José Legra cuando conquistó el título de campeón de Europa en 1970
La gesta de Legrá: la epopeya de un mito inolvidable del boxeo español
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Hubo un tiempo en que el boxeo en España fue un espectáculo de masas, un territorio donde se forjaban ídolos con tanta fuerza como los astros del fútbol: Carrasco, Urtain, Velázquez o Roberto Castañón. Entre aquellos héroes del cuadrilátero destacó un afrocubano nacionalizado español cuyo carisma y simpatía desbordante conquistaron el afecto de todo un país.
Hoy se presenta la diversidad racial en el deporte como una gran conquista social antirracista, obviando que antaño figuras como José Legrá ya eran ídolos populares, sin que su procedencia mereciera comentario alguno. Era su talento lo único que los definía como deportistas.
José Legrá
Legrá, segundo de siete hermanos, nació en Baracoa, en el oriente cubano un 19 de marzo y, como era habitual en la cultura hispana por ser el santo del día, se le llamó José. Los documentos no coinciden si fue en 1937 o en 1943. Su padre, Emelio, descargaba fardos en los muelles y abandonó a la familia cuando el niño tenía siete años. Su madre, «mamá Sole», lavaba ropa en el río para las familias acomodadas. Muchas veces José le cargaba la cesta.
Era un niño travieso y vivaz, que para ayudar a los suyos, abandonó pronto la escuela y trabajó como limpiabotas, repartidor de leche, pregonero de periódicos, vendedor de cacahuetes e incluso guía turístico improvisado para los visitantes que llegaban a Baracoa. Una sucesión de oficios que templó su carácter y le enseñó a afrontar el mundo desde la lucha por la supervivencia.
Formación y ascenso amateur: la forja de un campeón
En la Cuba de Batista el boxeo, más que un deporte, era una vía de ascenso social, pero su vocación surgió en el cine del barrio, donde descubrió a ídolos del boxeo clásico, que despertaron en él una ambición que ya no abandonaría. Su aprendizaje práctico llegó en los combates callejeros de La Playita, donde los púgiles se disputaban un suculento premio: «un dólar, un pan y un vaso de leche».
Allí nadie lograba derrotarlo y eso llamó la atención del entrenador René Pecado, quien lo condujo a la célebre escuela cubana de boxeo, famosa por su rigor técnico y disciplina férrea. Bajo aquella tutela, Legrá fue moldeado hasta convertirse en un púgil de finura extraordinaria y velocidad asombrosa.
José Legrá
Su madre quiso impedirle combatir, pero la determinación del muchacho era irreversible y en 1958 debutaba oficialmente. Su irrupción como amateur fue fulgurante: 22 victorias en 23 combates. Solo una derrota, pero aquel revés reforzó su convicción de que debía abandonar Baracoa para perseguir su destino.
Emprendió camino hacia La Habana haciendo autostop. El camionero, que lo recogió, llamado Manolo, quedó tan impresionado por la fe en sí mismo del joven púgil que le pagó quince días de pensión y comida para que pudiera situarse.
En la capital conoció a su primer mánager, Luis Sarria, futuro cutman de Muhammad Ali y Sugar Ray Leonard. Sarria lo llevó a un gimnasio que era auténtico santuario del boxeo, donde entrenaban los más grandes. Entre ellos, Kid Gavilán, que le enseñó el legendario bolo punch, un golpe dirigido a la carótida que transmitiría también a Ali y que más tarde emplearían Ray Leonard y el mismísimo Pedro Carrasco.
José Legrá celebra su gran título
México, Estados Unidos y salida de Cuba
En 1960, tras el triunfo de la Revolución, ya apodado el Puma de Baracoa, José Legrá debutó como profesional. «Bailaba» sobre el ring y su movilidad desconcertaba a los rivales y fascinaba a los aficionados. Al final de esta etapa, su palmarés era monumental: catorce combates con doce victorias, un nulo y una única derrota que siempre consideró injusta. Su carrera en ascenso lo llevó a México, donde, víctima del mal de altura de Ciudad de México, sufrió una derrota ante Ángel Ray, pero se resarció con un KO fulminante en su siguiente aparición en Estados Unidos, donde noqueó a Jimmy Hightower en Miami. Allí coincidió con un recién coronado campeón, Cassius Clay, que le regaló un consejo que Legrá repetiría toda su vida: «Si tú crees en ti, sigue adelante.»
Tras derrotar por KO a Hilton Smith en Tampa, regresó a La Habana con la ilusión de disputar el campeonato cubano del peso gallo. Pero Fidel Castro impuso la suspensión del deporte profesional. Fue entonces cuando tomó una decisión valiente: hacer las maletas y poner rumbo a España.
