Juan Sebastián Elcano en su lecho de muerte, pintado por F. Guevara
El lugar donde reposa Juan Sebastián Elcano: envuelto en una pieza de tela, fue arrojado al mar
Quinientos años de la muerte de Juan Sebastián Elcano: el hombre que dibujó los mares del planeta
Se cumplen quinientos años de la muerte de aquel marino español que por primera vez circunnavegó el globo.
No se ponen las fuentes de acuerdo en la fecha exacta de su muerte: unas señalan el 4 de agosto y otras el día 6.
En cualquier caso, lo importante es que, a raíz de este centenario, recuperemos la memoria de quien durante siglos permaneció casi olvidado, opacado por la figura de otro gran marino que fue Fernando de Magallanes.
De alguna manera, en 1526 cerramos un ciclo conmemorativo que se abrió en 2019, cuando se cumplían 500 años de la partida desde Sevilla de la expedición de Magallanes rumbo a la Especiería. Elcano se enroló como piloto, y su presencia en la expedición fue decisiva, especialmente a partir de la muerte del imprudente Magallanes en las islas Filipinas, cuando trató de inmiscuirse en conflictos entre dos reyezuelos de las islas.
Gracias a los eventos realizados en el centenario de la primera vuelta al mundo, en los que tuvo especial relevancia la actividad de la Armada, Elcano emergió de las profundidades del olvido y logró el lugar que le correspondía, no solo en la historia de España, sino en la universal.
Por una parte, aquella expedición –que acabó bastante maltrecha– logró por primera vez atravesar el océano Pacífico.
Mas allá de la proeza que esto supuso, y de las enormes dificultades y penurias que padeciera la tripulación, se conoció cuál era la verdadera dimensión del océano más grande del mundo.
A partir de este descubrimiento no cesó la presencia española en lo que algunos han dado en llamar el «Lago español».
Logaron llegar a las Molucas dos barcos, la Victoria y la Trinidad, que pudieron cargar sus bodegas de clavo y otras especias, como jengibre y canela en la isla de Tidore. Una vía abierta en el casco de la Trinidad obligó al capitán Gonzalo de Espinosa a retrasar su partida.
Decidieron los dos capitanes regresar por rutas diferentes, para lograr que al menos uno de ellos lograra volver a España con el precioso cargamento.
Entonces es cuando Elcano va a convertir su viaje en una proeza épica, que debería ocupar más líneas en los libros de texto de nuestros estudiantes. El marino de Guetaria tomó una decisión que cambió su vida y nuestra percepción del mundo. Supo que podía navegar atravesando el Índico, arriesgándose a caer en manos de los portugueses, pero si lograba llegar a España por esa ruta, se convertiría en el primer hombre que daría la vuelta al mundo.
Testamento de Juan Sebastián Elcano
Y así fue: la nao Victoria, con dieciocho maltrechos marinos que habían partido hacía tres años, lograba llegar a Sanlúcar de Barrameda, el 6 de septiembre de 1522.
Más allá del marino, Elcano nos ha dejado suficientes indicios para que podamos conocer al hombre. Todavía a bordo de la Victoria, escribió al emperador dándole cuenta del resultado de su viaje, pero en esa misma misiva le suplicaba que pidiera al rey de Portugal la liberación de trece de sus hombres que habían sido apresados por los portugueses en Cabo Verde, cuando trataron de aprovisionarse sin dar a conocer su identidad, y ocultado que venían de la Especiería.
Aquí se pone de manifiesto la madera de líder, un rol que tuvo que asumir casi «por accidente» pero que le acompaño el resto de su vida.
De una existencia casi anónima, como muchos de los hombres de su tierra dedicados a la mar, pasó a moverse con soltura por la corte, exigiendo en Valladolid lo que tanto a él como a sus hombres, o a las familias de los fallecidos en la travesía, les correspondía por los enormes beneficios reportados a España.
Formó parte de la comisión enviada por el rey para negociar con los portugueses la situación de las Molucas, y establecer de manera definitiva si pertenecían a España o a Portugal. Aquella negociación fracasó y el contencioso duraría aún varios años.
El espíritu emprendedor del marino, que ya se había puesto de manifiesto cuando decidió regresar a España bordeando África, se dejó sentir de nuevo cuando propuso crear en La Coruña una Casa de la Especiería.
Tendría las atribuciones de la Casa de Contratación de Sevilla, pero se dedicaría solo al comercio de las especias. De hecho, apena habían pasado tres años de su regreso cuando se organizó una segunda expedición que seguiría la misma ruta.
Por sus conocimientos y experiencia en la mar, Elcano podría haber sido el capitán de la expedición, pero los convencionalismos sociales llevaron al monarca a poner al frente de la misma a un noble, García Jofre de Loaísa.
Elcano convenció a sus hermanos (Martín Pérez, Ochoa Martínez y Antón) y a su cuñado (Sebastián de Guevara) para sumarse a la expedición. Este dato nos permite atisbar en el carácter de Elcano un fuerte sentimiento de los vínculos familiares, que se hace aún más patente en el testamento que redacto poco antes de fallecer.
En él, además de las limosnas que dedica a cerca de 20 iglesias y conventos, prácticamente nombra albacea a su madre. Será ella quien, por ejemplo, se haga cargo de una hija de Elcano nacida de una relación con María Vidaurreta, «vecina de Valladolid». Dejan sentir estas líneas la cultura matriarcal propia de la sociedad vasca de la que procedía Elcano
La expedición fue muy dura, como tantas otras en aquella época, incluyendo la propia empresa de Magallanes. Se perdieron barcos y numerosos miembros de la tripulación.
Lo más dramático fue que en pocos días fallecieron varios oficiales, entre los que estaban Loaísa y el propio Elcano que le sucedió en el cargo apenas unos días. Durante años se ha hablado del escorbuto como causa de estas muertes.
Sin embargo, por el relato que nos ha dejado un joven que acompañó Elcano, Andrés de Urdaneta, los síntomas parecen corresponder más a la intoxicación producida por la ciguatera, una toxina que se encuentra en algunos peces, y que puede resultar mortal si se añaden las circunstancias de debilidad, falta de vitaminas y escasez de agua potable.
Unos días antes de que aparecieran estos síntomas, Loaísa había invitado a Elcano y a otros oficiales a comer con él un pescado, por lo que esta explicación es más que plausible.
Loaísa falleció el 30 de julio y Elcano el día 4 (o 6) de agosto, entre terribles dolores. Como era costumbre, su cuerpo, envuelto en una pieza de tela, fue arrojado al mar, donde encontró reposo. Su gran amor había sido la mar, y esta lo reclamó tras su dolorosa agonía.
Pocos días antes, el 26 de julio, había firmado su testamento, contando entre los firmantes con la pluma de Andrés de Urdaneta, que nos ha dejado un recuerdo esencial de aquellos últimos días.
Con el tiempo, Urdaneta se convirtió en otro marino decisivo para completar el conocimiento del globo y del océano Pacífico. De hecho, esta última travesía de Elcano supuso el bautismo en el mar de Urdaneta. Pero esto es otro capítulo de la historia.