Militares españoles en la frontera de Ceuta con Marruecos
Marruecos repite el sitio de Ceuta 300 años después: del bloqueo militar a la guerra demográfica
Mientras España y Europa sigan respondiendo a esta guerra demográfica con herramientas de gestión burocrática y humanitaria, la dinastía alauí continuará estrechando el cerco sobre Ceuta
La reciente avalancha de inmigrantes en Ceuta ha desbordado a las Fuerzas de Seguridad, paralizando el día a día de la ciudad autónoma y provocado una crisis diplomática a escala europea que ya se ha cobrado su primera factura: el anuncio de Italia de suspender el acuerdo de Schengen con España.
Mientras en las calles los vecinos exigen el cierre total de la frontera ante el miedo a una pérdida absoluta de seguridad, desde el ámbito político ya se califica la situación como un ataque orquestado.
No es un fenómeno nuevo. Si miramos atrás en el tiempo, concretamente 332 años, la estrategia de asfixia sobre Ceuta responde a una política de Estado que Marruecos lleva aplicando más de tres siglos.
El actor principal es el mismo: la dinastía alauí. Y el objetivo no ha cambiado: doblegar la resistencia española en el norte de África. La única diferencia radica en la ejecución táctica. Lo que hoy estamos presenciando es la versión moderna del histórico «Sitio de Ceuta» (1694-1727).
El mismo actor, la misma dinastía
Para comprender la magnitud táctica del asedio es imprescindible analizar el contexto de expansión del bando atacante. El sultán Mulay Ismaíl, segundo monarca de la dinastía alauí —la misma a la que pertenece el actual rey de Marruecos, Mohamed VI— consolidando el poder de la recién instaurada dinastía alauita, había lanzado una agresiva campaña militar para expulsar cualquier presencia extranjera del norte de África.
Tras recuperar La Mámora y Larache de manos españolas, y Tánger del control británico, fijó su objetivo definitivo en Ceuta. El 23 de octubre de 1694, un contingente de miles de soldados marroquíes se apostó frente a la ciudad, logrando capturar rápidamente las posiciones defensivas exteriores y forzando a la guarnición española a replegarse tras el Foso de las Murallas Reales, el límite arquitectónico que separaba la península de la Almina del resto del continente.
El asedio se transformó de inmediato en un reto de resistencia logística. Al quedar Ceuta totalmente aislada por tierra, su supervivencia operativa pasó a depender de forma exclusiva del mar.
La Monarquía Hispánica, reinada entonces por Carlos II, articuló un puente marítimo ininterrumpido desde los puertos de Andalucía. Decenas de embarcaciones cruzaban semanalmente el Estrecho de Gibraltar para abastecer a la guarnición con tropas de relevo, barriles de pólvora, artillería pesada y toneladas de grano.
Este cordón umbilical naval fue el factor determinante que impidió la capitulación por hambruna o falta de munición que el bando marroquí había calculado.
El desarrollo del sitio no se limitó a un enfrentamiento bilateral, sino que estuvo fuertemente condicionado por la geopolítica europea del momento.
El sultán alauita contó con el apoyo logístico e instrumental de potencias rivales de España. Registros de la época documentan cómo buques ingleses y franceses suministraron a los sitiadores cañones, pólvora de alta calidad e incluso asesoramiento de ingenieros militares para optimizar el alcance del bombardeo sobre las fortificaciones ceutíes.
La situación alcanzó su punto de máxima criticidad táctica a partir de 1704, cuando una escuadra angloholandesa capturó Gibraltar en el marco de la Guerra de Sucesión Española. Esta pérdida convirtió el Estrecho en un escenario naval hostil, encareciendo y dificultando exponencialmente el envío de suministros a Ceuta.
El final del asedio no llegó mediante una victoria militar directa, sino por el colapso interno del mando atacante. En 1727, la muerte del sultán Mulay Ismaíl sumió al Imperio marroquí en una violenta guerra civil por la sucesión al trono.
La crisis interna obligó a las tropas alauitas a levantar el campamento y abandonar sus posiciones para intervenir en los conflictos intestinos del país, poniendo fin a un bloqueo ininterrumpido de 33 años que fracasó en su objetivo de anexión territorial.
La táctica de la zona gris
El colapso fronterizo que ahoga a Ceuta desde hace unos días no responde a un movimiento migratorio espontáneo, sino a una ofensiva de desgaste ejecutada bajo los parámetros de la denominada «zona gris».
Si en el siglo XVII el bloqueo buscaba vaciar las arcas de la Corona española mediante el gasto militar continuo, en 2026 la estrategia busca quebrar la capacidad operativa y social del Estado.
La avalancha humana neutraliza de facto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y a las unidades del Ejército español.
Condicionados por el derecho internacional, los agentes militares y policiales se ven obligados a abandonar la defensa de la soberanía territorial para ejercer labores exclusivas de salvamento marítimo y asistencia humanitaria.
El resultado es el colapso absoluto de las infraestructuras de acogida y la alteración violenta del orden público en las calles de la ciudad.
En 1694 el Estado español no cedió al desgaste, asumiendo el enorme coste de sostener la plaza frente a las presiones del sultán y de las potencias europeas que lo financiaban. Tres siglos después, la supervivencia del enclave vuelve a depender de la firmeza que demuestre España.
Tratar los asaltos masivos al Tarajal como un simple fenómeno migratorio supone ignorar la hemeroteca y el modus operandi histórico del país vecino. Marruecos ha demostrado que domina a la perfección el arte del asedio prolongado y la presión asimétrica.
Mientras España y Europa sigan respondiendo a esta guerra demográfica con herramientas de gestión burocrática y humanitaria, la dinastía alauí continuará estrechando el cerco sobre Ceuta, confirmando que, en geopolítica, las estrategias exitosas nunca se abandonan; simplemente se modernizan.