo lugar el enfrentamiento y quién fue el vencedor de este?

Es bien conocido que durante dichos siglos Japón y España mantuvieron algunas tensiones, especialmente durante el gobierno del daimyō o señor Toyotomi Hideyoshi, aunque España y Japón nunca llegaron a entrar en una guerra directa. En cualquier caso, para contestar a estas preguntas tendremos que viajar primero al Japón anterior a Hideyoshi, por un lado, y a las Filipinas novohispanas, por otro.

En 1582, cuando tuvo lugar la célebre batalla de Cagayán, Japón se encontraba al final del período Sengoku, o de «los Estados combatientes». Se trató de un largo proceso de guerras civiles, iniciado en el siglo anterior, en el que distintos daimyō, apoyados por clanes aliados, se disputaban el control de todo el territorio.

Durante esta fase, Oda Nobunaga, un daimyō menor que logró vencer con un ataque sorpresa en la batalla de Okehazama a Yoshimoto, quien comandaba un ejército muy superior en número, pasó a convertirse en el verdadero árbitro de la situación. Se podría decir que Nobunaga fue el primero que rompió el equilibrio de poder que se había mantenido hasta entonces al derrotar a importantes señores.

Por ejemplo, en 1575 derrotó al clan Takeda y a su poderosa caballería con un uso rotatorio de arcabuces –hay que precisar que, para entonces, los portugueses habían suministrado armas occidentales a los clanes y estos las habían incorporado rápidamente–.

Representación de Imagawa Yoshimoto. Sus tropas fueron sorprendidas durante la batalla de Okehazama, lo que puso a Nobunaga en la cima del poder militar del país

¿Y por qué es tan relevante este breve análisis de la política nipona? Para contestar a esta nueva pregunta tenemos que hablar antes de samuráis –sirvientes– y de rōnin –hombres errantes–. Los samuráis, guerreros de origen feudal, se convirtieron en la gran élite militar al servicio de su daimyō.

Eran diestros arqueros a caballo, aunque con el tiempo también se convertirían en grandes expertos en el manejo de la espada. Ahora bien, si su daimyō fallecía en combate, era ejecutado o era derrotado y se le concedía el seppuku o suicidio ritual, el samurái tenía, fundamentalmente, dos opciones: la más honorable, cometer él también harakiriseppuku y harakiri tienen el mismo significado: cortarse el vientre–, o la más despreciable, convertirse en un rōnin o guerrero vagabundo.

Dado que estos últimos eran considerados unos parias, rara vez eran admitidos por un nuevo señor, por lo que normalmente dejaban los dominios de su antiguo clan y se convertían en mercenarios o incluso en piratas o forajidos. Al derrotar Nobunaga a numerosos señores, el número de estos antiguos samuráis que se buscaban la vida fuera de Japón creció exponencialmente.

Será, pues, a estos rōnin, reconvertidos en piratas o wakō, a quienes se enfrentarán los españoles de Filipinas. ¿Son samuráis? Siendo exactos, ya no, aunque conservan toda la experiencia y los conocimientos marciales adquiridos. Es decir, aunque reconvertido en soldado de fortuna, sigue siendo un soldado de élite. Simplificando, sería como, en la época actual, un mercenario de Constellis, la antigua Blackwater, que previamente hubiese sido oficial de los Boinas Verdes.

Vayamos ahora a las Filipinas de 1582. ¿Hubo tercios españoles? Pues, como en el caso anterior, la respuesta es un tanto ambigua. En realidad, no. Aunque, de hecho, hubo una unidad a la que se denominaba coloquialmente tercio de Manila. No obstante, la organización, el armamento y la forma de combate podían ser similares a los de los tercios europeos, pero también tenían grandes diferencias.

El número de sus componentes era muchísimo menor. Por otra parte, los españoles peninsulares formaban una parte muy minoritaria. Hay que tener en cuenta que el grueso de la tropa en la conquista de las Filipinas, liderada por Legazpi, estaba formado por guerreros tlaxcaltecas. Los soldados de estos «tercios» asiáticos tenían una composición muy heterogénea, siendo los novohispanos de Tlaxcala una parte importante, junto a algunos españoles peninsulares o criollos, mestizos y novohispanos filipinos.

Ahora bien, esa imagen que se da en los cómics, con tlaxcaltecas combatiendo semidesnudos, con penachos de plumas, bezotes y aros, y blandiendo macanas contra los rōnin, es totalmente irreal. Más de sesenta años después de la caída de Tenochtitlán, los componentes del Ejército español usaban una vestimenta y un armamento similares a los de los tercios de Flandes, independientemente del origen del soldado.

La obra 'El milagro de Empel' de Augusto Ferrer-Dalmau

Obviamente, las prendas de lana se cambiaban por lino o algodón y el morrión solo se reservaba para el combate, mientras que habitualmente se usaba un sombrero para protegerse del sol.

¿Cómo fue el enfrentamiento? Desde 1580, los piratas liderados por el japonés Tay Fusa habían estado saqueando la costa norte de la isla de Luzón y habían establecido un campamento cerca de Cagayán. En realidad, la conocida como batalla de Cagayán de 1582 estuvo formada por varios combates navales, en los que la superioridad de los navíos españoles frente a los juncos piratas se impuso generalmente, y por un gran combate terrestre.

Tuvo lugar durante el gobierno de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa –por cierto, su hijo Juan Ronquillo sería el gran héroe de la batalla de Playa Honda en 1617 frente a la flota rebelde neerlandesa–. El contingente hispano estaba dirigido por Juan Pablo de Carrión, un veterano militar español que ya rozaba las setenta primaveras.

Gonzalo Ronquillo de Peñalosa

Dado que los enfrentamientos navales habían sido muy negativos para los wakō, Tay Fusa decidió atacar, amparado en una clara superioridad numérica, el campamento terrestre hispano. La élite de las tropas de Fusa, junto a otros piratas asiáticos, estaba compuesta por los rōnin, quienes luchaban con katanas, arcos y arcabuces.

Como ya señalé, los novohispanos, a su vez, luchaban al estilo de los tercios, con piqueros, rodeleros y arcabuceros. El primer asalto fue especialmente duro debido a la clara inferioridad numérica de los defensores. Los japoneses, además, agarraban con una mano la pica para inutilizarla y atacaban con la katana, por lo que, tras la retirada del primer asalto, los novohispanos recurrieron a untar de sebo picas y alabardas.

Los hombres de Fusa pronto empezaron a acusar las bajas causadas por arcabuces y mosquetes, pero a Carrión se le estaba acabando la pólvora, por lo que pronto tuvo que poner a sus soldados a luchar cuerpo a cuerpo.

Sin embargo, la disciplina de los hispanos y el combate con formaciones cerradas de picas, junto a las más flexibles de rodela y espada ropera, acabaron inclinando la balanza a favor de las tropas del palentino Carrión. Finalmente, los wakō se retiraron atropelladamente, dejando, según las crónicas españolas, unos 800 piratas fallecidos sobre el campo de batalla, frente a diez novohispanos. La victoria había sido total. Empezaba la leyenda.