Eclipse Solar
¿Por qué los eclipses provocaron temor siempre a lo largo de la historia?
Esa es la mejor definición del progreso: seguir levantando la vista hacia el cielo con el mismo asombro que nuestros antepasados, pero ya sin miedo y, para muchos, con fe
Cuando esta tarde millones de personas levanten la vista hacia el cielo para contemplar el eclipse, estarán haciendo algo tan antiguo como el propio ser humano: buscar respuestas allí arriba. Un gesto que conecta con dos necesidades profundamente humanas: la de saber y la de creer. Ciertamente no todos los seres humanos son creyentes, pero no es menos cierto que la búsqueda de la trascendencia nos acompaña desde el principio de los tiempos.
¿Qué hay ahí arriba? ¿Por qué existe el día y la noche? Son preguntas que ya se hicieron quienes nos precedieron y cuyas respuestas hoy conocemos en buena medida, pero que durante siglos trajeron de cabeza a no pocas civilizaciones. Sus interpretaciones son, cuando menos, fascinantes. Si hubo un fenómeno que durante milenios desconcertó prácticamente a todas ellas fue el eclipse. Malos presagios, castigos divinos, furia de los dioses o incluso excusas para realizar sacrificios humanos. El hombre siempre ha buscado respuestas, aunque no siempre las encontrara por el camino correcto.
El sol marcaba el ritmo de las cosechas; la luna regulaba los calendarios; las estrellas servían para orientarse en tierra y mar. Pero había momentos en los que ese orden aparentemente perfecto se rompía de forma abrupta. En pleno día, el sol comenzaba a desaparecer hasta quedar envuelto en una inquietante oscuridad. O, durante la noche, la luna adquiría un extraño tono rojizo. Nadie sabía por qué ocurría y esa incapacidad para explicarlo convirtió los eclipses en uno de los fenómenos más temidos de la historia.
Durante siglos, los eclipses fueron interpretados como anuncios de guerras, epidemias, hambrunas o la muerte de reyes
Para los historiadores, tratar de comprender qué podían sentir o pensar aquellas gentes constituye uno de los ejercicios más fascinantes de la disciplina: imaginar sus angustias, sus miedos o ver en las estrellas al dios en el que creían. Hemos avanzado mucho en tecnología, pero el hombre sigue mirando al inmenso cielo con una enorme sensación de ser profundamente insignificante.
Durante siglos, los eclipses fueron interpretados como anuncios de guerras, epidemias, hambrunas o la muerte de reyes. En China se hacía sonar tambores para espantar al dragón que, según la tradición, estaba devorando al sol; en Mesopotamia se llegaba a sustituir temporalmente al monarca para engañar al destino; los mayas los incorporaron a sus complejos calendarios rituales y, en el mundo grecorromano, los eclipses pasaron poco a poco de ser mensajes divinos a convertirse en objeto de estudio para algunos de los primeros pensadores que intentaron explicar el universo mediante la razón.
La historia de los eclipses es, en realidad, la historia de cómo la humanidad pasó del miedo al conocimiento. Pocas escenas reflejan mejor esa evolución que tres eclipses separados por apenas cinco siglos. El primero fue interpretado como una advertencia enviada por Dios antes de una guerra civil; el segundo permitió a Cristóbal Colón salvar a su expedición gracias a sus conocimientos astronómicos; el último simbolizó el momento en que la ciencia consiguió explicar definitivamente aquello que durante siglos se había atribuido a fuerzas sobrenaturales.
El primero de esos episodios tuvo lugar el 2 de agosto de 1133. Aquella mañana, Inglaterra amaneció bajo el reinado de Enrique I, hijo de Guillermo el Conquistador. Nada hacía presagiar que, en pleno día, el Sol comenzaría a apagarse lentamente hasta sumir buena parte del reino en una inquietante penumbra. Para una sociedad profundamente cristiana, donde el cielo se interpretaba como un reflejo de la voluntad divina, aquel eclipse no podía significar otra cosa que un aviso.
A ojos de los contemporáneos, el orden establecido por Dios acababa de alterarse
Los cronistas de la época describieron el fenómeno con una mezcla de asombro y temor. El monje Orderico Vital llegó a escribir que el sol «parecía de un color horrible» y que el mundo quedó envuelto en una oscuridad impropia del mediodía. A ojos de los contemporáneos, el orden establecido por Dios acababa de alterarse y era cuestión de tiempo que esa anomalía encontrara su reflejo en la Tierra.
La interpretación cobró fuerza apenas dos años después. En diciembre de 1135 fallecía Enrique I sin un heredero varón legítimo, lo que abrió una de las mayores crisis sucesorias de la historia inglesa. Aunque el rey había designado como sucesora a su hija Matilde, buena parte de la nobleza apoyó la coronación de Esteban de Blois. Comenzaba así un conflicto conocido como La Anarquía, una guerra civil que durante casi dos décadas devastó Inglaterra y sumió al reino en un prolongado periodo de inestabilidad.
Para quienes habían presenciado el eclipse de 1133, la relación resultaba evidente. Las crónicas medievales lo presentaron como una advertencia celestial previa a las desgracias que estaban por venir. No era una interpretación excepcional. En toda la Europa medieval era habitual vincular los eclipses con la muerte de monarcas, derrotas militares, epidemias o malas cosechas. Se pensaba que Dios utilizaba el cielo para anunciar acontecimientos extraordinarios y que correspondía a los hombres interpretar correctamente esos signos.
