Los hombres cantan habaneras y sus cuerpos parecen incapaces de permanecer quietos dentro de la fotografíaFernando Quintela

Imágenes movidas, fotos mal hechas para muchos. Fotos conseguidas para quien tuvo la intención de hacerlas.

Los hombres cantan habaneras y sus cuerpos parecen incapaces de permanecer quietos dentro de la fotografía. Las caras se duplican, las manos desaparecen, las guitarras dejan detrás de sí una sucesión de cuerdas y mástiles. Un sombrero blanco permanece durante unas décimas de segundo mientras el hombre que lo lleva parece marcharse de debajo de él.

Todo se mueve.

Como si estas fotografías no hablaran realmente de quienes están cantando, sino de quienes se fueron. Y hay una vieja canción que cuenta exactamente su historia. No es una habanera, pero forma parte de la memoria sentimental de puertos, despedidas y océanos. Es Maitechu mía, un zortzico compuesto por Francisco Alonso en 1927 y que mucho después popularizó el grupo Mocedades.

Cuenta la historia de un emigrante. Y empieza como empezaron miles de historias gallegas: «buscando hacer fortuna».

Un hombre abandona su tierra y deja atrás a la mujer que ama. Le promete que regresará rico. Ella debe esperar. cruza el mar, trabaja, lucha, consigue aquello que había ido a buscar y vuelve. Pero llega tarde. La mujer que debía esperarlo ha muerto.

Entonces descubre la dureza de algunas decisiones humanas: consiguió aquello por lo que se marchó y perdió aquello por lo que merecía la pena regresar. Parece una historia lejana, pero se convierte a la actualidad si observamos la urgencia con la que parece que queremos vivir todo, y la pérdida de lo que significa. Grabamos los eventos más emocionales con un móvil para volver a verlo, pero nos olvidamos de las emociones y el sentimiento del directo. Amor en diferido.

Fernando Quintela

La canción lo resume en seis palabras: «el oro conseguí, pero el amor perdí».

Hay un pueblo en A Coruña, Ares, que sabe mucho de hombres que cruzaron el mar. Desde mediados del siglo XIX hubo una importante emigración de esta localidad hacia Cuba. Allí trabajaron en la pesca, en embarcaciones, astilleros, transporte, comercio... Algunos prosperaron. Otros no. La emigración tiene palacetes, pero también tiene tumbas.

Marcharse significaba aceptar que nadie garantizaba el resultado. Había que trabajar, resistir y esperar. Y, sobre todo, recordar por qué uno se había marchado.

Maitechu mía contiene precisamente esa promesa. El protagonista no quiere enriquecerse simplemente para ser rico. Ahí está la tragedia. El dinero no era el destino. Era el instrumento. Pero el instrumento terminó devorando el destino.

Es una historia sentimental, melodramática, pero contiene una intuición moderna: podemos equivocarnos no sólo cuando perseguimos cosas equivocadas, sino también cuando perseguimos durante demasiado tiempo cosas correctas.

Fernando Quintela

Trabajar es necesario, prosperar legítimo y construir seguridad económica es razonable. Intentar ofrecer una vida mejor a quienes queremos puede ser una forma de amor. El problema aparece cuando aplazamos indefinidamente aquello que supuestamente estamos intentando proteger.

Cuando todo queda para después: cuando consiga esto, cuando termine aquello, cuando tenga dinero, cuando pueda comprar la casa, cuando los niños sean mayores, cuando me jubile, cuando tenga tiempo, cuando las cosas estén más tranquilas. Siempre más tarde, siempre después.

Hasta que un día llegamos al caserío y nadie sale a recibirnos.

Por eso resulta inevitable mirar desde Ares hacia las migraciones actuales.

Antes era el Atlántico y ahora se suma el Mediterráneo. Antes Galicia miraba hacia La Habana, Buenos Aires, Caracas… Hoy miles de personas miran desde África hacia España y Europa.

