El Motín de los Sargentos de la Granja
Los sargentos que amenazaron a una reina y derrocaron a un gobierno: El Motín de los Sargentos de la Granja
El Motín de los Sargentos de la Granja fue el primer golpe de estado militar exitoso del reinado de Isabel II, el primero de una larga lista
A las diez de la noche del 12 de agosto de 1836, hace hoy 190 años, el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso se convirtió en escenario de uno de los golpes de estado más teatrales de la historia de España.
Se trataba del conocido como «Motín de los Sargentos de la Granja», que forzó la caída del gobierno moderado en plena guerra carlista y consolidó la revolución liberal en España.
La España del momento se encontraba sumida en la inestabilidad que caracterizó todo nuestro siglo XIX.
La reina Isabel II no llegaba a los seis años y el gobierno dependía de su madre, la Regente María Cristina de Borbón, que intentaba defender los derechos al trono de su hija frente a la insurrección de su tío Don Carlos.
La Primera Guerra Carlista estaba en su punto álgido, desangrando el país tras tres años de duros combates.
La Reina Regente se había intentado apoyar en los liberales, pero las profundas divisiones internas entre ellos solo traían más inestabilidad al gobierno.
La facción moderada, con apoyo de María Cristina, había proclamado el Estatuto Real de 1834, que abría la puerta a un reformismo tímido, mientras que los progresistas consideraban que era insuficiente y reclamaban volver a la mítica Constitución de Cádiz de 1812, que era mucho más revolucionaria.
El enfrentamiento entre estas dos facciones fue la causa del motín. El gobierno del progresista Mendizábal había sido sustituido en mayo por el más moderado de Istúriz, que gozaba del favor de la Reina Regente.
Este cambio de gabinete provocó la indignación de los progresistas, que en muchas ciudades de España comenzaron una rebelión abierta.
A finales de julio, la revuelta se extendió por toda Andalucía, Badajoz, Cartagena, Valencia, Barcelona y La Coruña, con milicias progresistas y elementos del Ejército tomando el control de las ciudades y exigiendo la proclamación de la Constitución de 1812.
El gobierno estaba atrapado entre la insurrección carlista por un lado y la rebelión de los progresistas por otro, pero Isturiz confiaba en que podía controlar la situación.
La Reina Regente, junto a sus hijas, se trasladó como era habitual a pasar los días de verano al Palacio de la Granja de San Ildefonso mientras en Madrid, el general Quesada detuvo enérgicamente todo conato de revuelta desarmando a las milicias.
Aunque la Familia Real intentase mantener la apariencia de normalidad, el ambiente en la Granja era de enorme tensión.
Entre las tropas de la Guardia Real que custodiaban a la Regente y sus hijas empezaron a correr rumores exagerados sobre la represión de progresistas en Madrid por parte de Quesada e incluso se acusó al gobierno de estar pactando en secreto con los carlistas.
El motín comenzó a gestarse no entre los oficiales, sino por medio de los sargentos, que excitaron a los soldados a seguir el ejemplo de la rebelión que ya se estaba produciendo por las provincias con el fin de derrocar al gobierno moderado.
A las diez de la noche del 12 de agosto, según lo pactado entre los conjurados, varias unidades de la Guardia Real salieron de sus cuarteles armadas y en formación y avanzaron sobre el Palacio Real.
No todas las tropas de la guarnición formaban parte del motín, pero la confusión y la falta de mando hizo que los rebeldes se hiciesen con el control del Real Sitio sin oposición. Las demás unidades optaron por sumarse para no tener que enfrentarse a sus compañeros.
El pánico cundió dentro del Palacio Real, súbitamente sitiado por las mismas tropas que se supone que tenían que defenderlo.
La desvalida reina regente se vio de pronto sola, aislada del gobierno en Madrid, sin protección de tropa alguna y con dos niñas de cinco y cuatro años. Aunque los amotinados daban vivas a Isabel II y no daban señales de querer amenazar a la Familia Real, María Cristina no sabía hasta qué punto se jugaba el trono y hasta la vida de sus hijas.
La situación se volvió tan delicada que incluso los representantes diplomáticos británico y francés aconsejaron a María Cristina aceptar las peticiones para evitar consecuencias imprevisibles.
Sin otro remedio, la Regente pidió recibir una comisión de los sublevados para escuchar sus demandas.
Como le dijeron que los oficiales no habían sido parte de la conspiración, sino que estaba toda organizada por los sargentos y la tropa, se pidió entonces que los amotinados designasen a dos sargentos para hablar con la Reina.
Los elegidos fueron Alejandro Gómez y Juan de Lucas, que entraron en el Palacio Real y exigieron la destitución del gobierno moderado, su sustitución por uno progresista y el restablecimiento de la Constitución de 1812 en lugar del Estatuto Real.
Un primer decreto de la Regente fue rechazado por los rebeldes al considerarlo demasiado tibio, y finalmente, en la madrugada del 13 de agosto, la regente cedió.
Firmó el decreto que restablecía la Constitución de 1812 hasta que unas futuras Cortes decidieran una nueva fórmula constitucional.
El gabinete moderado de Isturiz fue disuelto y sustituido por un progresista liderado por José María Calatrava. El general Quesada, destituido, fue asesinado por exaltados cuando intentaba salir de Madrid.
El triunfo de los amotinados fue completo, aunque breve. La Constitución de Cádiz, demasiado radical y obsoleta, se demostró impracticable y fue sustituida por una nueva de carácter progresista pero más matizada en 1837.
Ese mismo año los moderados recuperaron el poder. Sin embargo, el Motín de los Sargentos dejó un legado imborrable para la España liberal. Aquella noche de verano, un puñado de sargentos había obligado a la Corona a cambiar de rumbo, demostrando que la amenaza militar podía ser un arma efectiva para condicionar a la monarquía.
El Motín de los Sargentos de la Granja fue el primer golpe de estado militar exitoso del reinado de Isabel II, el primero de una larga lista.