Hoy sabemos que entre ambos hechos no existía ninguna relación causal. Sin embargo, aquel episodio permite comprender hasta qué punto la forma de entender el universo condicionaba la interpretación de la realidad. Cuando aún no existían herramientas para explicar científicamente los eclipses, el miedo llenaba el vacío que dejaba el desconocimiento. El cielo seguía siendo un misterio y, como ocurre tantas veces en la historia, allí donde faltaban respuestas aparecían los símbolos.
De presagios divinos a ciencia
Si el eclipse de 1133 simboliza una época en la que el cielo hablaba el lenguaje de los presagios, apenas cuatro siglos después otro eclipse demostraría que el ser humano empezaba a comprender ese mismo firmamento. Ya no se trataba únicamente de interpretar supuestas señales divinas, sino de predecir con precisión un fenómeno que durante siglos había sembrado el miedo.
El protagonista de aquella historia fue Cristóbal Colón. Corría el año 1504 y el almirante afrontaba uno de los momentos más difíciles de su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo. Tras sufrir graves averías en sus embarcaciones, él y sus hombres habían quedado varados en la costa de Jamaica, completamente dependientes de los alimentos que les proporcionaban los indígenas taínos. Con el paso de los meses, la relación entre ambos comenzó a deteriorarse y los suministros dejaron de llegar con regularidad. La expedición estaba al borde del hambre.
Colón, sin embargo, contaba con una ventaja decisiva. Antes de zarpar había consultado las tablas astronómicas elaboradas por el matemático alemán Johannes Müller, conocido como Regiomontano. En ellas figuraba la fecha de un eclipse total de Luna que debía producirse la noche del 29 de febrero de 1504.
La superstición no había desaparecido, pero el conocimiento empezaba a abrirse camino
La noche señalada, la luna comenzó a oscurecerse lentamente hasta adquirir un inquietante tono rojizo. Entre los taínos cundió el pánico. Para ellos, aquello solo podía significar una cosa: el dios del que hablaba Colón estaba cumpliendo su amenaza. Los caciques acudieron al almirante rogándole que intercediera para devolver la luz al cielo. Colón esperó el tiempo suficiente y, cuando sabía que el eclipse estaba llegando a su fin, anunció que Dios había aceptado sus súplicas. Poco después, la Luna volvió a iluminar el cielo y los víveres regresaron al campamento español.
Más allá de los detalles que pudieron adornar los cronistas posteriores, el episodio refleja un cambio decisivo. El mismo fenómeno que en la Inglaterra medieval había sido interpretado como un presagio del destino era ahora un acontecimiento susceptible de ser calculado con suficiente exactitud como para utilizarlo estratégicamente. La superstición no había desaparecido, pero el conocimiento empezaba a abrirse camino.
Ese proceso culminaría durante la Revolución Científica. A comienzos del siglo XVII, Johannes Kepler formuló las leyes que describían el movimiento de los planetas alrededor del sol y rompió con siglos de creencias heredadas al demostrar que sus órbitas eran elípticas, no circulares. Poco después, Isaac Newton dio el paso definitivo al explicar por qué aquellos cuerpos se movían así. Su teoría de la gravitación universal convirtió el cielo en un inmenso mecanismo regido por leyes matemáticas.
Pero si hubo un hombre que simbolizó el triunfo definitivo de la ciencia sobre el presagio fue el astrónomo inglés Edmond Halley. Discípulo y amigo de Newton, empleó aquellas nuevas herramientas para calcular con extraordinaria precisión eclipses, órbitas planetarias y el regreso periódico de un cometa observado desde la Antigüedad. Cuando anunció que aquel astro volvería a cruzar el cielo en 1758, muchos dudaron de su predicción. Halley había fallecido dieciséis años antes, pero el cometa apareció exactamente cuando sus cálculos indicaban. Desde entonces lleva su nombre. No era solo el triunfo de un astrónomo. Era la demostración de que el cielo había dejado de ser un territorio reservado al miedo para convertirse en un universo gobernado por leyes que el ser humano podía comprender.
Aquella confirmación tuvo un enorme valor simbólico. Durante milenios, la aparición de un cometa o un eclipse había sido interpretada como un mensaje sobrenatural, una advertencia divina o el anuncio de grandes desgracias. Ahora, por primera vez, el ser humano era capaz de predecir esos mismos fenómenos con la ayuda de las matemáticas y la observación. Y, sin embargo, comprender los eclipses nunca les restó belleza. Los que contemplaremos en pleno siglo XXI son exactamente los mismos que aterrorizaron a los cronistas medievales, ayudaron a Cristóbal Colón a sobrevivir en Jamaica y confirmaron las teorías de los grandes astrónomos de la Edad Moderna. El sol, la tierra y la luna nunca cambiaron de comportamiento, quienes cambiamos fuimos nosotros.
Donde antes había un presagio, hoy vemos una extraordinaria demostración del funcionamiento del cosmos. Quizá esa sea la mejor definición del progreso: seguir levantando la vista hacia el cielo con el mismo asombro que nuestros antepasados, pero ya sin miedo y, para muchos, con fe.