De Marruecos a Ceuta hay apenas unos metros y, sin embargo, para quien imagina una vida diferente al otro lado pueden representar la misma distancia emocional que separaba hace un siglo una aldea gallega de Cuba.

Hay similitudes evidentes, pero sería ingenuo afirmar que todas las emigraciones son iguales. No lo son.

Han cambiado las sociedades de origen y las receptoras, las legislaciones, los sistemas de protección social, las comunicaciones, las expectativas y también las mafias y gobiernos capaces de convertir la desesperación humana en negocio y rédito político. Y ahí aparece uno de los debates más difíciles de nuestro tiempo.

Europa tiene obligaciones humanitarias y también tiene fronteras. Tiene el deber de proteger a quien tiene derecho a protección. Y tiene el derecho y la obligación de combatir la inmigración irregular y las organizaciones que trafican con personas.

Solidaridad y responsabilidad no deberían ser conceptos enemigos, como tampoco deberían serlo derechos y deberes. La discusión se vuelve imposible cuando cualquier límite es presentado como insolidario o cuando cualquier inmigrante es presentado como una amenaza. Muchos lo son, muchos no. Entre ambos extremos desaparece precisamente aquello que debería importar: la persona.

Pero la comparación más interesante no es entre aquellos emigrantes y quienes emigran hoy. Quizá sea entre ellos y nosotros. Vivimos en una sociedad mucho más libre. Podemos abandonar un trabajo que nos destruye, una ciudad donde no queremos vivir. Podemos elegir nuestra profesión, casi hasta nuestra pareja, y buena parte de nuestra manera de estar en el mundo.

Pero esa libertad tiene también una sombra: hemos convertido muchas cosas en provisionales: mientras funcione, mientras compense, mientras no cueste demasiado, mientras exista ilusión, mientras no aparezca algo mejor.

Y quizá hemos confundido en ocasiones la capacidad de elegir con la incapacidad de permanecer.

Aquellos emigrantes podían cruzar un océano aferrados a una promesa y nosotros podemos vivir a veinte minutos de alguien y desaparecer de su vida. Aquellos podían equivocarse por esperar demasiado y nosotros empezamos a equivocarnos por no saber esperar nada.

Y ahora regreso a la fotografía: los hombres cantan, las guitarras se mueven, las caras aparecen y desaparecen hay algo fantasmal en ellas. No son fotografías sobre el pasado, son fotografías sobre el tiempo y eso es exactamente lo que cuenta Maitechu mía.

El protagonista cree que el tiempo puede ponerse entre paréntesis y supone que, cuando regrese, podrá continuar la historia exactamente donde la dejó. Pero la vida no funciona así, nadie permanece detenido esperando el regreso. El tiempo que utilizamos para conseguir una cosa se lo quitamos inevitablemente a otra. Ésa es quizá la verdadera tragedia de la canción. No que Maitechu muera, sino que él comprende demasiado tarde que estaba buscando lejos aquello que, de alguna manera, ya tenía. Hay que tener cuidado porque el futuro tiene una costumbre desagradable: llega mientras estamos ocupados preparándolo.

Miro otra vez a los hombres de sombrero blanco, su cuerpo está movido, su rostro casi ha desaparecido, los sombreros permanecen. Tal vez sean ellos los que se fueron, volvieron, los que prometieron regresar, los que encontraron a alguien esperándolos… y los que llegaron demasiado tarde.

En otra fotografía la guitarra deja varias guitarras detrás de sí, como si pudiéramos contemplar simultáneamente todos los instantes de una misma canción.

Los hombres siguen cantando en Ares.

Las guitarras continúan moviéndose dentro de mis fotografías y por eso la última enseñanza de aquellos emigrantes está en una pregunta mucho más incómoda.

¿Qué estamos dispuestos a perder para conseguir aquello que creemos que nos falta?

Porque puede ocurrir que un día lo consigamos. Que regresemos orgullosos, que lleguemos por fin al caserío… y que entonces descubramos que nadie sale a recibirnos.