Ignacio de Loyola antes de ser santo: el soldado herido en Pamplona que cambió de vida
En el año 1622, Ignacio de Loyola fue canonizado por Gregorio XV en la mejor compañía, pues, junto a él, lo fueron otros cuatro grandes del santoral: Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús e Isidro Labrador
Vera effigies S. Ignaty de Loyola, verdadera imagen de S. Ignacio, con armadura militar
Reconozco de inicio mi fascinación por Ignacio de Loyola, por su personalidad, por su determinación y por su indudable carisma. Reconozco también que el surgimiento de ella fue muy lógico, dado que desde los 9 a los 15 años me eduqué en un colegio jesuita, el de San José de Durango (Vizcaya), donde mis padres habían emigrado desde mi pueblo natal (Bujalaro), en la Alcarria de Guadalajara, al que logré acceder al conseguir una beca que conseguí mantener –no era fácil alcanzar la nota exigida– hasta que mi familia regresó y nos establecimos en Guadalajara capital.
Muchas cosas de aquel tiempo quedaron atrás, otras entraron en duda y de algunas me alejé, pero dos siempre han permanecido vivas en mí: el agradecimiento por la educación que recibí y los valores que me inculcaron, y mi admiración por la figura de su fundador y de algunos de aquellos que lo acompañaron en aquella exitosa peripecia desde su comienzo, en particular, Francisco Javier, elevado a los altares al igual que él.
Íñigo –como firmaba de joven–, Ignacio –como hizo más tarde– o Eneko, en euskera, conocía ambas lenguas como maternas, pero para su obra escrita utilizó prioritariamente el castellano para, con ello, hacer llegar su mensaje a cuanta más gente, mejor. Inteligencia conjugada con eficacia, como no podía ser de otra manera en él.
En esta ocasión he querido centrarme en ese Loyola antes de que descubriera su vocación e iniciara el sendero que lo llevaría al santoral católico y a ser una figura religiosa de enorme impronta y proyección.
Nacido (1491) en el seno de una familia de la nobleza guipuzcoana y, por ende y por ello, del reino de Castilla, en Azpeitia y en la casa solariega que les daba –y portaban con orgullo– el apellido de Loyola, fue el último de una larga ristra de hijos, trece en total, que sus padres tuvieron. Su carrera pareció ser desde pequeño, por gusto y tradición, la de las armas, como la había sido la del primogénito, Juan, fallecido en combate en tierras italianas, en Nápoles, cuando él tenía 4 años.
En la casa de Loyola transcurrieron sus primeros años, pero al inicio de su juventud fue enviado a casa de unos parientes y grandes amigos de sus progenitores, en Arévalo (Ávila), siendo el cabeza de familia el hidalgo Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de la Hacienda de Castilla. Durante su estancia allí, nada parecía indicar una vocación religiosa, pues sus pasiones eran los ejercicios militares, la esgrima –algún duelo tuvo en su haber–, los libros de caballerías, el juego y los bailes.
Como él mismo escribió después, fue «dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra». La residencia de la influyente familia estaba en Arévalo; las obligaciones de Velázquez les hacían tener que seguir a la corte de Isabel y Fernando.
A la muerte de la Reina Católica, Juan Velázquez fue su albacea testamentario y numerosos objetos suyos pasaron por la casa de Arévalo para proceder a su venta. Entre ellos estaban los libros religiosos de la Reina, que la dueña de la casa, María de Velasco, familiar de su madre, compró para ella.
El futuro santo pudo, por tanto, haber tenido acceso a ellos. Pero poca mella parecieron hacerle entonces. De hecho, lo que sí se sabe es que, junto a uno de sus hermanos y algunos familiares más, fue acusado de atacar a clérigos durante un Carnaval en su natal Azpeitia «de noche, emboscados y a traición», pero se les absolvió.
En la corte cada vez le iba mejor porque, al casarse el rey viudo con Germana de Foix, esta se hizo amiga íntima de la Velasco, lo que supuso para Juan Velázquez un refrendo aún mayor.
Se torció la cosa cuando el rey Fernando murió, y del todo ya cuando acabó por llegar Carlos I. Este dio, entre otras, las villas de Arévalo y Madrigal de las Altas Torres a Germana de Foix, que en principio habían sido confiadas previamente a Velázquez y, aunque se le dijo que podía seguir teniéndolas en nombre de la viuda francesa, se negó y entró en rebelión. Le costó la ruina y la muerte de su hijo mayor; al cabo, él mismo falleció en Madrid, donde había ido a ver al cardenal Cisneros para ver si lo podía arreglar.
Detalle del cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau
María de Velasco, consciente de su caída en desgracia, pudo aún velar por la suerte de su pupilo. Le dio 500 ducados y dos caballos para que se fuera a Pamplona, capital del reino hacía poco anexionado a la Corona española, e intentara entrar al servicio de Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera y virrey de Navarra, quien gustosamente lo aceptó y le nombró gentilhombre.
Tras acompañarlo a las Cortes de Valladolid de 1518, puede que sus buenos oficios consiguieran, a través del duque, que el ahora cabeza de su familia, su hermano Martín García, obtuviera permiso del monarca para instituir un mayorazgo.