José Legrá observa la caída del mexicano Clemente Sánchez durante el combate por el título de campeón del mundo de pesos pluma
España: nace el mito y un fenómeno mediático
A finales de 1963 aterrizó con los bolsillos vacíos y se instaló en Galicia. Su compatriota, el mítico Kid Tunero, le ayudó con tesón: pulió sus virtudes, afinó su estilo y lo preparó para convertirse en el gran púgil que España estaba a punto de descubrir.
Entre 1964 y 1965, Legrá fue derrotando a los boxeadores más experimentados del país y se situó en el cénit del panorama pugilístico español, compartiendo trono con Pedro Carrasco, «el marino de los puños de oro». A ello, sumaba una verborrea previa a los combates, heredera del carisma de Cassius Clay, que lo convirtió en un personaje mediático. La prensa lo apodó «el mini Cassius Clay» y también «el negrito de las piernas de alambre».
Vicente Gil, Presidente de la Federación Española de Boxeo y médico personal del Jefe del Estado, consiguió nacionalizarlo español con rapidez y se trajo a su madre y a su hermana. Ya tenía derecho a representar a España en la disputa del título europeo del peso pluma.
El combate se celebró en el Palacio de los Deportes de Madrid en 1967 contra el franco-argelino Des Marets. Antes de salir al cuadrilátero, Vicente Gil se acercó al vestuario y le dijo solemnemente: «Hágalo por España. Su Excelencia está pendiente.»
La expectación era enorme. El combate, televisado, congregó a miles de españoles en hogares y bares de todos los pueblos y ciudades. Entre los asistentes podía verse a El Cordobés, Tony Leblanc y Perico Chicote. Desde el primer instante, Legrá desplegó su repertorio: guardia baja y velocidad desconcertante. En solo tres asaltos derrotó por KO al francés. España tenía un nuevo campeón de Europa del peso pluma.
José Legra cuando conquistó el título de campeón de Europa de los pesos pluma que ostentaba el italiano Tommaso Galli, al vencer a éste en 1970
1968: coronación mundial en Gran Bretaña
La cumbre de su gloria llegaría al año siguiente. En 1968, en plena Gran Bretaña, derrotó por KO en cinco asaltos al galés Howard Winstone, convirtiéndose en campeón del mundo del peso pluma. El combate fue televisado y retransmitido por Matías Prats en directo por la primera cadena de TVE. Al finalizar, los españoles presentes en el recinto saltaron al ring y lo pasearon a hombros. En pleno cuadrilátero, eufórico, Legrá entonó a pleno pulmón el «la, la, la» de Massiel, a coro con Prats.
La prensa británica lo bautizó como «el estallido de Cuba». Su estilo —esa movilidad ágil, ese juego de piernas que parecía coreografía, esos golpes precisos que desarmaban a los rivales— desató la admiración internacional. Legrá había desarrollado una comprensión aguda de las debilidades de sus oponentes y utilizó ese conocimiento con inteligencia, consolidando una reputación que trascendió fronteras.
Más allá de las gestas deportivas…
Más allá de las gestas deportivas, José Legrá se convirtió en una presencia imprescindible en la crónica social de la España del desarrollismo. Su desparpajo caribeño y su sonrisa, que parecía iluminar cualquier estancia, encarnaban un tipo de celebridad nueva: espontánea, cercana, exuberante, imán para las cámaras. Con humor coqueto repetía: «Soy el mejor del mundo, mejorando lo presente.»
En poco tiempo se ganó el afecto de las altas esferas del régimen. Fue el deportista que más veces visitó El Pardo y Franco llegó a profesar una simpatía sincera por el boxeador. Tras sus victorias le regaló un Oppenheimer, un Dodge Barreiros e incluso un piso. Legrá, agradecido, al llegar la democracia no se acomplejó como tantos otros, sino que defendió su gran relación con el dictador —y el apoyo que su régimen le había dispensado.
José Legrá recibe una insignia por parte de Franco
España encontró en él un héroe deportivo que trascendió para instalarse en el imaginario popular como símbolo de ascenso social. Y en los años sesenta, cuando no existía una infraestructura profesional sólida, Legrá aportó al boxeo credibilidad, visibilidad mediática y rigor técnico, convirtiéndose en pieza esencial de la época dorada del boxeo español. La Real Federación Española de Boxeo lo reconoció con la Medalla de Oro al Mérito Deportivo (1968) y, más tarde, con la Medalla de Plata de la Real Orden del Mérito Deportivo (2003).
