Reciente incendio en el pantano de San Juan
La historia interminable de los incendios forestales: de la desamortización a la reforestación
La escasez de tareas de prevención, parcialmente debidas a presiones ecologistas, puede estar en el origen del problema de los incendios
En la reducida biblioteca de mi abuelo, agricultor castellano él, había cosas muy interesantes. Una de ellas el libro Narraciones de un Montero, de un tal Antonio Covarsí. Una amena colección de relatos venatorios de un apasionado de la caza, pero también de reflexiones y experiencias de un hombre enamorado de la naturaleza, particularmente la de su tierra extremeña.
Un amor que se traducía en denuncias. Como por ejemplo su dolor al ver llegar a su Badajoz, los fines de semana, a los pajareros que traían ristras interminables de pajarillos destinados a constituir un delicioso aperitivo dominical. O las crueles batidas para capturar ositos recién nacidos como objeto de diversión. Pero lo más impactante fue su descarnada descripción de la forma en que los cabreros conseguían pastos. Se basaba en la propagación de incendios en los bosques, de los que nadie hacía caso y que a veces se prolongaban durante semanas.
El libro denunciaba lo que pasaba todavía en España a finales del siglo XIX y que había reducido la extensión de los bosques españoles a su mínimo histórico. Se ha acusado, y con razón, a las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz de tan tremenda deforestación. Sobre todo, Madoz se cebó en los bosques comunales de los pueblos, con terribles consecuencias medioambientales y sociales, porque los pobladores abandonaron el cuidado de unos bosques que ya no eran suyos. También se multiplicaron los incendios provocados como protesta social.
Los bosques españoles quedaron reducidos a menos de seis millones de hectáreas. El Cuerpo de Ingenieros de Montes, creado en 1848, se convirtió en adalid de los árboles. Una gran parte de lo que se conservó se debió a su labor en el siglo XIX. Sus demandas fueron recogidas por los regeneracionistas que incluyeron en su programa la defensa y recuperación de los montes con escasos resultados. Tampoco se impusieron medidas para evitar la práctica de utilizar el fuego para conseguir tierras de cultivo y pastizales en detrimento del bosque.
La etapa franquista significó un antes y un después. Las políticas forestales del periodo 1940–1975 fueron, en cierta forma, la puesta en práctica de las demandas regeneracionistas. La recuperación de los bosques sé convirtió en un objetivo nacional al que se dedicaron ingentes recursos a partir de 1940, con la promulgación del Plan General de Repoblación Forestal.
Los resultados están a la vista. Curiosamente el primer Inventario Forestal Nacional concluyó sus trabajos en 1975. Crearon cierta sorpresa en los círculos ecologistas, porque la superficie boscosa se había elevado hasta los 11,8 millones de hectáreas. Era un digno colofón a 35 años durante los que se habían repoblado más de tres millones. Este esfuerzo gozó de amplio reconocimiento internacional: la FAO celebró en Madrid el Congreso Forestal Mundial de 1966.
La política forestal se modernizó con el Instituto de Conservación de la Naturaleza (ICONA) que amplió los objetivos de la acción pública a la defensa y conservación del medio ambiente. El ICONA puso especial énfasis en la lucha contra los incendios forestales convirtiéndose en un referente internacional al respecto.
Existió un debate técnico por la preponderancia de las coníferas y el empleo de los eucaliptos en las actuaciones de carácter privado. Pero fue el impacto de los incendios forestales en los telediarios lo que llevó la preocupación por los bosques a una opinión pública crecientemente sensibilizada. Quedan en la memoria las consignas que se volvieron populares: «cuando un monte se quema algo suyo se quema».
Inicialmente la transición no supuso grandes cambios. El ICONA siguió trabajando y realizando repoblaciones, con criterios cada vez más conservacionistas. También se fue mejorando la lucha contra los incendios forestales, pero no tanto su prevención, lo que endureció las críticas. Entre 1970 y 1979 se adquirieron por el Ministerio de Agricultura los primeros 15 hidroaviones contraincendios, los populares «Canadair». Se integraron en el Ejército del Aire con su pegadizo lema. «Cuando un monte se quema, el 404 escuadrón vuela».
Pero luego la transferencia apresurada de las competencias sobre bosques a las comunidades autónomas, y la desaparición del ICONA supusieron un considerable retroceso en la protección del patrimonio forestal. La media anual de superficies calcinadas evolucionó de 52.000 hectáreas en el decenio 1970–1980, hasta llegar a las terroríficas 236.000 en los años 80. Con picos que superaron las 400.000. Llegó a producirse una verdadera sicosis nacional que buscaba una mano oculta en aquella inaudita proliferación de incendios.
Ante la evidencia de que una gran parte eran provocados se difundieron todo tipo de bulos que pretendían buscar la explicación en oscuros intereses económicos de constructores, papeleras o industriales madereros. No se demostró una causalidad de este tipo en casi ningún caso, aunque las sospechas llevaron a que se endureciera la legislación en la mayoría de las comunidades autónomas.
También se fue mejorando la lucha contraincendios buscando una mayor coordinación entre administraciones. Los esfuerzos realizados consiguieron revertir la situación. A partir de 1995 la superficie quemada se redujo significativamente hasta solo 104.000 en 2015–2024.
Sirvan estos datos para recordar que la amplitud de los incendios de 2025 no tiene una excesiva excepcionalidad, entre otras cosas porque tenemos una masa boscosa de 19 millones de hectáreas, muy superior a los aproximadamente 12 millones que existían a principios de los 80.
No hay que buscar explicaciones ideológicas, cuasi-metafísicas, a este aumento reciente de los incendios. Parece claro que, en la escasez de tareas de prevención, parcialmente debidas a presiones ecologistas, puede estar en el origen del problema. Más prevención y más hidroaviones, es lo que parece hacer falta.