La guerra de las Comunidades estaba a punto de estallar por las Castillas y en Nájera también estalló. Ignacio de Loyola formó parte de la expedición encargada de someter la rebelión en la ciudad, algo que lograron y tras lo cual algunos se dedicaron a saquearla. Las fuentes históricas aseguran que Loyola se negó a participar en tales excesos.
Al poco de aquello y siempre al servicio del duque de Nájera, logró solucionar un conflicto surgido con varias villas guipuzcoanas, entre ellas, Azcoitia y Azpeitia, que se oponían al nombramiento de un corregidor, logrando, con «su saber tratar los ánimos de los hombres y acordar diferencias o discordias», que se avinieran a un laudo arbitral.
San Ignacio de Loyola, obra de Augusto Ferrer-Dalmau
El rey de Francia, Francisco I, vio en la guerra de las Comunidades su oportunidad en 1521, nueve años después de la conquista castellana de Navarra. Apoyó con sus tropas al pretendiente Enrique del Albret para que este pudiera subir al trono y restaurar el Reino.
El virrey marchó con premura a Castilla para intentar volver con refuerzos y dejó a Pedro de Beaumont al mando en Pamplona. Los miembros del concejo lo rechazaron y, diciendo que el mando les correspondía a ellos en ausencia del virrey, abandonaron la ciudad.
Apenas había tropas que la defendieran cuando llegaron Martín García y nuestro Íñigo con una hueste de soldados que habían logrado reunir en Guipúzcoa, pero, viendo cómo pintaba la cosa y que eran muy pocos, el mayor de los Loyola se volvió por donde había venido. Pero su hermano pequeño no estaba dispuesto a huir y no partió con él.
Se unió a los que quedaban y se encerró en el castillo con ellos, dispuesto a resistir. Era el 19 de mayo de 1521. Los diputados de Pamplona juraron lealtad a Enrique de Albret y los franceses entraron en la ciudad. Íñigo de Loyola consiguió que el castillo no capitulara, y el bombardeo y el asalto comenzaron. El día 20 el proyectil de una culebrina le rompió una pierna y le lastimó la otra. El castillo solo aguantó un par de días más.
Ignacio cae en Pamplona y fue creada por Albert Chevallier Tayler en 1904
Los vencedores franceses le hicieron una cura y permitieron su evacuación, que acabó por llevarlo a su casa natal de Azpeitia, donde lo recibió y cuidó su hermano Martín. La sanación fue difícil y penosa. Los franceses, en la cura, le colocaron los huesos mal; hubo de ser operado de nuevo y estuvo a punto de fallecer. La noche del 28 de junio fue crucial, pues, cuando desesperaban de que pudiera pasarla, la superó y al día siguiente comenzó, aunque muy lentamente, a mejorar.
Pero aún tuvo que soportar una tercera, pues, al soldar los huesos, uno quedó montado sobre el otro, haciendo que fuese más corta y quedase con un bulto. Fue la más dolorosa, pero la aguantó bien y resultó la definitiva. Y algo había comenzado a brotar en su interior.
Pidió libros de caballerías para leer, pero no los había en la casa. Le dejaron los cuatro volúmenes de la Vita Christi y otro de vidas de santos. Y, como se diría ahora, «se enganchó».
Pero tuvo muchas dudas e inquietudes de muy diferente jaez. Pasó mucho tiempo pensando qué hechos de armas debía acometer y qué palabras decirle a una misteriosa dama, puede incluso que fuera de sangre real, que quería conquistar. Pero no pasó de pensarlo y luego ya ni eso. Comprobó, según cuenta él mismo, que los pensamientos mundanos le entraban con facilidad, pero al final le dejaban descontento; los de Dios, aunque le costaban más esfuerzo, lo dejaban contento y sosegado.
Finalmente, despejada toda duda, tomó su decisión, que mantendría y acrecentaría hasta el final de sus días. Y su primer paso sería acudir en peregrinación a Jerusalén. Le costó muchos sudores, peripecias y dificultades, pero lo acabaría por conseguir. Y después serían incontables los problemas, impedimentos, acusaciones y juicios a los que se vio sometido hasta lograr poner en marcha su orden religiosa y conseguir que el Papa no solo la autorizara, sino que la favoreciera y facilitara su expansión.
Cuando murió el 31 de julio de 1556, a los 65 años, la Compañía de Jesús no solo se había extendido por España y Europa, sino que había atravesado los mares de todo el mundo. Él fue su primer general, pues así se llama su máximo dirigente, también con regusto militar. En la Orden se profesan los votos habituales de pobreza, castidad y obediencia, pero también uno muy especial: el de obediencia al Papa.
En el año 1622, Ignacio de Loyola fue canonizado por Gregorio XV en la mejor compañía, pues, junto a él, lo fueron otros cuatro grandes del santoral: Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús e Isidro Labrador.
Con este último personaje, a finales de julio, también pongo fin a esta serie de protagonistas de nuestra historia. Pero después del verano y el descanso habrá noticias al respecto y, en buena medida, tendrá continuidad. Buen verano.