Legrá irrumpió como un fenómeno mediático. Su frase «¡Soy el mejor!», repetida con teatral fanfarronería, se convirtió en una frase de la calle. Y su popularidad era tal que en 1970 protagonizó la película Cuadrilátero, dirigida por Eloy de la Iglesia, junto a la espectacular vedette argentina Rosanna Yanni, una de sus múltiples conquistas. Porque las mujeres fueron, sin duda, su gran debilidad.
Título mundial, retirada y leyenda
Su jornada de máximo esplendor la viviría en Monterrey en 1972 en el combate por el título mundial del peso pluma, que había conquistado en 1968. En un pabellón abarrotado de seguidores de su rival, triunfaba consolidando su leyenda y reafirmando su condición de mito transnacional.
Pero en 1973 sufrió dos derrotas decisivas: ante el brasileño Éder Jofre y el nicaragüense Alexis Argüello. Tras esta última, esa misma noche tomó una decisión fulminante: retirarse. Tenía solo 30 años, pero dejaba atrás una carrera monumental. El régimen quiso premiarlo con la concesión de un estanco, pero Legrá, orgulloso, no aceptó.
Su vida fuera del ring fue un torbellino de lujo y mujeres. A las que pasaban por su vida las obsequiaba con relojes, pieles y perfumes caros. Lo mejor que le había regalado su profesión —decía— habían sido «los placeres, las fiestas y el amor». Durante años siguió siendo una leyenda viva del deporte español, dueño de una personalidad singular y simpatía arrolladora.
“Gané mucho dinero y creí que el mundo era mío», confesó en su madurez. Se calcula que llegó a ingresar cerca de 400 millones de pesetas, una fortuna extraordinaria para la época. Pero la fortuna acumulada se desvaneció. Legrá fue víctima de malos consejos, oportunistas y negocios ruinosos: una zapatería, una lavandería, una empresa de calzado deportivo que llevaba su nombre. Decisiones desacertadas lo condujeron a perder prácticamente todo su patrimonio. Cuando intentó reconducir su situación, ya era demasiado tarde.
No fue un juguete roto
A pesar del infortunio económico, Legrá no fue un juguete roto. No encarnó la leyenda negra de los boxeadores devorados por la autodestrucción, las noches interminables de alcohol ni un descenso a los infiernos. Su vida, aunque marcada por errores, mantuvo siempre una gran dignidad porque poseyó una riqueza que jamás perdió: el afecto de quienes lo habían apoyado en su carrera y que siguieron a su lado en los momentos difíciles.
En sus últimos años, apareció el deterioro cognitivo, pero estuvieron junto a él el periodista José María García, Manuel Berdonce, Juan Flores y otros compañeros. A esa red de lealtades se sumó el Fondo José Sulaimán, una beca creada por el Consejo Mundial de Boxeo para asistir a antiguos campeones. Gracias a ese apoyo, Legrá pudo mantener una vida digna en su etapa más frágil, en una residencia de mayores, donde libró su combate en 2020 tras contagiarse de coronavirus. Contra todo pronóstico, lo venció. Dijo que había sido su última victoria. Y solo hace unos días José Legrá nos dejaba para siempre. Aunque ningún político acudió a honrar a una de las grandes leyendas del deporte español, allí estuvieron aficionados, amigos y representantes de la Federación Española de Boxeo.
Una de sus últimas fotografías
Un palmarés de oro
La carrera de Legrá se alza como una de las más extraordinarias del boxeo español, uno de los mejores pesos pluma de todos los tiempos. Su palmarés es rotundo: 150 combates, 135 victorias, 11 derrotas y 4 nulos, además de siete Campeonatos de Europa y dos títulos mundiales. Su vida es la historia de una voluntad que jamás se quebró. Desde las playas humildes de Baracoa hasta los grandes escenarios europeos y americanos y su llegada a un país que lo acogió como al mejor de los suyos. Su trayectoria encarna la epopeya del hombre que se forja a sí mismo, que atraviesa pobreza, distancia y adversidad para convertirse en símbolo.
Cartel hecho con IA que se hizo viral en redes sociales para homenajear su leyenda
En su despedida, un gesto sencillo y solemne. Su féretro fue envuelto en la bandera española, la de la nación que lo adoptó, lo amparó y lo quiso. España despedía al héroe que encandiló a niños y mayores, que iluminó sus veladas deportivas y que defendió su nombre por Europa y el mundo.
Descansa en paz, Campeón.